El manido discurso de la precariedad laboral en España, por Alejandro Jódar

Los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) señalan que España alcanza de nuevo los 19 millones de empleos. Esta cifra no se registraba desde el año 2009 y establece en un 16,3% la tasa de paro, con unos 3,7 millones de desempleados. Es decir, que se han creado más de dos millones de puestos de trabajo desde que se llegó al momento más duro de la crisis. La recuperación -que puede verse afectada entre otros factores por la situación en Cataluña- se ha basado, en gran medida, en la motivación creada tras la reforma laboral y en la aplicación de algunas medidas de flexibilidad. Y aunque se necesitan más propuestas liberalizadoras en nuestro mercado de trabajo, incluida una segunda vuelta de tuerca a la tan denostada reforma, la evolución ha sido indudablemente positiva.

Resulta llamativo que en la prensa y desde distintas posiciones políticas nos encontremos con expertos en análisis del mercado de trabajo que repiten que éste sufre de precariedad y de disminución en la calidad del empleo. Además, achacan estos supuestos problemas a la propia reforma laboral, algo que los datos ponen en duda. Ante dichas manifestaciones surgen una serie de preguntas: ¿Quién y qué define la precariedad laboral? ¿Y la calidad en el empleo? ¿Sufrimos esa lacra en nuestro mercado de trabajo?

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha realizado un estudio que analiza el empleo de calidad como factor importante para la productividad y el rendimiento económico, y establece un marco capaz de evaluar la calidad del empleo en tres puntos “objetivos y mensurables”:

1.- Ingresos: valora la calidad de las retribuciones, es decir, en qué medida los ingresos contribuyen al bienestar de los trabajadores, haciendo un balance entre ingresos, costes y su distribución.

2.- Seguridad: se define por el riesgo de desempleo y las ayudas recibidas en caso de encontrarse en dicha situación.

3.- Entorno: en este punto se recogerían los aspectos no económicos de los puestos de trabajo (demanda, lugar, contenido, esfuerzo, tiempo y relaciones en el trabajo, entre otros).

En el resto de esferas políticas e institucionales -desde la UE o la OIT a nuestras comunidades autónomas- se ha destacado siempre la importancia de tener en cuenta la calidad del trabajo para el desarrollo de las políticas económicas y de empleo, pero la realidad es que no se ha llegado a un consenso sobre su propio significado. Podría decirse que, para las instituciones europeas, la definición de calidad en el empleo –sin ser oficial- uniría los principios planteados por la OCDE con los objetivos políticos y económicos de los países miembros: ocupación, retribución, igualdad de género, productividad, etc.

En definitiva, teniendo en cuenta a la OCDE o a la UE, las condiciones que deben valorarse a la hora de examinar la precariedad en un mercado de trabajo serían los ingresos, la seguridad y el propio entorno de trabajo, así como los niveles de ocupación o la productividad del país. Si valoramos estas características, que no son definiciones en sí mismas sino posiciones relativas a la precariedad y a la propia calidad del empleo, quizá podamos acercarnos a un breve análisis de este concepto en nuestro mercado de trabajo actual y tras la reforma laboral.

Teniendo en cuenta los valores comentados, en la actualidad no hay más precariedad de la que habría sin la reforma laboral. De hecho, en este momento nos encontramos con más ocupados (mayores ingresos), con menos despidos (seguridad), y con mayores niveles de ocupación y productividad (que condicionan el entorno). Tras la publicación de tan denostada ley, la posibilidad de encontrar un trabajo indefinido ha crecido algo más del 50% -casi un 90% en el caso de los jóvenes-, las extinciones de los contratos indefinidos no se han incrementado, los contratos temporales se han mantenido y su duración ha aumentado -la tasa de temporalidad sigue cerca de las cifras anteriores a 2012, pero las relaciones contractuales son más duraderas-, y abandonar el desempleo es ahora más fácil.

En definitiva, mayor éxito en la búsqueda del empleo, menos despidos y mayor ocupación suponen sin duda un impulso a la calidad del empleo en España. Esto no quiere decir que no quede mucho camino por recorrer para alcanzar las cifras previas a la crisis, pero sí que acabaría con la idea de que la liberalización y la reforma suponen precariedad laboral y menor calidad para los empleados.

La calidad del empleo y la disminución de la precariedad van unidos al libre mercado, al crecimiento económico, a la flexibilidad laboral y a la modernización de las estructuras productivas. Precisamente porque la reforma laboral ha supuesto un paso importante en este sentido, se confirma la necesidad de avanzar hacia un entorno en el que se una competitividad y empleo de calidad, un mercado aún más libre para todos los implicados. Porque la libertad genera oportunidades y reduce el desempleo, aumenta los índices de calidad y disminuye la precariedad.

Alejandro Jódar
FLORIDABLANCA CAFÉ

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