El valor de las ideas, por Joaquín Rodríguez

Una vez trascurridos unos días desde la celebración de elecciones generales en España, con los resultados que ya todos conocemos, me gustaría escribir estas líneas con objeto de reflexionar a propósito de los mismos, con la serenidad y perspectiva que otorga el poder observarlos desde el extranjero. Es un hecho, y me parecería absurdo negarlo, que el centro-derecha ha sufrido una derrota sin precedentes. Quizás habría que remontarse a las elecciones generales de 1982 con el hundimiento de UCD y el comienzo de AP para ver algo parecido.

En todo caso, la primera conclusión que me gustaría sacar de estos comicios es que, si bien el centro-derecha ha sufrido una catástrofe a nivel de reparto de escaños, la diferencia en votos entre el bloque de centro-derecha (PP, Ciudadanos y Vox) y el bloque de izquierdas (PSOE, Podemos y sus confluencias) es mucho menor, de apenas 44.000 votos.

Se está obviando en esta ecuación, a los partidos nacionalistas e independentistas del País Vasco y Cataluña, que han obtenido un magnífico resultado (que merece una reflexión en artículo aparte). Aunque su representación parlamentaria tampoco es una traslación real de los votos obtenidos ya que, por ejemplo, los más de 300.000 sufragios del PACMA no se traducirán en asientos parlamentarios.

La segunda conclusión que desearía sacar es que las disfunciones entre el voto popular y la representación parlamentaria se explican por los caprichos de la tan manida Ley d’Hondt, que siempre ha primado de forma más que proporcional al partido más votado y a los partidos independentistas, otrora nacionalistas.

Tercero, los efectos perversos de nuestra legislación electoral, que tradicionalmente siempre han perjudicado al centro-derecha, son de sobra conocidos y el Partido Popular, en las dos legislaturas que gobernó con mayoría absoluta, no supo, no quiso o no se atrevió a promover una corriente de opinión favorable a su reforma.  En cualquier caso, la legislación es una de las cartas con la que hay que jugar la partida. De ahí que sea importante conocerla y aprovecharse de ella en la medida de lo posible.

La cuarta conclusión que me permito subrayar es que, obviando ciertos matices ideológicos, muy sustanciales en algunos puntos pero no esenciales en el todo, tanto el Partido Popular como Ciudadanos y Vox coinciden en dos elementos cruciales. Uno de corte político, que es la defensa de la unidad de España frente a los ataques independentistas y otro de corte económico, que sería la apuesta por un modelo liberal que prima una fiscalidad moderada para sostener unos servicios públicos eficientes y de calidad pero que otorga la iniciativa económica al ámbito privado, que es el único sector capaz de crear riqueza, empleo y prosperidad.

Esta confluencia político-económica, se materializa en la protección de la clase media por un lado y en el apoyo a las pequeñas y medianas empresas por otro. Ambos núcleos se erigen en piedras angulares del tejido económico y social de España. Su viabilidad y estabilidad se van a ver fuertemente dañadas por la demagogia del nuevo Ejecutivo, que va a introducir una presión fiscal sin precedentes con el fin de financiar su discurso demagógico, lo cual se traducirá en una recesión económica y en un incremento del desempleo.

Ante este panorama, los comicios municipales, autonómicos y europeos del 26 de mayo, se presentan como una especie de segunda vuelta que, aunque no cambien la configuración del ejecutivo y legislativo nacionales, en el supuesto de una victoria del centro-derecha sí pueden suponer un impulso moral significativo y un aumento de poder gestor con el que hacer frente al Gobierno socialista en el día a día parlamentario.

En este sentido, no dejo de constatar con cierta tristeza y decepción, como los líderes del Partido Popular, Ciudadanos y Vox continúan enzarzándose en peleas estériles sobre quien debería liderar la oposición: disputas sobre las migajas que caen de la mesa. Estos enfrentamientos lo único que hacen es debilitar al centro-derecha frente a un adversario que espera impaciente los comicios de mayo con el fin de asestar un golpe definitivo a la oposición pasando a controlar ayuntamientos y comunidades autónomas.

Estas energías deberían estar siendo canalizadas, más bien, a escudriñar en qué municipios y autonomías podría ganar el centro-derecha y articular un discurso común focalizado en las ideas políticas y económicas mencionadas anteriormente, perfectamente aplicables a la gestión autonómica y municipal.

De esta manera, me vienen a la mente ciudades como Madrid, Valencia, la Coruña, Zaragoza o la cuna del constitucionalismo español, Cádiz, donde la victoria es posible. Ahora bien, para lograr este objetivo se requiere generosidad y altura de miras puesto que como dijo Edmund Burke “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombre buenos no hagan nada”.

 

Joaquín Rodríguez

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