Desmonetización ¿hacia una economía sin cash?, por Jaime Martínez Muñoz

El sociólogo Zygmunt Baumansolía acuñar el término de “tiempos líquidos” para referirse a la globalización que caracteriza a nuestras sociedades modernas, donde los cambios tecnológicos se producen y propagan a tal velocidad que tienen un impacto determinante en la economía, obligando a empresas y trabajadores a adaptarse continuamente a dichos cambios en el desarrollo de negocios, capacidades y habilidades que respondan a los nuevos retos de la economía digital.

En este contexto, uno de los sectores que están más expuestos a la evolución tecnológica es sin duda el sector financiero, especialmente si consideramos la reciente crisis financiera de 2008, que trajo como consecuencia una desconfianza generalizada por parte de ahorradores e inversores de la industria tradicional, lo cual ha favorecido la aparición de nuevos modelos de negocio más innovadores y atractivos para un cliente cada vez más exigente, que demanda servicios digitales personalizados y basados en la seguridad y la fiabilidad. El resultado de esta combinación entre la tecnología y las finanzas es lo que ocasionalmente se viene conociendo como fintech.

El potencial ofrecido por tecnologías como blockchain o big data está revolucionando la oferta de nuevos servicios financieros, pudiendo destacar las plataformas de pago, el crowlending o los préstamos “peer to peer”, que expulsan a la figura tradicional del banco como mero intermediario entre los agentes, obligando a estas instituciones a adaptarse en el mercado.

Sin embargo, recientemente, la última de estas innovaciones constituye un reto aún más importante desde el punto de vista económico. Nos referimos a la denominada cashless economy o “economía sin efectivo”, un fenómeno que también ha sido definido como desmonetización.

En efecto, el crecimiento de la banca online (móvil) y de las plataformas de pago antes mencionadas, juega un papel cada vez más relevante en las transacciones financieras, lo que ya ha llevado a muchos gobiernos, tanto de economías desarrolladas como en desarrollo, a iniciar una agenda para lograr que el 100% de transacciones financieras sean digitales.

Analizando la hoja de ruta de los gobiernos, los países nórdicos son las economías desarrolladas que más han avanzado hacia la economía sin cash. Según los últimos datos, en Suecia, el 95% del total de transacciones es digital. Asimismo, respecto a las economías en desarrollo, India es el caso más representativo, habiéndose retirado el 86% de las monedas físicas del sistema de circulación.

La motivación política de los gobiernos en dicha agenda es evidente, dado que todos los pagos digitales permiten una trazabilidad completa de las transacciones, reduciendo considerablemente el fraude, la evasión fiscal y la financiación de negocios ilegales como la prostitución, el tráfico de drogas o el terrorismo.

Asimismo, desde el punto de vista microeconómico, los beneficios de los pagos digitales permiten a ciudadanos y empresas unos menores costes de transacción y facilidad del cálculo económico.

No obstante, reconocidos estos beneficios, es preciso advertir la diferencia entre “elegir” o “imponer” una economía sin cash desde el punto de vista regulatorio.

En este sentido, resulta imprescindible que los cambios normativos que ya se están produciendo en muchos países respalden la libertad de los ciudadanos de elegir cómo quieren realizar sus transacciones.

En aras de justificar mayor seguridad, muchos gobiernos están retirando forzosamente el efectivo de sus economías, cuando realmente dicho objetivo de seguridad supone reforzar posibles abusos del oligopolio bancario, una práctica que evidencia la estrecha relación entre el poder político y el financiero.

Sin embargo, si bien la desmonetización permite a los gobiernos un mayor control sobre los flujos de dinero, el auge de las famosas criptomonedas, como bitcoin o ethereum, puede comprometer o dificultar este control, en tanto y cuanto los agentes acepten paulatinamente las criptomonedas como medio de pago, ya que las mismas operan fuera del curso de emisión legal.

La descentralización que permite la tecnología para la emisión privada de monedas supone un gran desafío frente a la política monetaria convencional de los Bancos Centrales,una realidad que fue concebida hace 40 años por el Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek, primer economista que habló de una competencia real entre monedas como modelo alternativo al monopolio de emisión de moneda.

En conclusión, si bien la tecnología brinda nuevos servicios que permiten al sector financiero ser más eficiente y satisfacer las necesidades de ahorradores e inversores, es preciso que la regulación respete ante todo la libertad de los individuos de elegir cómo hacer sus transacciones. De lo contrario, la tecnología puede actuar como arma de doble filo frente a los responsables de dicha regulación.

Jaime Martínez Muñoz

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