Azorín. La España ideal, por José María Marco

septiembre 21, 2017
Caricatura de Tovar publicada en El Liberal el 11 de noviembre de 1908, en la que aparecen Azorín y Maura

Caricatura de Tovar publicada en El Liberal el 11 de noviembre de 1908, en la que aparecen Azorín y Maura

En la literatura de Azorín, la dimensión fundamental es el tiempo. Azorín estuvo siempre preocupado por salvar la continuidad temporal, porque no hubiera rupturas ni desgarrones, por evitar que el recuerdo de las cosas se perdiera y que las cosas dejaran de estar vivas. Cada gesto, cada objeto, sobre todo los más sencillos, aquellos que no exhiben su historia ni su significado, aquellos que aparentemente no dicen nada, es depositario de una realidad hecha de tiempo que es lo que le da su sentido propio y lo que llena el mundo de variedad, amenidad e interés. A rescatarla es a lo que Azorín escritor se dedicó.

La obra ensayística de tema político, que refleja sus posiciones tal como se fueron sucediendo a lo largo de su vida, se rige por un criterio parecido. A partir de su crucial adscripción al conservadurismo de Maura –un conservadurismo democrático y ciudadano, se recordará-, Azorín deja atrás las veleidades de su juventud y se centra en aquilatar la capacidad de las diversas opciones presentes para salvar la continuidad, que es la mayor empresa civilizadora del ser humano y la base de cualquier acción política digna de este nombre.

Eso explica la flexibilidad del escritor, que es capaz de variar de simpatías a medida que cambian las circunstancias, pero también el rigor de fondo, muy distinto de lo que ocurre en casi todos sus compañeros de generación, salvo en Baroja. Azorín cambia porque no ve más remedio que hacerlo si es que se quiere preservar algo de lo que constituye el significado y la riqueza del mundo. Como el propio escritor se aplica a esa tarea en su obra –el sujeto político no se distingue aquí del motivo literario-, lo que se nos aparece al leerlo es la España que, en cada momento de ruptura, corre el riesgo de quedar abandonada y que él mismo recupera mediante la escritura.

La célebre desmaterialización a la que la mirada y el estilo de Azorín someten a la realidad consiste en hacernos ver lo que en ella sigue vivo, aunque dependa de nosotros para no desvanecerse: hacernos sensibles a su densidad y llevarnos a intuir al menos algo de su significado. Al leer a Azorín asistimos a la revelación única de una España ideal. No porque sea utópica y voluntarista. Al contrario, Azorín coloca ante nuestra imaginación la máxima cantidad de España que nos es dado conocer y nos sugiere la España que podría haber sido de no haberse dedicado los españoles a destrozar una y otra vez, desde lo que llamamos el 98, su propia continuidad.

José María MarcoApp-Twitter-icon

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