El apunte de Saavedra

junio 20, 2017

Los españoles -salvo ejemplares excepciones- no hemos hecho nada diferente en los últimos cuarenta años que rendirnos ante los nacionalismos. Ha sido una rendición por capítulos, postergada en el tiempo, postrada ante la pertinaz voluntad secesionista: la desaparición de la presencia del Estado en Cataluña, la cesión de competencias, las suculentas partidas presupuestarias o la excesiva permisividad con sus desafíos han sido solo algunas de las cesiones de los partidos políticos -a derecha e izquierda-, siempre a cambio de sustentos políticos cortoplacistas y bajo la idea equívoca de que se les terminaría moderando. Tuvimos breves arrebatos de dignidad y defensa de nuestra integridad, que pronto sucumbieron a la desidia generalizada, al relativismo cobarde, al interés partidista y a la idea colectiva de que esa defensa de España era propia de otro tiempo o, peor aún, que era propia de otras gentes.

En estas semanas, los secesionistas han llegado al Ayuntamiento de Madrid, al corazón de España, para restregarnos por la cara su provocación, su ilegal proyecto de ruptura con una Nación que se ha dejado desafiar como quien permite que le expolien su casa mientras ve tranquilamente la televisión en el sofá, con tal de que no se lo lleven todo de una sola vez ni hagan demasiado ruido. Porque las rendiciones a plazos, como los préstamos, parecen menos rendiciones. Por eso no resulta extraño que los secesionistas hayan elegido Madrid -gobernada por sus aliados naturales- para humillarnos a los españoles, llevando al terreno político esa máxima futbolística de que los goles fuera de casa en una eliminatoria valen doble en caso de empate.

Es posible que llegados a este punto, anunciada ya la fecha del referéndum para el 1 de octubre, haya en el imaginario colectivo de los españoles la sospecha de una rendición consumada, el preludio inmediato de un choque de trenes de magnitudes nunca antes vistas en nuestra joven democracia, la tesis cada vez algo más realista que melancólica de que ya sólo se puede esperar un mal final. En ese caso, como a los protagonistas de La casa tomada de Julio Cortázar, a algunos ya sólo nos quedará sentir lástima, cerrar la puerta de entrada y tirar la llave a la alcantarilla. No hay más alternativa: o eso, o poner en marcha con urgencia los mecanismos que tiene el Estado de Derecho para hacer cumplir la Ley y, a continuación, poner remedio a los errores que se han cometido durante los últimos cuarenta años. Es la hora de tomar conciencia, sin rodeos, de que nos lo estamos jugando todo.

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