Benjamin Constant y el coto al poder

Benjamin Constant

Consecuencias del Sistema Rousseau

Cuando plantean ustedes como principio que los derechos de la sociedad se convierten siempre en definitiva en los derechos del gobierno, ven en seguida hasta qué punto es necesario que la autoridad política sea limitada. Si no lo es, la existencia individual resulta por un lado sometida sin reserva a la voluntad general; la voluntad general resulta por el otro representada sin apelaciones por la voluntad de los gobernantes. Esos representantes de la voluntad general tienen poderes tanto más temibles cuanto que no se dicen sino dóciles instrumentos de esa voluntad supuesta y que tienen entre manos los medios de fuerza o de seducción necesarios para garantizar su manifestación en el sentido que les conviene. Lo que ningún tirano se atrevería a hacer en su propio nombre, éstos lo legitiman por la extensión sin límites de la autoridad política. El aumento de atribuciones que necesitan se lo piden al propietario de la autoridad política, al pueblo, cuya omnipotencia sólo está presente para justificar sus usurpaciones. Las leyes más injustas, las instituciones más opresivas son obligatorias, como la expresión de la voluntad general. Porque los individuos, dice Rousseau, enajenados en su totalidad en provecho del cuerpo social, no pueden tener otra voluntad sino esa voluntad general. Al obedecer a dicha voluntad no obedecen más que a ellos mismos y son tanto más libres cuanto más implícitamente obedecen.

De tal manera vemos aparecer en todas las épocas de la historia las consecuencias de dicho sistema. Pero se han desarrollado en su espantosa amplitud sobre todo en medio de nuestra Revolución. Han causado heridas acaso incurables a principios sagrados. Cuanto más popular era el Gobierno que se quería dar a Francia, más profundas fueron esas heridas. Cuando no se reconocen límites a la autoridad política, los líderes del pueblo, en un gobierno popular, no son defensores de la libertad sino candidatos de la tiranía, aspirando no a quebrar, sino a conquistar el poder ilimitado que pesa sobre los ciudadanos. Bajo una constitución representativa, una nación no es libre sino cuando sus representantes tienen un freno. Fácil sería demostrar, mediante innumerables citas, que los sofismas más groseros de los más fogosos apóstoles del Terror, en las circunstancias más indignantes, no eran otra cosa que consecuencias perfectamente justas de los principios de Rousseau. El pueblo que todo lo puede también es peligroso, más peligroso que un tirano. El número reducido de gobernantes no constituye la tiranía; un número mayor de ellos no garantiza la libertad. Sólo el grado de poder político, en cualesquiera manos que se lo deposite, constituye una constitución libre o un gobierno opresivo; y cuando la tiranía está constituida, es tanto más espantosa cuanto más numerosos son los tiranos.

Sin duda, la exagerada extensión de la autoridad social no siempre tiene resultados igualmente funestos. La naturaleza de las cosas, la disposición de las mentalidades en ocasiones disminuyen sus excesos; no obstante lo cual este sistema trae siempre aparejado grandes inconvenientes. Esta doctrina crea y arroja al azar en la sociedad humana un grado de poder demasiado grande por sí mismo y que es un mal no importa en qué manos lo ponga. Confíenselo a uno sólo, a varios, a todos, siempre será un mal. Culparán a los depositarios de dicho poder y, según las circunstancias, acusarán alternativamente a la monarquía, la aristocracia, la democracia, los gobiernos mixtos, el sistema representativo. Y se equivocarán. Es el grado de fuerza y no los depositarios de esta fuerza a quienes hay que acusar. Es contra el arma y no contra el brazo con quien hay que obrar con rigor. Hay mazos demasiados pesados para las manos de los hombres.

Observen los infructuosos esfuerzos de los diferentes pueblos para remediar los males del poder ilimitado de que la sociedad les parece investida. No saben a quién confiarlo. Los cartagineses crearon sucesivamente los sufetes para poner límites a la aristocracia del Senado, el Tribunal de los Cien para reprimir a los sufetes, el Tribunal de los Cinco para contener a los Cien. Según Condillac, querían imponer un freno a una autoridad, y establecían una contra la cual también se necesitaba una limitación, dejando así siempre subsistir el abuso que creían remediar.

El error de Rousseau y de los escritores más amigos de la libertad, cuando conceden a la sociedad un poder sin límites, viene de la manera en que se formaron sus ideas en política. Ellos vieron en la historia una pequeña cantidad de hombres, o incluso uno sólo, en posesión de un poder inmenso que hacía mucho daño. Pero su ira se dirigió contra los poseedores del poder y no contra el poder mismo. En vez de destruirlo no pensaron sino en desplazarlo. Era un flagelo; lo consideraron como una conquista, y lo extendieron a toda la sociedad. Por fuerza paso de ella a la mayoría, de la mayoría a las manos de algunos hombres; hizo tanto daño como antes y los ejemplos, las objeciones, los argumentos y los hechos se multiplicaron contra todas las instituciones políticas.

*Benjamin Constant, Principios de política aplicables a todos los gobiernos, Libro I, Capítulo 6 (Constant de Rebecque, Hoffman and Goldstein, 2010)

Más sobre Benjamin Constant
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías