El proyecto Floridablanca, de Manuel Pastor

Primera página de la Constitución de los EEUU, 1787

Primera página de la Constitución de los EEUU, 1787

James Madison, principal arquitecto de la constitución de los Estados Unidos, sostenía que si los hombres fuéramos ángeles no serían necesarias ni la política ni las leyes. Pero no siendo el caso, él mismo, junto a Alexander Hamilton, John Adams, Thomas Jefferson y otras personalidades ilustres de su generación, inventaron el mejor sistema político-constitucional que ha conocido la humanidad: la democracia liberal. Pero es importante comprender que en tal sistema, lo sustantivo es la libertad y lo adjetivo es la democracia.

Si es moralmente cuestionable que el fin justifique los medios, mucho más lo será que los medios desplacen a los fines. La libertad es un fin, sin duda el más alto y noble de la política –por no decir de la existencia humana-, y la democracia solo es un medio. Es un axioma internacionalmente aceptado casi unánimamente por el pensamiento político-constitucional liberal y conservador desde el siglo XX, tras los precedentes de los Federalistas americanos, Alexis de Tocqueville, y Lord Acton : A. L. Lowell (1889), F. W. Maitland (1911), L. von Wiese (1916), C. Schmitt (1923), F. Schnabel (1933), J. Schumpeter (1942), B. Croce (1945), G. Randbruch (1950), H. Kelsen (1955), F. A. Hayek (1960)… y entre nosotros, J. Ortega y Gasset en diferentes ensayos entre 1917 y 1930. Basten tres citas: “Quienes toman la ruta de la democracia como camino a la libertad confunden los medios temporales con el fin último”(Maitland);  “La democracia es un método político, es decir, un cierto tipo de acuerdo institucional para llegar a decisiones políticas  -legislativas y administrativas-  y por tanto incapaz de ser un fin en sí mismo” (Schumpeter); “Es importante tener en cuenta que lo principios de la democracia y del liberalismo no son idénticos, y que incluso existe un cierto antagonismo entre ellos” (Kelsen).

La “democracia morbosa” (Ortega) o el “democratismo dogmático” (Hayek) no deben y no pueden anular los principios de la libertad. Esta es la razón por la que el liberalismo conservador (no como ideología, sino como filosofía política y cultura conservadora de las libertades individuales) es más necesario hoy que nunca ante la expansión del Estado democrático, las tentaciones colectivistas o estatistas, la partitocracia con su concomitante corrupción, y las agresivas tendencias tecno-burocráticas de la globalización.

no es posible la democracia sin el respeto a la ley: es la esencia del fair play y de las reglas del juego democrático

El linaje del liberalismo conservador es como un gran río de la historia con muchos afluentes. Se han destacado dos grandes tradiciones, la Anglicana y la Galicana (según la terminología de Francis Lieber en 1848). Personalmente me identifico más con la primera, y en particular con la corriente ilustrada escocesa de Adam Smith, David Hume, Adam Ferguson, etc., que se proyecta y prolonga en el Nuevo Mundo con la Independencia de los Estados Unidos, desde los Founding Fathers hasta Abraham Lincoln. Pero no deben olvidarse otros nombres: Locke, Burke, Montesquieu, Jovellanos, Humboldt, Constant, Tocqueville, Acton, Stuart Mill…

Algunos principios básicos del constitucionalismo liberal han sido expresados, paradójicamente, por pensadores aparentemente “reaccionarios” pero con profundas y valiosas intuiciones como, por ejemplo, la visión trágica de un futuro despotismo universal –lo que será más tarde el totalitarismo europeo- propiciado por el nihilismo, el ateísmo y la revolución socialista en sus múltiples formas (Juan Donoso Cortés), la idea de una mayoría concurrente versus la mayoría numérica en la democracia constitucional (John Calhoun), o la provisión de que ningún sistema constitucional debe legitimar y permitir las fuerzas políticas -ideologías y partidos antisistema- que buscan su destrucción (Carl Schmitt). La libertad de expresión es incuestionable y siempre la defenderemos, pero desde el momento en que las ideologías antisistema se activan y materializan social y políticamente –en partidos políticos o movimientos sociales que amenazan o practican la violencia para conseguir sus objetivos- no caben en el sistema constitucional que la mayoría del pueblo, en libertad, haya acordado y formalmente aprobado en el ejercicio de la soberanía nacional. El cambio y las reformas siempre son posibles en un proceso democrático que respete escrupulosamente el imperio de la ley. Porque no es posible la democracia sin el respeto a la ley: es la esencia del fair play y de las reglas del juego democrático.

El proyecto Floridablanca, aparte de sus objetivos universitarios o estrictamente académicos, se propone la defensa y promoción de un genuino liberalismo conservador, impulsor también de las relaciones España-Estados Unidos, del conocimiento y estudio de la ejemplar constitución y democracia estadounidense.

statue-of-liberty-531245_1920Si para la democracia americana, en su ya lejano pasado, KKK simbolizó racismo, terrorismo y secesión, en la democracia española hoy CCC significa Crisis, Corrupción y Cataluña (la tormenta perfecta para 2015, según el analista de Libertad Digital Pablo Planas). Los Estados Unidos superaron trágicamente el trance, con enormes sacrificios, y la democracia quedó consolidada. En España, a mi juicio -como vengo sosteniendo hace tiempo casi en solitario-  la transición política fue un éxito pero la consolidación democrática está pendiente. La constitución tiene que llegar a ser normativa, no meramente nominal (según la terminología y caracterización de Karl Loewenstein); la unidad nacional tiene que consolidarse definitivamente según la fórmula autonómica o federal más conveniente; la alternancia en el gobierno tiene que ser posible dentro de una estructura flexible, sin violentar los principios del sistema constitucional, excluyendo legalmente las fuerzas que buscan su destrucción; y finalmente, en España la cultura política partitocrática y estatista tiene que ser desplazada por una cultura política democrática y liberal (anticipada por Alexis de Tocqueville y definida con rigor empírico, entre otros, por Gabriel Almond).

Durante un largo siglo, 1848-1948, como ha descrito Friedrich A. Hayek, el socialismo en sus diversas variantes fue la ideología rival del liberalismo conservador y del capitalismo democrático. En 1936 Max Eastman anunció el fin de socialismo, con el inminente fracaso del experimento en Rusia, y hacia 1960 (en su libro clásico The Constitution of Liberty) el propio Hayek certificó su defunción definitiva internacional, especialmente en las democracias occidentales, siendo sustituido en el mejor de los casos por el Welfare State. Ello no ha impedido que, con la crisis económica y la corrupción partitocrática, se produzca el resurgimiento de nuevas formas de colectivismo estatista, bien con un estilo populista intelectualmente indigente (por ejemplo, Syriza en Grecia o Podemos en España), bien con propuestas teóricas aparentemente muy sofisticadas, pero delirantes en términos prácticos, políticos o fiscales (por ejemplo, la voluminosa obra El Capital en el Siglo XXI de Thomas Piketty –con serios errores estadísticos y conclusiones catastrofistas de escaso fundamento empírico, según han advertido reputados economistas como Thomas Sowell y Scott Winship-  cuyo autor ha sido consejero de los muy poco aconsejables socialistas franceses). El liberalismo conservador tiene legitimad histórica y recursos intelectuales suficientes para enfrentarse a los retos de nuestro tiempo.

Manuel Pastor
[Catedrático de Teoría del Estado y Derecho Constitucional de la UCM]
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías