Don Manuel Fraga, un hombre bueno, por Fabiola Martínez Vega

Fraga en un Congreso del Partido Popular (Foto: Hemeroteca ABC)

Fraga en el X Congreso del Partido Popular (Foto: Hemeroteca ABC)

Conocí a don Manuel una tarde de invierno en su despacho de presidente de la Xunta de Galicia, después de solicitarle una entrevista para hablar del Prestige y sus posibles consecuencias. Aquel día le dije que iba a perder las elecciones gallegas y se enfadó conmigo. Tras mis explicaciones, me contestó que tal vez tuviese razón. Fue un encuentro que no olvidaré porque, a partir de esa tarde, pude conocer al Fraga cercano, el que me daba consejos (“no puede entrar en un despacho diciendo esas cosas”), me contaba su vida como si no supiese que había sido el político más importante del centro-derecha español, y me pedía que le hablase de Internet “aunque no entienda nada”.

La primera vez que fui a Perbes me enseñó su casa, un lugar carente de toda pretensión. “Es lo único que tengo”, me dijo, y era cierto. Después de toda una vida dedicada al trabajo, al servicio de España y de Galicia, don Manuel sólo tenía aquella pequeña vivienda. El día que se fue al Senado, muchos sabíamos que su alma permanecería en su tierra sabiendo que había cumplido su misión, elevar a Galicia al lugar que le correspondía, y que su marcha le provocaba una profunda tristeza. El pueblo gallego sabía que era un hombre honrado y de palabra, cuya figura engrandeció para siempre a su tierra gallega. La expresión más clara de este afecto fue durante su entierro en aquella pequeña localidad de la comarca de Betanzos.

Don Manuel era el Partido Popular o viceversa. Una personalidad clave de la política española, humilde, modesto y tenaz; tenaz hasta cuando comías con él y decidía que te habías servido poco, y cogía su plato y compartía parte de su comida sin que te diera tiempo a negarte. Le gustaba disfrutar de la comida y el vino Albariño, y contar anécdotas que forman parte de la Historia de España: una conversación relajada con Fraga te transportaba a través de toda nuestra Historia, ya que tenía una memoria privilegiada. En sus últimos años se quejaba de que las piernas le fallaban porque se estaba “haciendo muy mayor, demasiado mayor”, pero su memoria permanecía intacta.

Fraga y Carrillo (Foto: Hemeroteca ABC)

Fraga con Enrique Tierno Galván y Santiago Carrillo (Foto: Hemeroteca ABC)

Cinco años después de su fallecimiento, don Manuel sigue siendo un hombre inolvidable para todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerle: alguien que se reía con ganas en cuanto le contabas algo divertido y que nunca dejaba de dar las gracias a los que se acordaban de él una vez que dejó de ser presidente. El Fraga cazador era profundamente cariñoso con los animales y en especial con su perro, un enorme mastín de los Pirineos. “Es casi tan viejo como yo”, decía con cierta pena.

Aunque resultara políticamente incorrecto para estos tiempos, era fuerte y a la vez tierno cuando recordaba su etapa de estudiante de bachillerato en La Coruña o cuando hablaba de su madre, mujer o hijos. Se sentía un afortunado por su familia y por la vida que tuvo, siempre echando de menos a su mujer, a cuya misa asistía cada verano.

Don Manuel tenía una profunda admiración por el presidente Aznar y por “sus dos hijos políticos”, Loyola de Palacio y Alberto Ruiz Gallardón. La primera nunca faltaba a sus citas en Galicia. Lo admiraba y veneraba tanto que solía decirme, “si vas a ver a don Manuel, no hables: escúchalo, que es todo sabiduría”. Loyola  tenía una cicatriz entre sus cejas recibida debido a unos perdigones de Fraga mientras cazaban perdices. Recuerdo cómo se sonreía divertido el día que me lo contaba mientras comíamos.

El 15 de enero de 2012, muchos españoles no fueron conscientes de la trascendencia de su pérdida. Otros muchos comprobaron que la vida merece la pena cuando luchas por las ideas y las personas a las que sirves como político; a veces, a costa de sacrificar la propia.

Así sonaron las campanas de Bastabales, a pena, dolor, recuerdo y honra del gallego más grande que vieron los Caminos de Santiago, y así sonó la pequeña campana “Flor de Lis” el día de su funeral en la Catedral de la Almudena. Esa pequeña campana cuya madrina fue Loyola de Palacio.

Campanas de Bastabales,
cuando os escucho tocar,
me muero de soledades.


Cuando os escucho tocar,
campanitas, campanitas
sin querer vuelvo a llorar.


Cuando de lejos os oigo,
pienso que por mí llamáis,
y las entrañas me duelen.


Duelo de dolor herida,
que antes tenía vida entera
y ahora tengo media vida” 

Rosalía de Castro

       Fabiola Martínez VegaApp-Twitter-icon

Filóloga y periodista

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