Una sociedad bien correcta, por José Jiménez Lozano

El Bosco,Tríptico del jardín de las delicias 1490 – 1500. Grisalla, Óleo sobre tabla de madera de roble

La Inquisición nueva o castellana, erigida jurídicamente en 1478 en Medina del Campo, es una institución de investigación y castigo de los falsos conversos del judaísmo e islamismo y algunas otras herejías y desviaciones, pero esencialmente es un tribunal que vela por la más extrema corrección política, encarnada en la casta limpia de labradores que constituye la esencia del ser español. Ésta es la enjundia de su cristiandad y se manifiesta  en signos materiales exteriores, tales como la procedencia racial limpia de mala casta de judíos e islámicos, el desempeño de un oficio no vil como el de comerciante, banquero o cobrador de tributos, una dieta con grasa de cerdo, y palabras y gestos asimilables a la condición del labrador cristiano viejo, o del hidalgo vasco. Esto es lo que conforma una sociedad en la que una parte de ella es de mala casta y con un techo de cristal que, aunque fuese el del palacio de una muy alta personalidad, podía ser apedreado por cualquiera.

La ortodoxia o corrección inquisitorial hacía pensar obligatoriamente, por ejemplo, en por qué el humo no salía de algunas chimeneas desde los viernes por la tarde, o que una pobre lavandera podía levantar viento y tempestad si decía que la ropa personal de la casa del arzobispo de Toledo debía entregarla ya limpia, antes del sábado. Y cuando la Inquisición salmantina hizo una información en el pueblo natal del catedrático de hebreo, árabe y caldeo de la Universidad de Salamanca, Martín Martínez de Cantalapiedra, hijo del boticario, un testigo, un vecino del pueblo, tuvo el destino de este hombre en sus manos, al contestar que, tal y como eran de agudos los boticarios, no podían venir sino de judíos de “los del Corrillo de Valladolid”, porque ”ni judío lerdo, ni liebre perezosa”. Lo que hay que relacionar con el rotundo orgullo de no saber leer y escribir que muestra un tal Humillos, uno de los candidatos a alcalde, en “Los alcaldes de Daganzo” de Cervantes. Y cuando, en un banquete de boda en el que se le ofreció vino al Maestro fray Luis de León, éste contestó “no vino”, fue acusado de haber negado que el Mesías hubiera venido. ¿Por qué no? Este nietzscheano “avant la lettre” ya sabía que no hay hechos sino interpretaciones, y la casta limpia siempre es la hermeneuta.

El testimonio de “se sorriyó” por parte de un malsín o acusador marcaba también el destino del acusado de sonreírse, de manera que todo el mundo vigilaba a todo el mundo, y se aupaba o vengaba socialmente: había proceso, condena, castigo y memoria infame de ello en los sambenitos colgados en las iglesias, para aviso del “ganado roñoso y generación de afrenta que nunca se acaba”, según decía el Maestro fray Luis, que bien pagó no ser iletrado, no tener la sangre limpia, y no decir las cosas como las debería decir un cristiano viejo.

En nuestra postguerra civil, si se preguntaba por quién era masón se respondía: “Quien va delante de mí en el escalafón”. El hijo del Inquisidor General Manrique escribía a Vives, y éste le decía a su vez a Erasmo, que España era un país en el que resultaba peligroso hablar y peligroso callar. Si lo sabría Vives, cuya madre había sido descubierta como judía secreta, o se había supuesto que seguía siéndolo, aparentando ser cristiana. Fue condenada ya muerta, sus huesos se desenterraron y quemaron, y así se dañó, ya que no puede borrarse, una memoria.

Todo correcto.

José Jiménez Lozano

ESCRITOR Y PERIODISTA, PREMIO CERVANTES 2002

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