Déjà Vu, por Javier Rupérez

Homenaje a las víctimas del atentado en el Café Le Carillon (Foto: Jean-François Gornet / Flickr)

Nada que objetar, todo lo contrario, a las manifestaciones de pena, a la constatación del horror, a la condena de la barbarie. Al menos nos queda el consuelo de saber que una parte sustancial de la humanidad retiene la elementalidad de los buenos sentimientos. Mucho que objetar sin embargo, y en ello la previsibilidad es tan grande como la adjudicada a los buenos sentimientos, a los imbéciles que creen de nuevo llegado el momento de prevenir contra la Islamofobia, o de investigar donde se encuentra el imposible punto de la equidistancia, o de predicar contra la venganza, o de abstenerse de firmar acuerdos antiterroristas.

Pero si de verdad quisiéramos acabar con la obscenidad del terrorismo islámico, y con ello ahorrarnos de nuevo las lágrimas bienintencionadas y las velitas en los lugares del asesinato y las flores colocadas en memoria de las víctimas y la generalización de los pésames y la repetición hasta el infinito de la bandera de los exterminados, bueno sería adoptar algunas imprescindibles medidas, tales como:

  • Decidir la puesta en marcha del artículo 5 del Tratado de Washington, constitutivo de la OTAN, que prevé la acción militar colectiva contra el enemigo que haya atacado a uno de los miembros de la Alianza y con ello aceptar la realidad de que el Estado islámico es en efecto un Estado, por más criminal que resulte en sus acciones, y que como tal debe ser militarmente tratado, y eventualmente destruido.
  • Voyou Desoeuvre

    Manifestante islamista en Londres con una pancarta en la que se lee «Libertad vete al infierno» (Foto: Voyou Desoeuvre / Flickr)

    Evitar cuidadosamente las formulas políticamente correctas que hablan del “extremismo violento” o que utilizan la incomprensible formula del “DAESH” para referirse a lo que no es otra cosa que el terrorismo de raíz islámica y al Estado que según su propia denominación recibe el nombre de Estado islámico.

  • Actuar sin contemplaciones contra los líderes políticos, religiosos o sociales de las comunidades islámicas originarias o conversas establecidas en el mundo occidental que prediquen la “jihad” o formulas similares de acción violenta basadas en una interpretación literal de las normas coránicas que predican la extensión de la fe en el Profeta o su inevitable manifestación en un Califato universal.
  • Exigir de tales comunidades la condena rotunda y sin paliativos de los actos terroristas llevados a cabo por individuos que dicen profesar la misma religión y actuar en seguimiento de sus preceptos.
  • Demandar sin contemplaciones que los Estados islámicos de orientación chiita o aquellos otros de orientación suní apoyen, financien o faciliten la acción de los grupos terroristas inspirados de sus correspondientes desviaciones teológicas.

De otra manera, solo conseguiremos lo que los terroristas islámicos pretenden: que los “infieles” se recuesten en la dulzura del sentimiento y en el sabor agridulce de la buena conciencia mientras sus hordas obscenas avanzan para destruir la Roma de nuestra civilización.

Hollande tiene razón: esto es la guerra. Urgente es comprender que se pelea sin cuartel.

Javier Rupérez | Embajador de España y miembro del Consejo Asesor de Floridablanca
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