Brexit: el desgarro del referéndum, por José Ruiz Vicioso

El día 23 de junio los británicos están llamados a decidir en referéndum la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. En este artículo no pretendo analizar las razones a favor o en contra de esa permanencia -los diferentes actores políticos llevan meses enfrascados en ello-, tampoco las dramáticas consecuencias que una eventual salida tendría para el proyecto europeo; mi objetivo es demostrar la inconveniencia del recurso al referéndum como instrumento para solucionar divisiones sociales como la cuestión europea entre los británicos.

El referéndum, como fórmula de traslado de una decisión pública de los representantes políticos a los ciudadanos, tiene el peligro de provocar un desgarro social que no desaparece una vez se ha votado, sino que se instala en la sociedad por la frustración que se genera en el bando perdedor. Esto sucede sobre todo cuando la propia cuestión es tan divisiva que parte a la sociedad por la mitad, resolviéndose por una pequeña diferencia de votos. Así como el referéndum sobre el sistema electoral de 2011 fue casi un trámite que Cameron tuvo que pasar como parte del acuerdo de gobierno con los lib-dems, sin que este provocara una excesiva polémica (el resultado fue de 67,9% frente al 32,1% y la participación de solo el 42,2%) el referéndum sobre la independencia de Escocia de 2014 demuestra el caso contrario: Tras ver peligrar la integridad de Gran Bretaña durante las últimas semanas de campaña, la opción unionista ganó a la desesperada (55,3% frente al 44,7%, participación del 84,59%), aunque las promesas de mayor autonomía generaron un estado de opinión tal que el Partido Nacionalista Escocés se ha convertido desde entonces en la fuerza hegemónica de Escocia -antes lo eran los laboristas- tanto en elecciones regionales como generales. El asunto del Brexit, como estamos viendo y como muestran todas las encuestas, está provocando un desgarro social sin precedentes cuyas heridas será difícil cerrar: en el plano político, no solo entre partidos distintos sino internamente en los propios partidos (laborista y conservador); en el plano social, ha puesto de manifiesto la fractura generacional que existe entre mayores y jóvenes, o la diferente visión de áreas rurales y medios urbanos. Así como el referéndum escocés solo sirvió para estimular el nacionalismo y debilitar la unión, el Brexit está laminando de forma significativa la cohesión de la sociedad británica.

Cierto es que la promesa del referéndum se produjo en unas circunstancias políticas muy distintas a las actuales. La propia presión interna del partido parlamentario conservador, mayoritariamente euroescéptico, y el auge de UKIP en 2012-2013 forzaron a un Cameron poco confiado en revalidar su mandato a comprometer el plebiscito si ganaba las elecciones (Discurso de Bloomberg, 2013).

En todo caso, no tiene explicación que en el país de la soberanía parlamentaria un primer ministro conservador haya recurrido con tanta frecuencia a una fórmula de participación directa ajena a su tradición política. En las democracias representativas, son los representantes de los ciudadanos quienes tienen la responsabilidad de tomar las decisiones políticas. Estas decisiones -sean gubernamentales o actos legislativos- son el resultado de un procedimiento que garantiza la racionalidad del debate y la consideración del interés general. En cambio, los referendos se prestan al apasionamiento y a la decisión apresurada. Reducen todas las consideraciones a una opción binaria que polariza al electorado en dos bandos completamente enfrentados. No hay términos medios ni terceras vías. No hay marco institucional que garantice nada. El debate se traslada a las plataformas mediáticas, que alimentan los argumentos espectaculares de los liderazgos populistas. No hay checks and balances, solo un objetivo que posiblemente consiga aquel que cuente con mayor financiación y presencia pública. Por eso decía Margaret Thatcher que los referendos son “instrumento de dictadores y demagogos.”

Ante cuestiones de calado, un gobierno no debe renunciar a esa responsabilidad de decidir, para la que ha sido elegido, sometiendo a la sociedad a un desgarro innecesario que va a profundizar las fracturas sociales. No es recomendable que la sociedad se divida en dos bandos, ni que se ventilen en los platós de televisión decisiones que por su propia naturaleza exigen reflexión y visión de Estado. A este respecto, reconocía el expresidente Felipe González el “trauma” que supuso someter a la sociedad española a la decisión sobre nuestra pertenencia a la OTAN, algo que, por cierto, era a todas luces crucial para nuestro interés nacional (Victoria Prego, Presidentes, Plaza&Janés, 2000, p. 251).

En un momento de auge del populismo, conviene más resaltar las garantías propias de la democracia representativa que caer en tentaciones participativas, cuyas consecuencias pueden perjudicar la cohesión social, como demuestran las experiencias referidas. Los representantes políticos han de estar en continua comunicación con los representados, conocer el pulso de la sociedad y tratar de dar sentido a la diversidad de sus intereses, pero cuidado con violentar esa representatividad eludiendo la responsabilidad de tomar determinadas decisiones que pueden comprometer decisivamente el futuro de un país.

José Ruiz Vicioso | Co-editor de Floridablanca
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías