El retorno de la prima de riesgo, por Javier Vidueira

De nuevo la prima de riesgo amenaza con copar los titulares de la prensa económica española. ¿A qué responde esta renovada preocupación? La respuesta es sencilla: la incertidumbre. Y la incertidumbre cuando hablamos de dinero es riesgo.

A la hora de prestar dinero siempre se busca un equilibrio entre rentabilidad y riesgo, de modo que un inversor sólo estará dispuesto a asumir riesgo si se lo compensan convenientemente con una mayor rentabilidad, o al contrario, puede aceptar recibir una rentabilidad baja a cambio de asumir el mínimo riesgo.

Los riesgos pueden ser muy diversos: está el riesgo de tipo de cambio (cuando se presta en una moneda distinta y fluctúa mucho el valor de la misma), el riesgo de tipo de interés (cuando el tipo de interés de referencia varía mucho y no hay forma de anticiparlo), el riesgo de liquidez (que el prestatario, a pesar de tener patrimonio, no disponga de liquidez en el momento de la devolución), el riesgo país (consecuencia de la regulación interna o decisiones políticas que puedan afectar a la inversión), etc.

Todos los riesgos finalmente confluyen en el llamado riesgo de crédito, que no es otra cosa que el que recibe el préstamo no haga frente a sus obligaciones para con el inversor.

Así pues, la prima de riesgo es la diferencia de interés que cualquiera que desee recibir un préstamo deberá satisfacer respecto a otro que también pida dinero en el mismo mercado en base al riesgo que presenta. En un ejemplo simplificado: dos personas solicitan un préstamo de una tercera, por el mismo importe y el mismo tiempo. La tercera persona prestará el dinero al que menos riesgo le presente, a menos que el que presente más riesgo se lo compense pagándole un interés mayor.

La prima de riesgo que abría los telediarios es la diferencia de intereses que debe pagar España (el prestatario menos fiable) respecto a Alemania (el alumno aventajado) para que los inversores opten por prestarnos el dinero a nosotros en vez de a los alemanes (y en la práctica a cualquier otro país que presente menos riesgo que el nuestro). Pero esto no ha sido siempre así. Durante la segunda legislatura de José María Aznar, el alumno fiable y aventajado era España frente a una Alemania que tenía que pagar más intereses si quería endeudarse en el mismo mercado.

El riesgo país –o riesgo soberano- es, por tanto, crucial. Es, en definitiva, toda la inseguridad en torno a la capacidad o la voluntad de un país de asumir sus obligaciones financieras. Y, ¿qué puede generar esa inseguridad? Por ejemplo, el hecho de que un gobierno diga que no va a pagar toda o una parte de la deuda a sus inversores; nacionalizar y expropiar de manera forzosa; la posibilidad de un conflicto bélico; el exceso de déficit o la voluntad de incrementar el gasto público más allá de lo asumible y la magnitud de la propia deuda contraída, entre otras.

Prima de riesgo

Diferenciales de interés con el bono alemán a 10 años (3 de marzo de 2016). Financial Times

El actual clima de incertidumbre política contribuye a acrecentar el riesgo país. La falta de acuerdos o la eventual posibilidad de un gobierno cautivo de demasiados apoyos para garantizar el retorno de las inversiones siembra dudas en los inversores internacionales. Y sobre todo, la posible entrada en el gobierno de partidos populistas que amenazan con no pagar la deuda que ellos consideran “ilegítima alerta sobremanera a quienes pueden prestarnos el dinero que, de hecho, necesitamos.

Porque, en realidad, siempre necesitamos dinero. La sociedad del bienestar que disfrutamos se basa en un gasto que hace mucho tiempo que no podemos asumir por nosotros mismos. Sencillamente el estado no ingresa tanto como gasta y por eso recurrimos a la financiación exterior. (En otra ocasión hablaremos de por qué bajar los impuestos ayuda a recaudar más que subirlos).

¿Significa ésto que no podremos volver a financiarnos? En absoluto, siempre se puede obtener financiación. Simplemente nos costará cada vez más y más caro. Ahí está la prima de riesgo. España hoy se financia a 10 años pagando 1,37% más de intereses que Alemania –que paga 0,21%- mientras que el paraíso social-populista de Podemos y confluencias -Grecia- paga más de un 10% más de intereses que los alemanes.

Para verlo más claro, suponiendo que un país busca captar mil millones de euros a devolver en 10 años, según la tabla adjunta:

  • Los alemanes pagarán 2.100.000 € de intereses (0,21% de interés).
  • Los españoles pagaremos 15.800.000 € de intereses (1.58% de interés).
  • Los griegos deberán pagar 103.200.000 € sólo en intereses (10,32% de interés).

Y esto es sólo respecto a la deuda del país. El problema es que este riesgo se aplica a todo el que quiera financiarse. Una empresa con sede española deberá asumir la prima de riesgo dentro de sus costes financieros. Un particular incluso, también se verá afectado porque el mismo banco (que también se financia en los mercados) trasladará parte del incremento de sus costes financieros a los que presta dinero.

De hecho, incluso cuando la situación vuelve a la normalidad y la prima baja, los efectos perduran. A día de hoy muchas entidades deben conceder nuevos préstamos más baratos con unos fondos que obtuvieron tiempo atrás muy caros, lo que supone un grave desajuste en las cuentas.

Por lo tanto, la prima de riesgo es, probablemente, la mejor vara de medir la política económica de un país. Es un criterio de valoración meramente económico que deja a un lado la discrecionalidad de otras consideraciones con mejor o peor intencionalidad, pero en cualquier caso fuera de lugar. Cuando el gobierno de Zapatero aprobó el llamado cheque bebé de 2.500 € por hijo, se destacó su beneficio social y demográfico. El gobierno no consideró las implicaciones económicas de una medida que sólo en su primer año costó al erario público más de 1.000 millones de euros. La prima de riesgo, que ya comenzaba a adquirir protagonismo a finales de 2010, liquidó la medida electoralista debido a un déficit presupuestario creciente que sembraba cada vez más dudas en unos inversores que sólo veían la insostenibilidad de las cuentas públicas españolas.

Las provocaciones populistas y el derroche en nombre del bienestar social tienen consecuencias muy graves más allá de las políticas. La economía se resiente y con ella nuestro propio bolsillo y el bienestar de los españoles. Podremos discutir de lo humano y lo divino, de ideales y de pragmatismos, pero cuando toca la propia cartera, a nadie le hace gracia pagar los destrozos de la noche de juerga de unos universitarios que se creyeron los reyes del mundo.

Javier Vidueira | economista
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías