A debate: desprecio frente a empatía, por Federico Fernández

Plató de RTVE para el debate de las Elecciones Generales 2019 (RTVE / Twitter)

Los debates han pasado a formar parte de una categoría propia en las campañas electorales. Desengañémonos, todas las fuerzas políticas los afrontan como batallas no como espacios públicos para contraponer educadamente razones y propuestas. Aunque en los debates existen importantes factores de imprevisibilidad e improvisación, aderezados por el talento dialéctico de cada candidato, la estrategia y el tacticismo imperan y pocos se atreven a salirse del guión marcado por su respectivo gurú sociológico. No son diálogos que aspiren a depurar los mejores argumentos en pos de la verdad ni estrados en los que el elector pueda juzgar quién cumplirá más justamente con la responsabilidad del mando. No; son dentelladas que aspiran a alcanzar la yugular del rival. ¿Pero es así como debería ser?

La campaña del 28-A está mostrando un preocupante resurgir de la violencia política, verbal y física. Los escraches en las universidades, el acoso y las agresiones a partidos constitucionalistas en Cataluña o el País Vasco, los insultos, la vergonzante justificación de la censura y la complicidad de la gran mayoría de los medios de comunicación, la prohibición de expresar libremente ciertas ideas por incómodas y, ante todo, el desprecio por quien piensa diferente.

Arthur Brooks, presidente del AEI, uno de los más prestigiosos centros de pensamiento de EE.UU., acaba de publicar un magnífico libro, Love your enemies, en el que precisamente señala cómo la cultura del desprecio está carcomiendo nuestras sociedades. Despreciando a quien tiene posiciones políticas diferentes no solo lo marginamos y excluimos del debate, sino que implícitamente señalamos que lo hacemos porque las opiniones de ese individuo—y del grupo al que pertenece—no tienen valor. Es decir, deshumanizamos a quien tenemos enfrente. Le arrebatamos su dignidad. De aquí a la violencia, hay solo un paso.

Además, el desprecio, el insulto y la demagogia pueden ser herramientas para movilizar a las bases de los respectivos partidos o para aumentar las audiencias o el número de lectores de aquellos que gustan de explotar el enfrentamiento, pero está empíricamente probado que no ganan votos. De hecho, lo que se consigue es que las posiciones se solidifiquen. Aumentando la pasión se cierra el espacio de la razón, haciéndonos menos proclives a ser convencidos de nada.

Esta es exactamente la trampa que deberían evitar los líderes del centro-derecha en los dos debates que nos esperan; su única oportunidad radica en atraerse al significativo número de indecisos que aún queda. Frente al desprecio, la persuasión. Frente al ascenso de nefastos políticos que entienden que su única oportunidad reside en la división y el enfrentamiento, un liderazgo que apele a lo que nos une como españoles, que escuche al adversario con respeto, sea firme en la defensa de sus principios y valores, y convenza de que sus propuestas son el mejor camino para llegar a esos objetivos que todos, a derecha e izquierda, compartimos.

Jonathan Haidt desarrolló en su libro “La mente de los justos” su teoría de los fundamentos morales, que postula que de las ideas morales que nos son innatas, hay seis que trascienden razas y culturas, y dos de esas seis que trascienden posiciones políticas: la justicia y la compasión. Sobre esas dos ideas morales, compartidas tanto por la derecha como por la izquierda, es sobre las que Casado y Rivera deberían construir en los dos debates que nos esperan su visión de lo que quieren para España. Por ejemplo, es justo y solidario el querer que se reduzca la pobreza en nuestro país, algo en lo que todos estamos de acuerdo. En lo que no coincidimos es en cómo llegar a realizar ese objetivo. Así, subrayemos desde un principio lo que nos une (justicia y compasión), a dónde queremos llegar juntos (reducción de la pobreza), y con sensatez y cortesía expliquemos por qué nuestra senda (liberal) es la más adecuada.

Necesitamos líderes empáticos, que no teman reconocer que sus adversarios también quieren lo mejor para España aunque yerren en cómo plantean conseguirlo. Esto no es un signo de debilidad. Es plenamente compatible con una posición de firmeza ante las malas ideas. La competencia en el mercado político es crucial. La diversidad en la oferta de proyectos y planteamientos y el poder explicarlos libremente en debates, medios de comunicación, redes sociales o la calle, es fundamental para depurar los argumentos y encontrar las mejores soluciones. Para rebatir con más contundencia las malas propuestas, e incluso para aceptar las buenas independientemente de que provengan de un rival. Si desde un principio despreciamos al oponente y no aceptamos que también él busca el bien común (además del propio, por supuesto), el mercado político se derrumba y solo queda la lucha por el poder.

Esta aproximación que busca lo que nos une por encima de lo que nos separa, que antepone el respeto a la displicencia, puede no ser del gusto de quienes, muy indignados, exigen no conceder ni un centímetro al adversario, pero está contrastado que es la más útil para unir a toda una sociedad alrededor de una visión y un proyecto, la más persuasiva con la mayoría de los votantes—sobre todo los indecisos—y la que más fomenta la concordia y la prosperidad. En este caso, y dado que la derecha está ya de por sí muy movilizada en esta campaña, sería fundamental para atraer una mayoría suficiente el 28-A. Además de ser lo moralmente correcto.

Federico Fernández

ANALISTA POLÍTICO

 

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