El centro como actitud, por José Ruiz Vicioso

Entre las ideas que la autodenominada nueva política ha repetido machaconamente en su discurso para lograr el acceso a las instituciones destacan dos que, pese a ser fácilmente desmontables, han  tenido cierto calado en la opinión pública –sea entre los electores que en los medios de opinión-. La primera afirma que las tradicionales categorías de izquierda y derecha, propias de la vieja política, han quedado superadas; la segunda, consecuencia directa de la anterior, reclama un supuesto –y aséptico- centro político como el único espacio posible desde el que presentar una oferta política legítima.

Imagen: MurciaVisual

En su libro Derecha e Izquierda, del que dimos cuenta en esta web hace unos meses, el profesor italiano Norberto Bobbio reclamaba la vigencia de la izquierda y la derecha como las dos categorías sobre las que se sigue articulando la competición partidista de las sociedades actuales. Sin ser categorías absolutas –a veces los contornos son difusos-, sí que señaló un criterio último que las distinguía, y éste era el énfasis que cada una ponía en el ideal de igualdad. De esta forma, la dicotomía izquierda-derecha no solo tenía un contenido ideológico real sino que seguía siendo útil como criterio de clasificación: partidos, políticas y políticos pueden denominarse aún hoy como de izquierdas o de derechas. Ciertamente, como dijimos, la división izquierda-derecha no solo es relevante en cuanto a que cada una destaca la relevancia de unos valores –la igualdad la izquierda y la libertad la derecha- sino que va mucho más allá y en última instancia refleja una diferente concepción de la naturaleza humana, que en el caso de la derecha bebe de Hobbes y de la noción de imperfección humana y en el caso de la izquierda de Rousseau y de su idea utópica del hombre como ser intrínsecamente bueno y absolutamente racional.

Aunque en la era de los partidos atrapalotodo y de la profesionalización del marketing político sea más complicado encajar los casos reales en tipologías ideales, todo partido político puede identificarse dentro de esta distinción derecha-izquierda. Esto es así porque todo partido tiene ideología –expresa o no- que se sustenta sobre unos valores determinados que reflejan una concepción del hombre y de las posibilidades de la política. El centro como espacio político autónomo no existe, sino que será siempre uno de los flancos de los dos espacios antitéticos. No hay valores propios de un espacio político de centro (si acaso habrá ideas que puedan asumir tanto la derecha como la izquierda, ejemplo: regeneración) ni concepciones neutrales de la naturaleza humana. Los partidos que han querido situarse en ese espacio se inclinan irremediablemente hacia un lado o hacia el otro del espectro político. No hay más que analizar cuál es el orden de prioridades de cada formación para concluir dónde se sitúa realmente.

Congreso de los diputados en el siglo XIX, Eugenio Lucas Velázquez

Congreso de los diputados en el siglo XIX, Eugenio Lucas Velázquez

El recurso al centro no deja de ser una estrategia electoral de aquellos que quieren ganar la confianza de ese grueso de votantes moderados cuyo comportamiento electoral no viene determinado por el dogma ideológico sino por las circunstancias coyunturales y la gestión del gobierno saliente. Una estrategia que, como hemos visto, puede ir acompañada de elaboraciones teóricas que pretendan sustituir este eje de competición derecha-izquierda por alguna alternativa (ejemplo: arriba-abajo), con evidente intención de recoger votos por ambos lados; eliminada la distinción derecha-izquierda se aspiraría a representar al conjunto del pueblo, cosa imposible -¿cómo pueden pretender no ser calificados como “de izquierdas” quienes tienen su modelo ideológico en el populismo bolivariano, se financian con dinero iraní y funcionan internamente con disciplina leninista?-. Por otro lado, el centrismo como discurso vacío de contenidos conflictivos, también resultante del tacticismo electoral, puede tener éxito en algún momento puntual, pero siempre tendrá un carácter efímero (ejemplo, UCD) y no dejará de acercarse bien a la derecha, bien a la izquierda, según acabamos de apuntar.

Las categorías de izquierda-derecha mantienen su validez como conceptos políticos -tienen contenido– y siguen siendo el instrumento fundamental que informa nuestro conocimiento y nuestro comportamiento políticos. Como bien sabía Burke, el hombre necesita referencias, costumbres e ideas preconcebidas –él los llamo prejuicios– que orienten su acción y le permitan responder a las distintas situaciones que plantea la vida. La derecha y la izquierda son las dos referencias que organizan nuestro conocimiento político y que nos permiten elegir entre las distintas opciones que se nos ofrecen.

Así, el centro no es un espacio político, sino una actitud de moderación. Denominarse centrista implica un entendimiento de la política como arte de lo posible, un rechazo del radicalismo y un respeto hacia el contrario.  El centro hace referencia a una voluntad de consenso, supone una actitud flexible, pero no olvidemos que esa flexibilidad lo será respecto a unos principios propios de la izquierda o de la derecha. El centro como actitud de moderación aparece de esta forma como saludable aspiración en todo sistema pluralista, como actitud recomendable para todos aquellos que aspiren a formar parte de un gobierno.

José Ruiz Viciosoco-editor de Floridablanca
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