Argentina: elecciones 2017 y la confirmación del cambio, por Claudio Romero

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Las elecciones legislativas celebradas en octubre de 2017 consolidaron la tendencia al cambio en el rumbo político de la Argentina, iniciado dos años atrás con el triunfo de Cambiemos y el ascenso al poder del actual presidente Mauricio Macri, quien llegó para suplantar las ideologías tradicionales por una política de valores y la “reforma permanente”.

Es inevitable asociar la nueva preferencia electoral en el país con el desplazamiento del populismo reinante durante doce años, hecho que confirma la decisión del electorado de poner un límite a aquella fuerza política que aspiró a consagrar la permanencia de un régimen autoritario similar al de Venezuela e inclinado a una izquierda retrasada.

El éxito de Cambiemos, por un 40% en todo el país, ubica al partido de Macri como la primera minoría, seguido mucho más atrás por expresiones del peronismo en diversas provincias del interior y por la Unión Ciudadana encabezada por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, muy debilitada a nivel nacional. El efecto concreto de ese resultado se hará evidente a partir del momento en que juren los nuevos parlamentarios el 10 de diciembre de este año en el Congreso Nacional, con la nueva relación de fuerzas parlamentarias.

El proyecto político del presidente Macri nació poco después del comienzo del tercer milenio, a partir de una experiencia acotada al centro más urbanizado del país, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde luego de un intento fallido logró hacer pié en 2007 y quedarse con ese importante bastión, considerado en Argentina como la “vidriera política” del país. Dos gobiernos sucesivos de “Propuesta Republicana-PRO” en un distrito de 3 millones de habitantes –y otros 3.500.000 que ingresan diariamente por trabajo, negocios o trámites- le bastaron para concitar la atención de todo el territorio nacional y postularse a la presidencia.

De este complejo distrito y del seno mismo del PRO surgieron los dirigentes que hoy conducen al país: Mauricio Macri (presidente de la nación), Marcos Peña (jefe de gabinete de ministros), María Eugenia Vidal (gobernadora de la provincia de Buenos Aires), y el líder más importante que hoy ocupa la jefatura de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta. En 2017, el lema “Vamos Juntos” en la ciudad –adherente a Cambiemos-, se impuso por más del 50% de los votos.

El PRO, un partido joven y originalmente pequeño, estableció en 2015 una alianza con la histórica Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica que lidera la potente dirigente Elisa Carrió, a la sazón una de las impulsoras del nuevo armado electoral. Así nació Cambiemos, una fórmula que sin ideología definida pero con la propuesta de una nueva política y un liderazgo más ajustado al tiempo presente cosechó la voluntades necesarias para llegar al máximo poder.

La asunción de Macri hace apenas dos años y el respaldo obtenido por su gobierno en las elecciones legislativas de 2017 han significado para la sociedad argentina la posibilidad de darle un giro inesperado y esperanzador al país, atado en la historia a las versiones caprichosas de un peronismo ya distanciado de sus postulados originales. En contraposición, la era Macri instaló una cultura renovada en la forma de hacer política, en el modo de conducir a la nación hacia otros objetivos y en una flamante mirada sobre el poder acerca de qué es y para qué sirve.

El resultado electoral de las legislativas de este año, luego de un año y medio de ensayos para reposicionar la economía y la producción, de incontables protestas callejeras, movilizaciones de grupos sociales y paros sindicales, sorprendió a los analistas internos y externos, ignorantes de la transformación que la sociedad argentina estaba cultivando silenciosamente. Todos esperaban, como en anteriores elecciones, que el voto mayoritario respondiera sólo a intereses económicos o de beneficio personal. Eso no ocurrió.

La madurez de la sociedad exhibió una firmeza digna de destacarse al expresar su consentimiento sobre el rumbo elegido en diciembre de 2015, y reiterar con creces y más sufragios su deseo de no volver al pasado, de respaldar las sanciones contra los hechos de corrupción de gobiernos anteriores, y de cancelar el agobio que le generaron el exceso ideológico, el fanatismo y el autoritarismo.

Cuando los argentinos vieron esa noche del 22 de octubre pasado que el mapa de la Argentina se teñía irremediablemente de amarillo, el color del PRO y Cambiemos, verificaron que una mayoría, relativa por cierto, estaba orientada en el mismo sentido. Ese fue el momento en que el presidente Mauricio Macri asumió su poder político en un cien por ciento y lanzó una serie de reformas destinadas a actualizar y modernizar el funcionamiento del país en todos sus alcances.

