El centro-derecha francés: un proceso ejemplar, por Eugenio Nasarre

Foto: Les Republicains

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Confieso que he sentido una sana envidia por el proceso de elección del candidato del centro-derecha francés a las próximas elecciones del Presidente de la República francesa. Ha habido participación, ha habido debate, ha habido fair play. Tres candidatos de gran peso político y con perfiles propios concurrían a estos singulares comicios. Es cierto que no todo es perfecto. El censo electoral se me antoja algo chapucero y probablemente tendría que ser perfeccionado con criterios algo más rigurosos.

Pero el centro-derecha francés se dio cuenta de que las democracias europeas no pueden vivir ya de métodos anquilosados, que están alejando a los ciudadanos de la vida democrática. Y dio un paso exigido por los nuevos tiempos. Esta suerte de primarias contiene muchas ventajas. Pero, acaso, la más importante de todas es que propician un debate de ideas. Cada candidato debe retratarse y ofrecer un programa en el que se definen sus prioridades y su concepción de la política, de la sociedad, de la misión del Estado y de las reformas que en la Europa de hoy hay que emprender. El debate aleja de la concepción de la política como mera gestión del poder y es un antídoto de las tentaciones tecnocráticas. Además, tiene una ventaja adicional, que no se ha puesto suficientemente de relieve. Aunque pueda parecer una paradoja, es la mejor forma de combatir la “política espectáculo”, dominada por la tiranía de los medios. Porque en este tipo de primarias se genera una relación directa entre el candidato y su base electoral, en la que los “intermediarios” pierden peso.

Claro está, el fair play es esencial. Requiere, sobre todo, dos ingredientes. El primero es la “igualdad de armas” entre los candidatos. Cada uno de ellos debe poderse dirigir a sus votantes sin cortapisas, sin limitaciones. Los aparatos del partido deben enmudecer, porque su misión ha de consistir en facilitar las mejores condiciones para el debate. El segundo, es un tiempo suficiente de campaña para que cada candidato pueda ponerse en contacto directo con la base electoral, en este caso del centro-derecha. Lejos de que una competición y un debate con fair play provoquen división y cizaña, lo que hace es fortalecer a la formación política en su conjunto.

Imagen: TF1

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¿Por qué nos da tanto miedo en nuestros lares dar el paso que han dado nuestros amigos franceses? ¿No tiene el centro-derecha español una base social que tiene ganas de participar, de contribuir a un debate en torno a las grandes cuestiones en las que se ventila nuestro futuro? ¿No están sobre el tapete asuntos cruciales que afectan a la misión del Estado, las relaciones entre los poderes públicos y la sociedad, la ampliación de nuestras libertades, la cohesión y vertebración social, los valores básicos de nuestra convivencia, el proyecto de integración europea, sobre los que hay que pronunciarse y marcar el rumbo?

El Partido Popular ha iniciado el proceso que conducirá a la celebración del próximo Congreso a finales de febrero. ¿Estamos seguros que con las actuales normas de funcionamiento se propicia la participación y el debate? ¿Sabemos quiénes tienen derecho a votar a los aproximadamente dos mil quinientos compromisarios del Congreso? Confieso que, aunque he intentado averiguarlo, lo desconozco. Y mucho me temo –me gustaría ardientemente equivocarme- que tan sólo un porcentaje exiguo de los 865.000 afiliados con los que cuenta, según las cifras aparentemente oficiales, participará en la elección de los compromisarios. ¿Nos podemos sentir satisfechos con que esto ocurra? ¿Es así como se puede impulsar y fortalecer el proyecto de centro-derecha que necesita la democracia española ante los enormes desafíos que tiene ante sí?

Tras la Segunda Guerra Mundial los partidos del centro-derecha europeo, hoy agrupados en la “familia” de los partidos populares, fueron determinantes para la reconstrucción de las democracias liberales en aquella parte de Europa que no cayó bajo el telón de acero, para iniciar el camino de bienestar y prosperidad y poner en marcha el proceso de integración. Las democracias europeas de hoy se enfrentan a retos en cierto modo similares a los de aquella postguerra. Esta es la gran responsabilidad ahora de las fuerzas del centro-derecha. Y para poder asumir esa tarea es imprescindible la renovación –en procedimientos e ideas- que nuestros tiempos exigen. En Francia se ha hecho y se ha elegido a un excelente candidato, a mi juicio. ¿Podemos nosotros dar la espalda a la renovación y practicar la política del avestruz?

¿No deberían meditar estas cosas los dirigentes, cuadros y afiliados del Partido Popular?

Eugenio Nasarre

Del Consejo Asesor de Floridablanca

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