El retorno de las ideologías (I), por Jorge Cabrera

El nuevo hombre-masa, heredero directo del descrito por Ortega y Gasset hace casi un siglo, vive en permanente estado de confusión y desasosiego por la pérdida de referentes y la consiguiente invasión de lo intrascendente. Abrumado por la necesidad de elegir constantemente entre opciones insustanciales, acaba queriéndolo todo, porque elegir significa renunciar y no está dispuesto a renunciar a nada. Surgen así todo tipo de combinaciones: utilitarios todo-terreno, zapatillas de vestir, noticias y entretenimiento, trabajo y placer, arte y espectáculo, público y privado. Y, por supuesto también, derecha e izquierda.

Las ideologías, dueñas de los siglos XIX y XX, se fueron difuminando rápidamente tras el hundimiento de los regímenes comunistas. Confiados en que el crecimiento no tendría fin, sólo una política parecía posible. La tercera vía de Anthony Giddens, adoptada por el nuevo laborismo de Blair, fue el bienintencionado epítome de esta tendencia que desde entonces se ha hecho crónica a ambos lados del espectro político.  Pero llega un punto en que esa crisis de identidad ideológica tiene que ser superada pues, de lo contrario, deriva en otro tipo de crisis más profunda y sistémica. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido: las palabras terminan perdiendo su significado y, sin tener claro su sentido, es mucho más difícil entenderse. La pérdida de la coherencia interna y de la capacidad de convicción, atributos que surgen de la conexión con las propias raíces, acaba teniendo consecuencias: un entusiasmo telegénico sustituye al producido por las ideas, estableciéndose en muchos casos entre el líder político y sus seguidores un tipo de relación más propia de una de estrella del mundo del espectáculo con sus fans. Los partidos evolucionan hacia el perfil de agencias de colocación y marketing, y todo acaba siendo fiado a la imagen y el impacto.

Foto: Julián Rodríguez Orihuela / Flickr

Foto: Julián Rodríguez Orihuela / Flickr

Los excesos de esa dinámica son, en último término, los causantes de la doble crisis que vivimos: económica y política. Y ello porque el horror vacui que impera en la vida social implica que el vacío dejado por las ideologías haya sido llenado, por un lado, por la economía y, por otro, por diversos movimientos no ideológicos cuyo auge es el contrapunto de esa crisis de identidad. La predominancia de la economía entronca con el economicismo de Marx, quien afirma que la estructura de la propiedad de los medios de producción determina las formas políticas, la moral y el derecho vigentes en la sociedad, lo que no deja de ser una contradicción interna del marxismo, ya que busca influir en un estado de cosas que, según sus propias tesis, no cree que pueda verse afectado por las ideas.

En todo caso, es evidente que los intereses financieros han aprovechado la confusión ideológica para tomar la delantera y dictar la política, generándose además una contigüidad malsana entre responsables políticos y económicos que ha propiciado niveles aberrantes de corrupción. Ante ello hay que afirmar la autonomía de la política respecto a la economía y de la economía respecto a la política: dos ámbitos interconectados pero que no se agotan en esa relación. Particularmente, hay que reivindicar que hay política más allá de la política económica, y que existen otros aspectos que pueden y deben ser tan seña de identidad de un partido como sus planteamientos puramente económicos.

La profundidad de la última crisis económica y financiera no ha hecho sino acentuar esa perspectiva economicista. Cuando se despierta del sueño de la eterna prosperidad y es la crisis, y no el crecimiento, lo que parece no tener fin, es fácil caer en el engaño de pensar que todos los problemas y todas las soluciones son económicos; y cuando, además, es la corrupción y no la meritocracia lo que impera, el optimismo es sustituido por una profunda desconfianza. Y esa desconfianza es terreno abonado para los movimientos no ideológicos, como son las distintas formas de extremismo, los populismos y el nacionalismo, que constituyen otras tantas formas de lo que podemos llamar la política del Absoluto. Movimientos que utilizan hábilmente el aspecto propagandístico de los partidos que representan las opciones ideológicas principales, y que, adaptándose mejor a la revolución digital, sorprenden a las formaciones tradicionales con la guardia baja, sin un discurso sólido, quizá suficiente para una época de transición, pero no para el combate ideológico que las nuevas circunstancias exigen. Frente al economicismo y los movimientos no ideológicos, frente a la confusión y la desconfianza, ha llegado el momento de que las ideologías recuperen el terreno perdido. Las nuevas incertidumbres anuncian su retorno.

Jorge Cabrera

 


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¿Crees que hay una confusión ideológica? ¿Deben ocupar las ideologías el terreno “perdido”? ¿Crees que los partidos evolucionan hacia el perfil de agencias de colocación y marketing? ¿Ha hecho bien la predominancia de la economía, el economicismo, en la vida pública?

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