Berlin y Verdi. La nostalgia del erizo, por José María Marco

Isaiah Berlin en el programa Desert Island Discs de la BBC

Isaiah Berlin en el programa Desert Island Discs de la BBC

En su famoso artículo sobre la “ingenuidad” (“naiveté”) de Verdi, Berlin describe con precisión lo que le gustaba del músico italiano: la nobleza, la integridad, la generosidad, la dignidad, el humanismo, la universalidad. La seriedad, también, que opuso, habiendo retomado una distinción de Schiller, a la “sentimentalidad” (“sentimentalisch”) de otros artistas, que parecen incapaces de dejarse absorber por la propia obra y hurgan en la herida diabólica de la herida, la contemplación distanciada de aquello mismo que describen y aspiran a encarnar.

A Berlin le divertía hacer listas de nombres según las clasificaciones que iba pergeñando, y este caso no iba a ser diferente. Compañeros de Verdi son Shakespeare, Cervantes, Esquilo, Ossian (este último nombre resulta el más sorprendente de una selección sorprendente de por sí), mientras que en el lado del sentimentalismo caen Virgilio, Rousseau, Byron, Dostoievski, Wagner (el más obvio de todos) y –nueva sorpresa- Marx.

Berlin adoraba la música (en sus últimos años, su secretaria le escuchó una vez una solitaria declaración de amor: “Me gusta tanto la música…”) y, como es bien sabido, fue un gran aficionado a la ópera. Participó en la Junta Directiva de la Royal Opera House en Londres y viajaba regularmente a Italia y a Salzburgo para asistir a funciones de sus compositores más queridos: Verdi, claro está, pero también Rossini, Donizetti y Mozart, del que insiste en elogiar el sexteto final del Don Giovanni, cuando los personajes celebran la vuelta a la vida sencilla y previsible después de que el infierno se haya tragado a Don Juan y con él el desorden sentimental, a lo Schiller, que tantos sufrimientos les había causado.

Verdi, desde esta perspectiva, es el último “ingenuo” de una serie de compositores que llega a Bach y sigue con Haendel y Haydn, el más próximo, sin duda a Verdi, más humorístico también que él, aunque el humor de Haydn siempre tiene algo de sencillez campesina, como el carácter o mejor dicho como el personaje que Verdi tanto se esforzó en crear.

Efectivamente, no hay ironía en Verdi, ni hay distancia entre la obra y el personaje. El proceso creador apura en su totalidad el contenido y el objetivo, que es crear música dramática, no música pura. Y el artificio teatral está naturalmente puesto al servicio de emociones universales, aquellas que nos reconcilian con nuestra condición humana, compartidas por todos sin distinción de clase o cultura. La seriedad absoluta de Verdi nos reafirma en nuestra pertenencia a la humanidad. Así es como el “Va, pensiero”, el coro de Nabucco, pudo convertirse en un himno patriótico italiano –y el propio Verdi en el vivo ejemplo del patriota italiano-, al tiempo que otorgaba a aquel patriotismo su auténtico sentido, que es la tensión infinita hacia la universalidad, exactamente lo opuesto al nacionalismo.

Giuseppe Verdi por Giovanni Boldini (1886)

Al mismo tiempo, en Verdi, tan característico del siglo XIX, hay también un gusto específico por lo popular, manifestado en lo que los críticos del compositor desdeñaron mucho tiempo como vulgaridad –las famosas marchas que salpican buena parte de su obra- y que los grandes aficionados a Verdi adoran hasta las lágrimas.

En este punto Verdi, es decir el significado de su arte, evoca un mundo integrado, donde la igualdad y la fraternidad son posibles y en el que el ser humano íntegro, sin sofisticar ni corromper, encarna la vida natural del pueblo, como Verdi, en la apoteosis de su prestigio, llegó a representar la figura de un soberano campesino. Berlin mismo insiste en que Verdi es el último de su estirpe: nadie, nunca ha vuelto a demostrar esa serenidad, ese aplomo absoluto. Desde nuestra desdichada edad de hierro, tan esforzadamente irónica, Verdi nos lleva a revivir por un momento la sencillez propia de la de oro.

El núcleo del arte de Verdi evoca, como ya se habrá comprendido, el interés de Berlin por el populismo, sobre el que volvió en tantas ocasiones. En cambio, no resulta fácil de reconciliar con uno de los ejes de su trayectoria intelectual, como es la reivindicación del pluralismo: el zorro opuesto al erizo en la famosa sugerencia de Arquíloco recogida en el ensayo de Berlin sobre Tolstoi. No es que Verdi tenga mucho de erizo: su arte es demasiado flexible, fluido y cambiante –demasiado humano- como para eso. Ahora bien, la evidente evocación de una unidad inmediata, más allá de cualquier distinción, tampoco evoca el temperamento propio del zorro, demasiado móvil, demasiado caprichoso y astuto –irónico, en consecuencia, y por consiguiente algo “sentimentalische”.

Parece que Berlin se inclinaba por los zorros, y una buena parte de la literatura sobre él glosa esta preferencia por esos valores irreconciliables que estarían en la base misma de su liberalismo. El caso es que también le resultaba atractivo alguna especie de erizo, en particular los erizos un poco populistas y, sin duda alguna, aquellos dotados de genio musical.

 

Enlaces:

Isaiah Berlin. “The ‘Naiveté’ of Verdi”, 1979. https://newrepublic.com/article/91320/opera-verdi-isaiah-berlin

Isaiah Berlin. “To Define Populism”, en The Isaiah Berlin Virtual Library: http://berlin.wolf.ox.ac.uk/lists/bibliography/bib111bLSE.pdf

Isaiah Berlin. Las raíces del romanticismo, Madrid, Taurus, 2000

Juan Antonio González Fuentes. “De las clasificaciones de Isaiah Berlin. O a propósito de Verdi”. En José María Lassalle (coord.), Isaiah Berlin: Una reflexión liberal sobre el “otro”. Madrid, FAES, Papeles de la Fundación, 2002

Michael Ignatieff. Isaiah Berlin. Su vida. Madrid, Taurus, 1999

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