El retorno de las ideologías (II), por Jorge Cabrera

A las ideologías les corresponde estructurar políticamente la convivencia. Sin ellas, los huesos del cuerpo social se acaban acorchando y volviéndose quebradizos. Por eso mismo, deben también ocupar el centro de la escena política. Las opciones no ideológicas, como son los extremismos, los populismos y el nacionalismo, pueden tener tintes ideológicos, pero su elemento definidor es otro: son ejemplos de lo que hemos llamado la política del Absoluto.

Por supuesto, dichas opciones son legítimas y, siempre que no contengan una incitación a la violencia, tienen que poder expresarse con plena libertad, pero no deben ocupar el centro de la escena, sino girar en torno a las opciones ideológicas como actores de reparto. Y ello porque sus planteamientos son básicamente destructivos de la convivencia. Atañe a los partidos ideológicos la responsabilidad de evitar, respetando siempre las reglas del juego democrático, que por su acción u omisión las opciones no ideológicas accedan al centro del escenario. Pero, para poder cumplir con esa misión, deben reunir ellas mismas dos características: diferenciación y solidez. Dos características que no son sino las vertientes externa e interna de una propiedad básica para cualquier proyecto vital: la consistencia.

Votación en el Congreso de los Diputados (Foto: ULY MARTÍN / El País)

Votación en el Congreso de los Diputados (Foto: ULY MARTÍN / El País)

La diferenciación es la puesta en valor de las profundas divergencias existentes entre las ideologías. Liberalismo y socialismo, progresismo y conservadurismo, deben poder reconocerse en sus diferencias, pues el mantenimiento de su especificidad es la única manera de conseguir que aporten lo mejor de sí mismos a la sociedad. Sólo desde sus particularidades pueden las ideologías constituirse en un elemento definidor de la identidad individual y colectiva; y sólo proponiendo visiones realmente alternativas permiten las ideologías a los sujetos políticos el libre ejercicio de la responsabilidad de elegir, ofreciendo así, además, la claridad y transparencia imprescindibles para generar confianza.

La solidez, por su parte, significa que una ideología, para cumplir con su función estructuradora de la convivencia, debe estar basada en firmes principios, asentada en suelo rocoso y no en las arenas movedizas de la conveniencia electoral. Únicamente así puede ser origen de propuestas coherentes y no de meras respuestas contingentes.

Una ideología debe ser un corpus integral e integrador de ideas; ideas defendidas con seguridad pero sin altivez, con humildad pero sin vergüenza, con respeto pero sin complejos. La respuesta a los nuevos desafíos no pasa, pues, por desnaturalizar las propias convicciones, sino por reafirmarlas; eso sí, adaptando las propuestas al nuevo campo de batalla y enriqueciéndolas constantemente con aportaciones provenientes de toda la base social que se identifica con ellas. La solidez de una ideología permite, además, dar razón de las decisiones políticas que se adopten bajo su inspiración. Cuando no se puede dar razón suficiente de las mismas, bien porque no están radicadas en cimientos sólidos, bien porque estos intentan ocultarse tras las estrechas miras del cálculo cortoplacista, aumenta la tentación de recurrir al desprecio o la demonización del adversario político y de sus apoyos sociales, contribuyendo así a que la democracia degenere en demagogia. Y, lo que es peor, la desconexión respecto de las raíces ideológicas propicia el olvido de por qué y para qué se ocupa un cargo público, facilita el abandono del espíritu de servicio a los demás y allana el camino hacia la corrupción.

Es imperativo por tanto que los responsables políticos hagan el esfuerzo de referir la acción política a sus anclajes ideológicos y, sobre esa base, se sitúen en permanente disposición de razonar y explicar, de atender y comprender, de dialogar e integrar, labores todas ellas imprescindibles en democracia. En primer lugar, por respeto; en segundo, por un doble interés: contribuir al desarrollo de una cultura política más allá del eslogan, pero también dotar a sus decisiones de la mayor eficacia posible.

Desde esa posición consistente, esto es, claramente diferenciada y sólidamente razonada, es desde la que se puede convencer a los ciudadanos de la necesidad de hacer sacrificios, alcanzar compromisos el día después de las elecciones y hacer frente eficazmente a los enemigos de la democracia. Es, en definitiva, sobre los seguros cimientos de la consistencia ideológica desde donde se puede aunar voluntades, marcar un rumbo y liderar un esfuerzo común. En una palabra: hacer política.

Jorge Cabrera

floridablanca_final_round_azul_smallFloridablanca pregunta

¿En qué consiste para ti «hacer política»? ¿Es necesaria para «hacer política» la consistencia ideológica? ¿Estás de acuerdo con que la consistencia puede ayudar a luchar contra la corrupción y la demagogia? ¿Crees que el PP y el PSOE principalmente, pero también Ciudadanos, tienen la responsabilidad de tratar de evitar democráticamente que los radicalismos de distinto signo ocupen el poder ejecutivo?

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