André Glucksmann sobre el discurso del odio

Una bomba humana funciona con odio. Esta enorme energía destructora arranca al postulante de las normas de la vida cotidiana para poner en marcha la dinámica de una demolición del otro llevada hasta el sacrificio de sí mismo. Nada es más corriente, nada es recibido más doctamente que llevar que clasificar semejante decisión suicida en el fichero de los alienados mentales. El retrato robot del suicida islamista refuerza este prejuicio: el hombre-bomba sería una especie de marginado. Conjugaria fanatismo ideológico y simplicidad de espíritu, pues sólo un loco, un paranoico, un esquizofrénico, un chalado, qué se yo, puede querer acabar con el mundo y consigo mismo.

En equilibrio como una tarta de crema, la conclusión se impone con toda su opaca tontería: amalgamado a la corte de dementes, el terrorista es un irresponsable; actúa menos de lo que está obligado a actuar, miserable, víctima de una <<ausencia de referencias>>. Ese lugar común <<psiquiátrico>> que gusta a los expertos de los estados del alma debe abrir las cerraduras de su locura. <<Humillación>> explican los políticos. <<Miseria y paro>>, añaden los sociólogos. <<Analfabetismo>>, estipulan los especialistas en religión, que denuncian una interpretación primaria de un Corán tomado al pie de la letra. <<Aspiraciones delirantes>> por sobredosis de fe, como si de polvo blanco se tratase. Las coartadas se enfilan como cuentas de pereza y otras tantas trampas.

¡No estoy de acuerdo! Todos los míseros, los humillados, los ofendidos, los incultos, los débiles, los parias, los perdedores y los drogadictos del planeta no se hacen estallar en los medios colectivos con la esperanza negra de mandar ad patres al mayor número posible de inocentes atornillada al cuerpo y al alma. Las explicaciones sabias o generosas, a fuerza de generalizar demasiado, convierten en un callejón sin salida la iniciativa individual, la determinación resuelta, la racionalidad de aquel o aquella que prende, con conocimiento de causa, su cinturón de explosivos.

Los diplomados en sociología, los doctos en geopolítica y los investigadores en estudios estratégicos, con la nariz apuntando únicamente a sus especialidades, leen demasiado poco. Perdonen la impertinencia; por demasiado poco entiendo muy poco de los grandes clásicos, muy poco de escritores y muy poco de historiadores. Si tuvieran más curiosidad por las retrospectivas literarias, los sabios en terrorismo sospecharían hasta qué punto un voluntario de la muerte resulta ser más complejo y más perseverante que las marionetas caricaturales de la que sacan el retrato. La bomba humana es un ser pensante, dotado de una vida interior, tan conflictiva como la de cualquiera; su movimiento destructivo y autodestructivo corresponde a decisiones y responde a una lógica que los autores clásicos, menos ingenuamente desdeñosos que los expertos modernos, intentaron con minucia y sutileza sacar a la luz. Un poco de curiosidad no hace daño a nadie, el ser destinado a la muerte no nació anoche.

André Glucksmann, El discurso del odio, 2005

 

 

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