Tributo a Aleksandr Solzhenitsyn en su centenario, por Ignacio Ibáñez

“La vida será dura”, señaló, “pero las circunstancias nunca derrotarán a la voluntad humana”. Pocas frases encapsulan mejor la vida, que hoy hubiese sido centenaria, del que fuera uno de los mayores enemigos del régimen soviético: Alekxandr Isáyevich Solzhenitsyn (1918-2008). Su coraje vital, la altura de su prosa, su defensa inquebrantable de la libertad y dignidad humanas y el hondo sentido moral de sus ideas son cualidades y desempeños que rara vez se dan en la misma persona, y que merecen un sentido tributo.

Desde joven, Solzhenitsyn combinó su deseo de convertirse en escritor con una “lucha activa contra el mal”, como él mismo reconoció. Este “enemigo del Estado”, como gustaban de tildar los comunistas rusos a cualquiera que criticara el discurso oficial, fue por primera vez condenado a trabajos forzados y destierro durante la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió durante cuatro años, por sus opiniones antiestalinistas.

Los ocho años de condena, en los que sufrió incontables torturas y penalidades en múltiples campos de trabajo forzado (Gulag), desde Lubyanka a Ekibastuz, le sirvieron para adentrarse en las profundidades de la condición humana, y componer (sin lápiz, memorizándolos) los 7000 versos de su poema autobiográfico, El camino. En la frontera con la muerte tuvo la oportunidad de descubrir el sentido de la vida.

Tras tres años más de destierro (1945-1956), fue rehabilitado. En Vladimir y Riazán alternaba las clases de matemáticas—que había estudiado en la Universidad Federal del Sur antes de la guerra—con la literatura. Un ejercicio de transposición, puesto que lo que quería contar estaba ya, en cualquier caso, escrito: durante su encierro había tejido en su mente su primera gran obra, Un día en la vida de Iván Denísovich, un terrible día en la vida de un preso del Gulag. En 1962, Nikita Jruschov cometió el error de autorizar su publicación en una de las revistas literarias más difundidas en el país, Novy Mir, para distanciarse de los crímenes estalinistas. Echó a rodar así una bola de nieve que las propias autoridades soviéticas ya nunca pudieron parar. Y es que “la verdad de una palabra—como él mismo sentenciaría—pesa más que el mundo entero”. Pero la verdad y el comunismo son enemigos irreconciliables. El KGB pronto confiscó todos sus escritos. Aunque su popularidad, acrecentada por la publicación de El primer círculo y de El pabellón del cáncer (1968), le protegía, la persecución era incesante. Al tiempo, la luz de sus golpes iba revelando lo que el régimen bolchevique pretendía esconder: que el comunismo es una ideología inhumana.

En 1970 Solzhenitsyn fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, que no recogió en Estocolmo por miedo a que las autoridades soviéticas no le permitieran regresar y así acabar la que sería su obra maestra, Archipélago Gulag, cuya primera parte fue publicada en París en 1973. Antes, el KGB había confiscado una copia del manuscrito y torturado a la asistente del autor, que apareció ahorcada. No se amedrentó y decidió publicar. La obra fue una bomba. Contaba la verdad de lo que sucedía en los campos de trabajo soviéticos…y más allá. Sus propias vivencias, las prisiones, el relato de los hechos, el testimonio de cientos de supervivientes, las torturas sistemáticas, el inhumano proceder de la policía secreta. Todo.

El 12 de febrero de 1974 fue acusado de traición, expulsado de la U.R.S.S. y exiliado a la República Federal de Alemania. Ya instalado en EE.UU., publicó en 1975 y 1978 la segunda y tercera partes del Archipiélago, mientras las traducciones se sucedían. Su estancia en Occidente no fue pacífica. Fue siempre un polemista de aguzados sentidos y no rehuyó la denuncia de la hipocresía que percibía a su alrededor. El mayor pecado de Occidente, argüía, era su colapso moral y espiritual.

Cuando la libertad derrumbó el Muro, Solzhenitsyn escribió sus ideas sobre Cómo reorganizar Rusia (1990) y volvió a su patria (1994). Siguió escribiendo en su séptima década de vida, llegando a esa cima que es la Rueda roja, y dejando la octava para los reconocimientos, el mito y la muerte, un 3 de agosto de 2008.

Ocho años antes, en una reveladora conversación, se le preguntó a Solzhenitsyn cuál era su principal mensaje para las nuevas generaciones. Les dijo que desarrollaran un muy necesario «mecanismo de cierre interior, [de] límites internos», de responsabilidad individual. También denunció los estragos causados por las utopías y advirtió contra la complacencia historicista—la opinión de que necesariamente estamos «entrando en un siglo feliz», después de las guerras y las tiranías del siglo XX—. En su centenario, leamos con atención y agradecimiento todo lo que nos quiso contar sobre la verdad, las limitaciones, el arrepentimiento, el patriotismo, la libertad y Dios.

 Ignacio IbáñezApp-Twitter-icon

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