Así no se puede seguir

abril 25, 2017

EFE

Si la semana pasada editorializábamos sobre el “tramabús” de Podemos y su torcido sentido de la justicia y los derechos fundamentales, hoy es necesario, tristemente, abordar una de las principales causas de las que se nutre el populismo: la corrupción.

El populismo no es un fenómeno que surja por generación espontánea. Nace como consecuencia de la desconfianza que provocan determinados comportamientos de quienes tienen responsabilidades públicas, hasta alcanzar el descrédito de nuestro modelo institucional. Es una reacción negativa, y peligrosa, ante la desesperación sembrada por quienes olvidan su deber y piden a los españoles “normalidad” y ofrecen palabras vacías para lo que es anormal y exige responsabilidades políticas.

Los últimos casos de corrupción que han salido a la luz y la citación como testigo del “caso Gürtel” del presidente del Gobierno y presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, traen consigo la sombra de los últimos años del felipismo, que pusieron fin a los gobiernos socialistas -había una alternativa- y acabaron con la declaración como testigo de un expresidente del Gobierno de España. Ahora será la primera vez que un presidente del Gobierno de España en ejercicio declare como testigo. Tiene razón Mariano Rajoy al hablar de “normalidad democrática” a la hora de valorar su testificación, pero es una anormalidad política que no exime de responsabilidad.

España, como en el ocaso del felipismo, es un país sumido en la rutina de los casos de corrupción y en el oneroso tedio que provocan sus dirigentes con respuestas frustrantes que sonrojan y constituyen un insulto a la inteligencia de los españoles. Porque España no es un país cualquiera, ni los españoles merecen unos representantes políticos de este nivel.

Hay que respetar la presunción de inocencia, pero ello no es óbice para exigir responsabilidades políticas –independientemente de las penales, que para eso ya están los jueces y para algo han de estar los políticos- por este esperpento que apunta a una corrupción sistémica y que desmoraliza a la mejor España.

Una responsabilidad que se extiende a quienes han guardado silencio o han hecho de “mirar hacia otro lado” una estrategia pragmática desde el prisma de los palmeros y nefasta para el futuro de la Nación. La política se ha convertido hoy en un estercolero sin igual, gracias a los intereses creados de unos pocos egos.

Los casos de corrupción conocidos -hoy sabemos que quien no lo intuía, lo presentía- no hubieran sido posibles sin el silencio cómplice que impone el miedo al mando de quienes hacen las listas electorales, cuando se prefiere menospreciar a los electores que contrariar a la jerarquía. Urge poner fin a la ley del silencio en aras de la libertad y la responsabilidad.

En este sentido, sorprende la candidez de quienes fían la resolución de un problema de este calibre al mero cambio de unas caras por otras, eludiendo las reformas de fondo que se requieren para corregir realmente los fallos del sistema.

Es necesaria una reforma electoral que acerque a los representantes a los ciudadanos de modo que su “supervivencia” dependa directamente del elector y no de rendir pleitesía a los dirigentes del partido correspondiente y que, a la vez, ponga a prueba la responsabilidad del representante electo para con sus electores.

De obviar esta reforma y de seguir por el mismo camino, a nadie debe sorprenderle el auge del populismo -cuya amenaza es usada como recurso electoral- y el desencanto de la sociedad española con la política y sus representantes.

En las últimas elecciones los españoles dieron una oportunidad al modelo nacido de la Transición, que tantos éxitos nos ha traído y que hoy está en cuestión por un populismo fruto de la indolencia de los dos grandes partidos nacionales que ignoran, o soslayan, la suerte de sus homólogos en el resto de Europa. Hoy, la supervivencia de nuestro modelo requiere del sacrificio y la asunción de responsabilidades a todos los niveles. Quien ha enfangado, por acción u omisión, la vida política no es digno de dirigir los intereses generales del país independientemente del color político.

La Nación no puede estar presa de la política del inmovilismo y de su reverso, el populismo. España necesita una alternativa política ambiciosa con una agenda reformista destinada a fortalecer y modernizar nuestro modelo institucional.

Así no se puede seguir.

Etiquetas:

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías