El problema es el PSOE

Una vez más, la izquierda se retuerce cuando la sociedad española sale a la calle en contra de sus dictados. Ayer la fuerza política gobernante, el Partido Socialista Obrero Español, llegó a calificar como fascistas a los españoles que acudieron a la concentración convocada por el Partido Popular y Ciudadanos, y apoyada por Vox. Hoy sabemos, además, que el todavía presidente del Gobierno de España se ha referido a los concentrados en Colón como “radicales”. Para él, en cambio, los separatistas parecen ser moderados. No se puede extraer otra conclusión del mensaje que ha transmitido a los españoles en las redes sociales.

Porque cuando Pedro Sánchez afirma que los españoles no han entendido la moción de censura, “la puesta en pie de una España moderada, cabal y progresista que quiere conquistar su futuro y no regresar al pasado”, cabe preguntarle quién representa esa España moderada, ¿Bildu, PDeCAT, ERC, PNV, Podemos, etc.? Desde luego, los falsos moderados no estaban en la concentración de ayer, como tampoco lo están en las manifestaciones de apoyo al pueblo venezolano frente al tirano Nicolás Maduro.

El problema de fondo es la tortuosa relación del PSOE con la Nación española, especialmente con los conceptos de unidad y soberanía nacional. Y a partir de aquí, con la Constitución, con el Estado de derecho y con los derechos y libertades de los que son titulares los españoles, incluido el pluralismo político. Ya en su día el tardofelipismo mostró señales preocupantes de su dificultad para aceptar la alternancia en el poder propia de los regímenes democráticos. Más tarde Zapatero intentó liquidar la Transición, invirtiendo el sentido y el valor que dieron los españoles a una de las páginas más brillantes de su historia. Si la Transición se fundó sobre la concordia, Zapatero pretendió -como hoy Pedro Sánchez y todos los enemigos del orden constitucional- elaborar una historia alternativa a través de la Ley de la Memoria Histórica, convertida en instrumento para redefinir la transición a la democracia como la “continuación del franquismo”, y no como el fruto de la reconciliación entre españoles.

No debe extrañar tampoco que Zapatero se encontrara más cómodo con los nacionalistas y con “hombres de paz” como Arnaldo Otegi que con el principal partido de la oposición. El centro-derecha fue imprescindible artífice de la Transición, y entre los miembros del Partido Popular había padres de la Constitución, lo que explicaría la animadversión de Zapatero hacia este partido y todo aquello ajeno al PSOE y la izquierda. Pedro Sánchez no es distinto, y no tiene problema en volar la arquitectura institucional que más prosperidad y estabilidad nos ha dado en nuestra historia contemporánea. Pero el envite no es sólo contra la Ley de Leyes, sino contra la propia Nación española, puesto que los pactos oscuros con el secesionismo afectan directamente a nuestra comunidad política y a nuestra continuidad histórica como nación.

La deslealtad del PSOE ya no es, por tanto, sólo contra la Constitución, sino contra la Nación misma. La concentración ha sido una respuesta popular y pacífica al enésimo intento del PSOE de degradar España a cambio de mantener el poder. Este propósito ha sido denunciado por miembros históricos del PSOE como Alfonso Guerra, Felipe González, Nicolás Redondo y otros tantos. Sin embargo, ninguno de ellos, a excepción de José Luis Corcuera, estuvo en la concentración, ni ninguno de ellos ha anunciado su baja de un partido dispuesto a cabildear con la Constitución de 1978 y los derechos políticos que de ésta emanan. Todos y cada uno de los miembros del PSOE deben asumir cuanto antes cuál es su responsabilidad en el actual momento político y poner todos los medios a su alcance para revertir esta deriva. De lo contrario la Historia, y las urnas, se lo demandarán.

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