Hoy conducido mayoritariamente por hombres provenientes del quehacer nacional productivo y cultural, junto a dirigentes políticos decididos a cambiar las estructuras obsoletas, el Gobierno marca una impronta distante de viejos modelos inclinados a nuclear exclusivamente políticos y abogados. El nuevo sesgo otorga una particularidad asentada en la presumible eficacia para el manejo del dinero público, y permite a la sociedad descansar de la amenaza de la corrupción por parte de funcionarios de turno.

La ausencia de una ideología reconocida y ubicable es cubierta por Cambiemos con una política de valores que aspira a recuperar el enfoque universal del buen ciudadano, del buen vecino, más emparentado con la prédica y el comportamiento cristiano aunque no se explicite.

La estrategia de Cambiemos para reducir el populismo fue sencilla y efectiva: la cercanía y el contacto personal con los electores. El voluntariado, una herramienta fuertemente utilizada, le permitió a esta fuerza política restaurar la práctica del timbreo en zonas incluso rurales para generar esa cercanía con los votantes, y también armar un inmenso aparato de fiscalización de las elecciones como no lo había hecho otro partido a la hora de confrontar al peronismo. Pero tal vez lo que inauguró con este cambio es el concepto de “la política como servicio” a la comunidad.

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La preparación de sus nuevos cuadros partidarios desde 2001 en adelante, en el seno de diversas fundaciones autosustentadas, dio sus frutos desde 2007 hasta el presente para cubrir las listas electorales y los cargos en el Estado. La formación política, si bien no es novedosa pues la centenaria UCR y el Peronismo en sus 72 años de vida siempre lo hicieron, tuvo que ser veloz en Cambiemos por la aceleración de los tiempos electorales y las oportunidades políticas prematuras.

En principio el presidente Macri, líder moderno de este nuevo milenio, imprimió otra novedad para distinguir su actuación política de la de sus antecesores: resolvió la cuestión de su heredero en la Ciudad de Buenos Aires -Horacio Rodríguez Larreta-, y lo hizo aprobando una confrontación democrática interna. La mayoría de los líderes de corte tradicional especulan siempre con la trascendencia de su figura, evitan definir al sucesor y hasta mueren sin concretar la designación.

Estos gestos marcan parte de los cambios en la cultura política e inciden en la sociedad argentina, que siguieron por décadas costumbres impuestas por el autoritarismo, el verticalismo y las designaciones arbitrarias, todas características de los liderazgos carismáticos del siglo XX.

La Argentina tiene una historia controvertida, plagada de confrontaciones desde sus principios revolucionarios e independentistas. En varios tramos de su historia ha quedado expuesta a cambios y transformaciones, positivas y negativas, con oscilaciones ideológicas de un extremo a otro.

Esta es la primera vez en Argentina que las ideologías, tal como se las conoció, son remplazadas por una política de valores: gobernar es servir a otros y a todos; la política es una construcción común; las diferencias no son un problema sino un camino de enriquecimiento mutuo; gobernar es una tarea humana; gobernar es ayudar al crecimiento de cada uno; las personas queremos y merecemos vivir realizando nuestro potencial; queremos gobiernos que ayuden a vivir; queremos un país abierto, pluralista, democrático, donde nadie concentre todo el poder; la democracia no es una abstracción, es una forma de ver la vida; etc..

Es esta la singularidad que define al gobierno de Cambiemos, que aplica un cambio de mirada sobre el poder y su ejercicio, una renovación en el tipo de liderazgo adaptado al signo del nuevo milenio, una voluntad de apreciar la participación del pueblo autoconvocado frente a cuestiones de interés común, la incorporación de las últimas herramientas tecnológicas en la comunicación, un deseo de profundizar el cambio cultural, un “hacer lo que hay que hacer” para alcanzar el bienestar de las personas sin exclusiones, con la proa puesta en lo que Macri denomina “la reforma permanente”, a través del gradualismo.

La reforma permanente y el gradualismo remplazan las viejas posturas economicistas de establecer otros modelos sobre la base de la conmoción social, derriban el prejuicio de que “todo comienza cuando llega” y acompaña la reflexión del pueblo acerca de otros caminos menos confrontativos para alcanzar el bienestar general.

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