Lo nuevo no es bueno por ser nuevo; lo viejo no es malo por ser viejo, por Vauvernagues

Foto: La Sexta

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Un rasgo común en los comentarios a los resultados electorales es la valoración positiva de lo que se considera un escenario más plural. Sin embargo, muy probablemente esa pluralidad haga que nuestra vida política, por un lado, sea más irracional y solipsista, y, por otro, esté más necesitada de la peor versión de las artes políticas del regateo, una práctica propia de la vieja política –de la única que existe. De hecho, los sistemas políticos que favorecen una gran fragmentación del voto tienden a inhibir en la práctica las consecuencias de la misma con, por ejemplo, una segunda vuelta.

Evidentemente, un sistema a escala 1/1 en el que cada individuo se viese representado ideológicamente a la perfección sería impracticable: los partidos recogen nuestras preferencias, las seleccionan y agregan para hacer con ellas un paquete unificado. De alguna forma, ellos ya han negociado por nosotros, y si descomponemos esa negociación para devolver la práctica política a unidades más simples nos encontraremos con que la actividad de las elites es extremadamente compleja, llena de callejones sin salida y, por tanto, estéril. La legitimidad de la democracia no descansa únicamente en la representación de las preferencias, sino en la dinámica competitiva de gobierno y control de gobierno ejercida por al menos dos organizaciones distintas – la mayoría de las veces, por no más de dos.

Parece además estos días que el voto que cambia de dirección tiene más legitimidad que el voto que permanece, de tal forma que la nueva política es más representativa que la vieja. Se trata de un efecto óptico que le supone una inercia a la velocidad del cambio: el votante que permanece es simplemente un votante que todavía no ha sido convertido a la buena nueva. Además, a lo nuevo le vienen asociadas unas virtudes demasiado obvias en política: no se ha manchado las manos. El problema es que las manos sucias tienen una contrapartida muy importante que cada vez valoramos menos: la experiencia, un ingrediente fundamental en política que el discurso ideológico y moralista ha devaluado completamente.

Vauvernagues
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