Cómo acabar con la picaresca española, por Rosablanca

La picaresca es un género literario nacido en España, que explota las contradicciones de una sociedad llena de falsas apariencias. Ricos y pobres se encuentran en el submundo del pícaro, donde la supervivencia se logra gracias al trapicheo. Pero en la picaresca también sucede que a veces la realidad supera a la ficción. Durante una época de abundancia de crédito y liquidez hicimos la vista gorda a la fortuna del vecino y a las vacaciones de los primos, y nos creímos el cuento de que éramos listos y productivos. Y lo peor: a base de contarnos novelas a nosotros mismos, hemos terminado por tener una sociedad donde las corruptelas han sido toleradas, cuando no justificadas y hasta celebradas.

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© Cruks. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons

Al llegar las vacas flacas, todos hemos empezado a valorar la economía –gestión eficiente de recursos escasos- y la justicia –distribución equitativa de los recursos comunes escasos-. Y nos hemos dado cuenta de que la corrupción era injusta –alguien pierde- e ineficiente –erosiona la confianza, sustrae rentas, aleja la inversión…-. Y abundante. Lo que antes nos parecía normal o comprensible, ahora nos resulta obsceno. ¿Hipocresía? Puede ser. Pero también es verdad que –como dice Javier Gomá- una sociedad que aún es capaz de escandalizarse, es una sociedad que no ha sido totalmente desmoralizada. Hay dónde construir.

Tengo una hipótesis, que me gustaría contrastar con los contertulios del café de Floridablanca. Mi hipótesis es que detrás de la corrupción y corruptelas que seguimos desenterrando en los medios se juntan los siguientes elementos, tanto institucionales como morales, formales e informales, que se refuerzan mutuamente:

  • Una economía sumergida estimada cerca del 25 % del PIB.
  • Un régimen laboral rígido.
  • Una presión fiscal excesiva para las personas y las pequeñas empresas.
  • La multiplicación de trámites administrativos que asfixia la actividad emprendedora.
  • La falta de racionalidad en la organización territorial de la administración que multiplica instancias y complica la regulación.
  • Una función pública que -en algunos niveles y debido a su organización e incentivos- tiende a ser autorreferencial, en vez de orientarse al servicio al ciudadano.
  • Una cultura política deficiente que lleva a decir a una ministra que “el dinero público no es de nadie”.
  • Un mal sistema de financiación de las entidades locales.
  • Una controvertida y mejorable ley del suelo.
  • Unos partidos políticos jerárquicos, con un sistema electoral inflexible.
  • Una opinión pública polarizada, con medios de comunicación económicamente inviables y alta presencia del sector público.
  • Una cultura que menosprecia el esfuerzo y el mérito y alaba la trampa y la astucia.
  • Una sensibilidad moral que admite el argumento de que “todo el mundo lo hace” como justificación, sobre todo si puede decirse “y tú más”.

No quiero exagerar: comparados con otros países del sur de Europa, en España hay un sentido de la limpieza, de la profesionalidad, de la formalidad, del respeto a lo público y a las leyes, que está por encima de lo normal. Y corrupción hay en todos sitios. En Wall Street van de que les mola el compliance, pero mira las que han liado.

El comportamiento de Monedero al no declarar a Hacienda lo que cobraba de sus consultas en Venezuela sugiere que los problemas de la picaresca afectan a todos (tarjetas black, sobres, cuentas en Suiza, evasión fiscal): ricos y pobres, políticos y celebrities, casta política y casta universitaria.

Lo más fácil de cambiar –y ya es difícil- son los aspectos legales y regulatorios. Lo más difícil es el carácter de las personas, que es lo que hace posibles los comportamientos ejemplares y el entorno cultural que los fomenta y premia. Sin embargo, si no se logra esto último, no habremos superado el problema, porque “hecha la ley, hecha la trampa”. Sin ejemplaridad, no hay regulación que valga para combatir la corrupción. Más aún: un exceso de regulación puede favorecerla.

Rosablanca
[Pseudónimo]

 


 

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¿Es posible cambiar la mentalidad y la moral de los españoles? ¿Es cierto que no estamos tan mal como nuestros vecinos del sur o más bien deberíamos fijarnos en los del norte? ¿La solución debe partir de los ciudadanos o del sector público?


 

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