Miguel de Unamuno sobre la soberbia

El acto de más grande humildad, de verdadera humildad, es obrar. Los místicos y ascéticos cristianos han comentado mil veces el supremo acto de humildad que significa la encarnación del Hijo de Dios y su muerte por redimir a los hombres; pero no sé de ninguno de ellos que haya visto en el acto mismo de la creación, tal cual la ortodoxia lo enseña, un acto de suprema humildad. Dicen los teólogos que Dios llenaba la eternidad contemplándose a sí mismo, y de lo que de activo hay en toda contemplación, que exige, cuando menos, contemplador y cosa contemplada, e implica en el sujeto que se contempla a sí mismo cierto desdoblamiento de la personalidad, de esa actividad contemplativa sacan el misterio de la Trinidad; pero no sé que se les haya ocurrido decir que el crear el mundo, no siendo necesario, sino voluntario en Dios, implica la más grande humildad, la soberana lección de humildad, pues hace un mundo y luego hace hombres que lo juzguen y lo censuren, y expone así su obra a los juicios de sus criaturas. Y de aquí podrían deducir que nuestra existencia misma arranca de un acto de divina humildad. Todo lo cual son reflexiones que me sugiere la doctrina tradicional ortodoxa de la creación del mundo y de la esencia de Dios, sin que me meta a juzgar ahora de esta doctrina, ni a rechazarla ni a adoptarla. Mas, una vez supuesta ella, se me ocurre ver en esa actividad ad extra la divinidad de la humildad. Obrar es ser humilde, y abstenerse de obrar suele, con harta frecuencia, ser soberbia.

Observad que las pinturas más sombrías de los males de la soberbia proceden de los abstinentes, de los que se abstienen de obrar, de los más puramente contemplativos. Es que la sienten en vivo. Las más acabadas pinturas de los estragos de la soberbia vienen de los profesionales de la humildad, de los que toman la humildad por oficio, presos de la soberbia contemplativa, como las más vivas pinturas de la lujuria vienen de los que han hecho voto de castidad. Mala cosa es siempre violentar a la Naturaleza, en vez de dejarla a que se purifique en la acción. Esa contemplación abstinente forma los espíritus rumiantes.

Llamo rumiantes a los hombres que se pasan la vida rumiando la miseria humana, preocupados de no caer en tal o cual abismo. Llega a ser enfermedad terrible, y enfermedad que produce verdaderas úlceras en el estómago espiritual. Y una úlcera en el estómago es cosa grave, porque roto el epitelio, que resiste a los jugos mismos que segrega el estómago, y con los que disolvemos los manjares; roto ese epitelio protector, empieza el estómago a digerirse a sí mismo, y se destruye y se daña. Y así, esas almas de rumiantes contemplativos suelen acabar por digerirse a sí mismas, por disolverse en el jugo de sus propios escrúpulos, recelos y cavilaciones. Es lo que les pasa a muchos que huyen del mundo para encontrarse consigo mismos, sus peores enemigos. Dicen que los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne; pero hay que añadir un cuarto y peor enemigo: el alma misma. A no ser que este enemigo, al que otros llaman el satánico yo, no esté incluido en el demonio.

El satánico yo es dañino mientras lo tenemos encerrado, contemplándose a sí mismo y recreándose en esa contemplación; mas así que lo echamos afuera y lo esparcimos en la acción, hasta su soberbia puede producir frutos de bendición. La inocencia de un niño, flor de la vida, suele ser la redención de los más impuros hartazgos de la carne de sus padres; por criminal que una pasión sea -hablo aquí el lenguaje corriente-, el fruto humano de ella es bendito. Un bastardo que llegue a héroe, ¿quién duda que es más para la Humanidad que un legítimo que se quede en cobarde retiro?

Recuerdo ahora un soberbio, un hombre a quien tenían muchos por la encarnación de la soberbia. Y ese hombre, hombre animoso y fuerte, henchido de vida, se lanzó a obrar y a luchar, y caminó, de fracaso en fracaso, de tropiezo en tropiezo, entre las rechiflas de las gentes, y continuó obrando, y cuanto más se burlaban de él, más intensa era su actividad; y vinieron los días de la indiferencia y del silencio en torno de él, y continuó obrando. Y decían las gentes: «¡Pobre hombre, está loco!, los fracasos le acrecientan la soberbia; cuanto en menos le tienen los demás, en más se tiene él a sí mismo». Y murió, y luego de haber muerto, venció. Y venció porque no fue nunca soberbio, realmente soberbio, con la soberbia contemplativa del retraído, del que se recoge en sí a los primeros golpes o al sentir los primeros fríos del desdén ambiente; porque fue un hombre realmente humilde, con la verdadera humildad, con la humildad del que se entrega y se reparte y no se reserva. Tenía fe en sí mismo.

Tenía fe en sí mismo, fe de que carecen los soberbios contemplativos; para creer en sí no necesitaba que los demás creyesen en él. Tenía fe en sí mismo, y esta fe brotaba de su plenitud de vida. Tenía que obrar, para él no había otro remedio sino obrar; tenía que engendrar, y gestar, y parir pensamientos vivos, porque, como Raquel, sentía que, de no tener hijos, habría de morirse. Y esos pensamientos los echaba al mundo, a morir o a vivir entre las gentes, al aire libre y a la luz de todos, llevando en su palabra la gloria o la infamia de su padre: eran sus hijos, eran sus hijos, que hoy mantienen vivo su espíritu entre nosotros.

¿Que es la soberbia colectiva uno de los pecados que a peor traer nos traen en España? Secularicémosla, porque es una soberbia claustral, contemplativa, una soberbia que no se vierte en obras por temor al fracaso. Es soberbia marroquí, fundada, más que en su propio conocimiento, en ignorancia de lo ajeno; es soberbia faquiresca o soberbia de yogui que se aduerme contemplándose el ombligo.

Desclaustrémosla, secularizándola; echémosla de la contemplación a la acción, y dejará de ser soberbia.

Muchas veces se ha fustigado, aunque nunca tanto como se merecen, a nuestras clases neutras, a los que se están en sus casas, so pretexto de que corremos malos tiempos para que los hombres honrados se den a la vida pública; pero no sé si al fustigarlos se ha visto que es soberbia lo que principalmente lo retiene en sus casas.

 

Extracto de “Sobre la Soberbia” de Miguel de Unamuno, 1904.

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