De trabas y lastres, por Luis Quiroga Pérez

Escribo estas líneas después de que un amigo politólogo me explicase que, de acuerdo con sus análisis estadísticos, en las próximas elecciones generales la probabilidad de que el PP consiga suficientes escaños como para gobernar en solitario o con Ciudadanos es cercana a cero, y del 20% para el caso de una “gran coalición” con el PSOE.

forest-336496_1280Sin entrar en consideraciones sobre el nivel de precisión de estas predicciones, el análisis muestra la gran diferencia entre ser el partido más votado en unas elecciones y “ganar” unas elecciones. «Ganar» en política es conseguir el poder y gobernar. En la breve historia de la democracia española ambos conceptos han sido generalmente equivalentes pero los resultados de las elecciones locales y autonómicas muestran que la receta para la conquista del poder se ha complicado, pasando de un modelo cómodamente simple a una dinámica bizantina. Quien siga aferrándose a la antigua dialéctica de contentarse con ser el partido más votado está cometiendo un error fundamental.

Desde el partido, los resultados del 24 de mayo se ven con una natural preocupación. Se está produciendo un ejercicio de introspección que busca explicaciones y, lo más importante, dar con unas pautas sobre cómo reaccionar. Las teorías son multitud y abarcan desde la idoneidad de candidatos individuales a la estrategia electoral, en general factores relevantes pero de tipo táctico. En mi opinión, los orígenes a la situación actual son más profundos y anteriores. A continuación explico los tres grandes trabas a los que se enfrenta el PP para mantenerse en el poder.

La primera, llamémosla la “peronización” de parte de la sociedad española. Me refiero al empobrecimiento material de aquellos sectores de la población que han sido más castigados por la crisis: trabajadores maduros de baja cualificación y jóvenes de media y baja cualificación. Desafectados con el sistema y con mejores intenciones que formación política y económica, ellos son la audiencia perfecta para propuestas populistas. Numerosos pero sin ser mayoritarios, sus votos no producirán un gobierno al estilo de Syriza pero importarán lo suficiente como para ser tenidos, por primera vez para muchos de ellos, en cuenta. Sans culottes estructurales, un problema de difícil solución que solo se disipará en la medida en que con el paso de los años la recuperación económica incorpore poco a poco a los perdedores naturales de la globalización. Si bien el PP podría haber hecho más para evitar convertirse en el chivo expiatorio de todos los males de los descontentos el PP no es culpable de traba, que es consecuencia de la más brutal crisis que ha sufrido el país en más de medio siglo, y por tanto merece el calificativo de “obstáculo”.

Las otras trabas, sí son en cambio atribuibles al PP y podemos tacharlas de “lastres”. El primer lastre es la creciente falta de sintonía con la población y la desconexión con el zeitgeist occidental de principios del siglo XXI. Cuando en 2012 finalmente se supo la composición del gabinete de ministros mi reacción fue ambivalente. El consejo incluía por un lado mentes brillantísimas (Soraya, Wert, de Guindos, Nadal, etc.) pero por otro era evidente que el perfil dominante era de altos funcionarios del Estado, en general un grupo tan inteligente y trabajador como elitista, corporativista y arrogante. Pasamos de la política basada en el pragmatismo y la negociación a la razón inapelable del decreto perfectamente redactado. ¿Dónde estaban los autónomos, los pequeños empresarios, los médicos de provincia? ¿Quién entre el gobierno podía haber sido un referente con el que los jóvenes se pudiesen identificar? ¿O quién tenía capacidad para entender las emociones políticas que se desarrollan en Cataluña o el drama de los parados de larga duración? Preguntas retóricas porque incluso el empresariado y muchos profesionales liberales hoy se sienten maltratados por el partido que tradicionalmente les representaba.

Consejo de Ministros (Foto: La Moncloa)

Consejo de Ministros (Foto: La Moncloa)

Las dramáticas circunstancias de España en 2012 no son eximentes. Valga el ejemplo de Margaret Thatcher, quien en medio de una crisis tan profunda como la nuestra, logró conectar las inquietudes de la mayoría de la sociedad británica (con la notable excepción de los mineros) al presentarse como la hija de un tendero a quien nadie le sisa las manzanas (léase las Malvinas) ni le engañan con la vuelta (las contribuciones a la UE) y explica las cosas con brutal honestidad. Pero casi más preocupante que la desconexión en el plano personal es aquella en el de las ideas: cuando un partido novel como Ciudadanos es capaz de posicionarse ante los votantes como clara alternativa al PP con un programa que parece una transposición del ideario de un partido de centro-derecha escandinavo algo me dice que el PP está perdiendo una magnífica oportunidad.

La tercera traba, y también lastre, es la pérdida de autoridad moral consecuencia de la corrupción. Ningún partido español que haya detentado el poder en cualquier nivel es ajeno a la corrupción. No obstante, ha sido el PP —donde los escándalos han ido en proporción directa a su mayor cuota de poder y con una base electoral a la que desagrada especialmente la incoherencia entre los principios y el comportamiento de los políticos— el partido al que los suyos han impuesto el mayor castigo. Este es un mal enteramente autoinflingido y la mayor oportunidad perdida por el PP durante la legislatura. Una reacción firme a tiempo, de mano dura y tolerancia cero, hubiese tenido beneficios más allá de evitar la sangría, elevando al PP a un plano moral superior que hoy los partidos protesta reclaman para sí.

Es importante recordar que ninguna organización, y mucho menos un partido político, es perfecta, y que es posible conseguir el poder pese a imperfecciones, como demuestra el reciente éxito electoral del partido conservador británico que he podido observar muy de cerca, que consiguió la mayoría absoluta pese a enfrentarse a dos desafíos que comparte con el PP: la alienación de una parte importante de la sociedad (las clases medias-bajas que amenazadas por la globalización se han volcado con UKIP, un Podemos anglo-rústico para mayores de 50 años) y una cierta desconexión con la mayoría de la población (su gabinete parecía una reunión de antiguos alumnos de un elitista internado privado). Pero Cameron no tenía el problema de falta de autoridad moral que hace que militantes del PP de toda la vida se avergüencen de sus siglas. El Partido Popular llega a las elecciones generales con un importante obstáculo y dos enormes lastres. Tres trabas son demasiadas. Siendo más fácil resolver los problemas propios que luchar con condicionantes externos, si el PP quiere “ganar” de verdad las elecciones tendrá que desprenderse, como mínimo, de uno de los lastres.

Luis Quiroga Pérez

[directivo en un fondo de inversión y es miembro de la junta directiva del Partido Popular en el Reino Unido. Las opiniones reflejadas en este artículo son exclusivamente del autor y no constituyen una expresión del Partido Popular en el Reino Unido]


floridablanca_final_round_azul_smallFloridablanca pregunta

¿Estás de acuerdo con las trabas que enumera Luis Quiroga? ¿Crees que parte del problema del Gobierno del PP es su perfil tecnocrático?¿Crees que el PP estará en mejores condiciones para afrontar las elecciones generales si se “desprende” de los problemas propios antes de enfrentarse a los condicionantes externos?

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