¿Qué le diría André Glucksmann a Manuela Carmena?, por Jorge Martín Frías

(Foto: MEDEF / Flickr)

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Querida Manuela,

La semana pasada me reclamó el Altísimo. Te puedes imaginar la sorpresa que yo, un filósofo francés, se llevó al dar por resueltas todas y cada una de las dudas que persiguen a mi oficio (la inmortalidad del alma, la existencia de Dios, etc.).

Espero que no tengas a mal leer mi carta. Sé que militaste en el Partido Comunista de España, como yo lo hice en el francés. Sin embargo, una vez que profundicé en las lecturas del marxismo y observé de primera mano las atrocidades del comunismo, decidí escribir un libro con el objetivo de poner fin a la buena imagen de que disfrutaba: La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre las relaciones entre el estado, el marxismo y los campos de concentración (1977).

En éste, denunciaba las mentiras del comunismo a la vez que lo equiparaba con el fascismo. Algo que no sentó muy bien entre mis (antiguos) correligionarios, de cuyo respeto gocé hasta entonces por mi libro El discurso de la guerra (1969).

Es curioso, pero ahora que escribo estas líneas y ojeo La cocinera, me doy cuenta que en el resto de mi obra ha pervivido el deseo de rebelarme ante aquellos que tratan de evadir responsabilidades o cuyos silencios y justificaciones ante el mal les hace cómplices de su avance. Allí escribía que “los primeros marxistas no hablan en sus programas de los campos <<soviéticos>>. De la misma forma que los burgueses liberales no piensan en Hitler. Y por esta razón, nuestra hija es muda: puesto que no quisieron esto, significa que no son responsables”. Ahí ya empecé, en cierto modo, mi batalla contra el mal en forma de terror así como contra los cómplices que en vez reaccionar ante éste con firmeza y unanimidad, intentan hacer corresponsable al mismo sistema que les permite disfrutar de las libertades.

Desde entonces, intenté desvelar el absurdo (“que no quiere decir insignificante”, Dostoievski en Manhattan, 2002) que reina en el mundo, las amenazas que acechan al mundo libre (“Todos somos pasajeros de un Titanic en potencia […] los terroristas se han arrogado ante el mundo el derecho a matar a quien sea”, Occidente contra Occidente, 2004), la estupidez como motor del pensamiento postmoderno (La estupidez: ideologías del postmodernismo, 1997) y el riesgo que supone el pensamiento desordenado y comprensivo (biempensante) para hacer frente a las mismas amenazas que persiguen la destrucción de algo tan occidental como es la duda.

Ahora que he terminado la vida terrenal, y que veo con tristeza como unos días después de mi muerte mi ciudad, París, ha sido atacada por los portadores del odio, los terroristas islamistas, me siento obligado a pedirte que no caigas en la tentación de los “expertos en el mucho peor”.

A ellos me refería en mi Dostoievski en Manhattan (2002) como aquellos para los que “no ha habido crimen, las Torres Gemelas se suicidaron una hermosa mañana de septiembre, en la que como de costumbre el <<sistema>> secretaba a los que van a enterrar: Estados Unidos se lo ha buscado, Occidente lo ha querido”.

Te preguntarás por qué te escribo para hablarte de mis libros. Es sencillo. He sabido de unas declaraciones tuyas con motivo del atentado que ha asolado a mi país – y a todos, puesto que el ataque no es contra Francia, sino contra la civilización europea– y me he quedado preocupado.

En esas declaraciones decías que “siempre se debe trabajar, para la paz, y es en el diálogo y en buscar alternativas para hacer posible que haya una empatía” a la vez que afirmabas que “se necesitan gestores políticos que valoren la vida y la paz”.

No puedo estar de acuerdo contigo. En primer lugar, porque es difícil dialogar con el mismo que te quiere aniquilar. Ante esto, me pregunto: ¿Qué clase de empatía eres capaz de desarrollar para poder dialogar con un hombre bomba con Kaláshnikov al hombro? ¿Empatizas con ellos? En segundo lugar, me parece totalmente inadmisible que sitúes al Presidente de la República de Francia, de mi país, al mismo nivel moral que los asesinos del Estado Islámico.

Por eso, sólo puedo pensar dos cosas. Una, que no sabes de lo que hablas; y dos, que eres una izquierdista más que responsabilizas de los atentados a todos, salvo al que pone la bomba o aprieta el gatillo.

Me inclino a pensar que no sabes de lo que hablas. Por ello, y apelando a tu buen carácter, permíteme que te aclare algunas cosas que puedes encontrar en algunos de mis libros.

  • “El terrorista transgrede el marco del conflicto original, juega a título personal y no da cuentas de nada a nadie” (Dostoievski en Manhattan, 2002)
  • “El enfrentamiento es entre la gente que prefiere vivir de manera civilizada y los nihilistas […] No es la guerra de Oriente contra Occidente. Es la de los derechos del hombre contra el terrorismo. El enemigo de Occidente es la voluntad de destruir (Occidente contra Occidente, 2004)
  • “El odio existe, todos nos hemos encontrado con él […] La pasión por agredir y por aniquilar no se deja evacuar por las magias de la palabra” (El discurso del odio, 2005)
  • “Todos los míseros, los humillados, los ofendidos, los incultos, los débiles, los parias, los perdedores y los drogadictos del planeta no se hacen estallar en los medios de transporte colectivos con la esperanza negra de mandar ad patres al mayor número posible de inocentes atornillada al cuerpo y al alma” (El discurso del odio, 2005)
  • “El odio existe […] Es inútil, ni los biempensantes de hoy, ni la universidad, ni seguramente los que odian admitirían que la rabia de destruir por destruir reina en estado puro…hasta que se los come” (El discurso del odio, 2005)
  • “El odio se maquilla de ternura […] Quizá me equivoco, reconocerá, pero creía que estaba haciendo bien, voy de buena fe, nada malvado; el perverso eres tú, que osas suponerme tal” (El discurso del odio, 2005)
  • “El odio ama a muerte. A las mujeres, les exige desaparecer bajo un velo, entregarse a lo informe, sepultarse en el silencio, enterrarse vivas” (El discurso del odio, 2005)

He escrito unos cuantos más, pero he intentado no hacerte perder tiempo y he intentado ser selectivo. Te ruego, por favor, que no realices ningún tipo de concesión. Lo que está en juego es precisamente nuestra propia libertad de decir estupideces.

Jorge Martín Frías | Editor de Floridablanca
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