El populismo y sus riesgos para la democracia, de José Ruiz Vicioso

La oleada populista que sufren Europa y España, nos obliga a una reflexión sobre los riesgos que entraña esta opción política para las democracias de corte representativo y liberal que han sustentado la convivencia pacífica y el proceso de integración europeo desde el final de la II Guerra Mundial.

El populismo no puede definirse ni como una ideología en sentido estricto, ni como un mero estilo de hacer política. Es algo más complejo, una forma mentis o visión del mundo que supone una determinada manera de entender la realidad política.

El concepto central de la visión populista es el pueblo. El pueblo entendido como unidad homogénea e indiferenciada. Una entidad en la que el individuo queda diluido y supeditado al conjunto, que es –como tal conjunto– el único depositario de la soberanía y de la virtud política.

Mural de Hugo Chávez en Mérida, Venezuela

Mural de Hugo Chávez en Mérida, Venezuela

La visión populista se expresa a través de un liderazgo que suele ser de tipo carismático: El líder aparece como el supremo intérprete de la voluntad del pueblo. Éste no es un político “profesional” (la condición de outsider de la política es imprescindible) sino un particular que ante una situación de alienación del pueblo, del que forma parte, se ve forzado a participar en la vida pública. Él es el guía que define la dinámica política, reducida a un simple enfrentamiento entre el pueblo y la elite (oligarquía, casta o como en cada caso se la denomine). La elite -corrupta y ajena a cualquier cosa que no sea el mantenimiento de su situación del privilegio- es la culpable de la indeseable situación que el pueblo sufre, por lo que este debe recuperar su soberanía injustamente enajenada, que impide su plena realización.

Se entiende que de este núcleo de ideas que compone la cosmovisión populista derivan una serie de consecuencias, no menores, para las democracias tal y como las conocemos.

En primer lugar, el rechazo del pluralismo propio de las sociedades abiertas. El pueblo del populismo es un compacto que no admite disensos internos. De hecho, el pueblo ni siquiera está compuesto por todos los individuos que forman la sociedad, sino por esa pretendida mayoría perjudicada por la acción de la elite dirigente. Aquellos que no se encuentran dentro de esta categoría o que no se identifican con el proyecto populista son identificados como “enemigos del pueblo”. Esta dañina dicotomía amigo-enemigo hace muy difícil el entendimiento, el consenso en los principios básicos sobre los que se asienta todo sistema democrático: el diálogo constructivo y la capacidad de cesión entre las distintas opciones políticas.

Este rechazo al pluralismo, esta negación de la existencia de sensibilidades diversas, puede llegar a su expresión más terrible cuando el populismo cuenta con los instrumentos del poder y se transforma en un afán homogeneizador que se impone, si es necesario, de forma coercitiva. La Venezuela de Chávez –paradigma del populismo de izquierdas contemporáneo- es un ejemplo bastante ilustrativo.

Por otro lado, la dinámica de enfrentamiento pueblo-elite se concreta siempre en un proyecto político destructivo. La necesidad de “regeneración del sistema” – mantra recurrente de los populismos – no pasa solo por sustituir a la oligarquía corrompida. También por arrasar, o al menos por desvirtuar (hasta vaciarla de contenido), la arquitectura institucional propia del Estado de Derecho.

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El populismo no acepta mediaciones. Rechaza las instituciones existentes que interpreta como elementos que distorsionan la expresión de la soberanía, como barreras a la democracia verdadera. La voluntad del pueblo, que se manifiesta en el mensaje del líder, no ha de tener restricciones ni cortapisas de ningún tipo. Las instituciones deben plegarse a esa voluntad, y si no lo consienten, no habrá razón para mantenerlas.

Sin embargo, como nos enseñan los clásicos –Montesquieu, Hume, Burke- es la limitación del poder, la separación de los poderes y el establecimiento de ‘pesos y contrapesos’ entre los mismos, lo que evita la tiranía. Es la estabilidad institucional, la permanencia de las instituciones por encima de las personas que coyunturalmente las ocupan, lo que garantiza el respeto de nuestras libertades. No por casualidad los países más avanzados del mundo son los que demuestran una mayor fortaleza y continuidad de sus instituciones políticas.

El populismo se dirige siempre al debilitamiento institucional, mina la seguridad jurídica. Es decir, supone un ataque directo a los cimientos del Estado de Derecho, lo que pone de manifiesto la pulsión totalitaria latente en todo fenómeno populista. La tensión entre populismo y democracia representativa no es mera retórica, sino una verdadera relación de conflicto derivada de la diferente naturaleza que inspira ambas concepciones políticas. Sociedad cerrada frente a sociedad abierta. Uniformidad frente a diversidad. Acción directa frente a procedimiento y garantías.

El embate populista es el mayor reto al que se enfrentan en la actualidad las democracias occidentales en cuanto a regímenes políticos. Y es mucho lo que está en juego. Como europeos y españoles, nos jugamos el tener una sociedad débil en términos de pluralidad y  libertad, donde nuestros derechos y libertades estarían sometidos a la arbitrariedad del poder. En definitiva, correríamos el riesgo de perder nuestra condición de ciudadanos a favor de una sociedad más pobre, en todos los aspectos.

Ese es el riesgo de la amenaza populista. Tengámoslo en cuenta.

José Ruiz Vicioso

[Master en Historia del Pensamiento Político, Universidad de Exeter (Reino Unido)]

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