El cambio, por José María Marco

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En los últimos años, la vida política de nuestro país parece haberse acelerado. La crisis económica ha empezado a hacer vacilar cosas que antes, hasta hace muy poco años, muchos daban por seguras. Los nacionalistas catalanes han dado un giro estratégico y han decidido que Cataluña ya está nacionalizada y debe por tanto separarse de España. La corrupción, tolerada durante muchos años, ha ocupado el primer plano de las preocupaciones. Han surgido nuevos partidos y el modelo bipartidista (que nunca ha sido tal, aunque ese es otro asunto) parece estar dejando paso a otro más abierto e imprevisible. La Corona, finalmente, ha cambiado de titular, lo que permite simbolizar de forma muy sencilla un cambio general.

De pronto, parece que hay actitudes, ideas y personas que no responden ya a la realidad y se encuentran desfasadas con respecto a las nuevas mentalidades, a las nuevas ideas, a las nuevas formas de relacionarse y comunicarse.

Lejos de lanzarse por la pendiente, muy resbaladiza, del culto a lo nuevo –a la nueva política, a las nuevas caras, a las nuevas emociones y a los nuevos eslóganes- sería conveniente intentar calibrar la medida del cambio.

En mi opinión, hay dos grandes líneas en las que este cambio se está haciendo visible.

El primero es el que se deduce de la crisis y de la evolución de las economías europeas ahora que por fin se entrevé la salida. La crisis, y más en particular la salida de la crisis, están poniendo de relieve que para crecer a un ritmo que permita integrar al conjunto de la población europea será necesario plantearse un nuevo modelo de Estado de bienestar y una flexibilización en profundidad de la sociedad, con cambios de mentalidad importantes en lo que se refiere a la naturaleza misma del trabajo. Los gobiernos más reformistas de la UE, entre ellos el español, han apostado por el mantenimiento del primero y los cambios moderados en el segundo plano. Habrá que ver si esto es bastante para ayudar a crear empleo suficiente y absorber la onda de choque de ansiedad, miedo y demagogia que ha generado la percepción –justa- de que ciertas cosas han empezado a ser irrecuperables, y que se expresa en la subida de nuevas organizaciones, las llamadas populistas, en toda la UE.

El segundo se deduce de lo ocurrido con Cataluña. Se trata en este punto de la crisis de la idea y la identidad nacional, visible en todas partes. Aquí la originalidad española es muy consistente porque, en realidad, lo que en nuestro país se ha puesto en crisis no es la nación en sí, sino la idea misma de crisis nacional en la que llevamos viviendo desde que, en la Transición, los partidos políticos y las elites se negaron a dar contenido a la idea nacional española. Desde entonces, hemos vivido en un proceso de construcción nacional permanente. Es ese proceso el que está llegando a su final, en medio de la sobreactuación nacionalista, el hastío general, las invocaciones de reforma constitucional sin concretar, la sensación de dejadez por parte del poder político y una demanda evidente de propuestas nacionales modernas, consistentes con el modelo abierto, pluralista, democrático y liberal con el que vivimos, por parte de la ciudadanía.

José María Marco

[Escritor y profesor de Relaciones Internacionales en la UPCO]

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