Tras el 26J y antes del (esperado) Gobierno, por Javier Rupérez

Las elecciones del 26 de Junio supusieron un inesperado y bienvenido, aunque circunstancial e insuficiente, alivio para la inmensa mayoría de españoles que depositaron su voto con la esperanza de encontrar en las urnas, a las que concurrían por segunda vez en seis meses, respuesta razonable a la necesidad de configurar un gobierno constitucional y estable.

Las breves semanas transcurridas desde entonces no han servido para despejar una parte significativa de las incógnitas a la que la repetida convocatoria electoral debería haber dado respuesta y estos son los momentos en que, bien como amenaza táctica o bien como posibilidad inevitable, la realización de una tercera llamada electoral no queda por completo descartada.

Voces significativas del pasado político reciente en el espectro constitucional han reclamado públicamente se realicen todos los esfuerzos necesarios, incluidos si fuera preciso los correspondientes sacrificios personales, para evitar tan negativa y desoladora ocurrencia. La constitución de la Mesa del Congreso de los Diputados ha contemplado la elección para su presidencia de una persona, Ana Pastor, que parece reunir condiciones suficientes de capacidad y ecuanimidad para desarrollar su tarea. Mientras, los resultados numéricos de su elección y de los restantes miembros del organismo revelan acuerdos evidentes y comprensibles entre el PP y C’s, confluencias pactadas o por coincidencia entre el PSOE y Podemos y sorprendentes alineamientos favorables al PP por parte de las fuerzas separatistas vascas y catalanas. Acontecimientos simultáneos y conexos conducen razonablemente a la conclusión de que el PP y los separatistas no excluyen alcanzar acuerdos que permitan la formación de un gobierno presidido de nuevo por el PP, con alcances y costes todavía no descritos pero imaginables, mientras las opciones constitucionalistas que integrarían fórmulas de colaboración entre PSOE y PP, con la eventual participación de C’s, quedan excluidas por la persistente negativa socialista a contemplar esa alternativa y su no menos persistente referencia a un eventual gobierno “progresista” o “de cambio” resultante de un entendimiento con el antisistema Podemos. Acuerdo eventual, éste, que tampoco renuncia a contar con el apoyo de separatistas vascos y catalanes. Esa combinación de alternativas, a la que habría que sumar el rechazo por parte de C´s de una investidura del PP que estuviera favorecida por los separatistas de variada coloración, refleja la dimensión corta del alivio que muchos españoles creyeron sentir el 26J ante unos resultados electorales que, sin mayor análisis, parecían consagrar mayorías suficientes en el espacio constitucional y reducciones drásticas en el opuesto. Desgraciadamente no es del todo así. Y las circunstancias, cuya complicación deja poco margen para los voluntarismos, las proclamas o los cubileteos, reclaman reflexiones varias, que bien se podrían ordenar de la siguiente manera.

  1. La pérdida de apoyos sufrida en los últimos años por las fuerzas hasta ahora dominantes y la aparición de fuerzas alternativas a derecha y a izquierda ha contribuido poderosamente a dotar de inestabilidad al sistema. Con razón se dirá que PP y PSOE tienen bien ganada la desafección de la ciudadanía pero la tranquilidad de conciencia que proporciona esa conclusión no debe confundirse con la constatación de la situación resultante: no existe democracia viable si no es capaz de generar estabilidad gubernamental. El bipartidismo imperfecto sobre el que ha funcionado la democracia española desde 1977 debería ser restaurado sobre la base de la perdida de capacidad política e ideológica de ambas formaciones y con el apoyo de las reformas necesarias en sistema electoral. La introducción de la doble vuelta en los comicios de rango vario, por ejemplo, debería facilitar la reflexión política del ciudadano y la correspondiente formación de mayorías. La Constitución del 78 consagra un sistema de democracia representativa en el que la pura proporcionalidad conduce al caos.
  1. Por insuficientes que resulten, los resultados del 26J otorgan al PP una mayoría política y social significativa, que en la práctica se traduce en una obligación inescapable de garantizar a la comunidad nacional la fiabilidad en el marco constitucional y una respuesta a la masa de sus votantes congruente con lo que, de manera tan explícita como ya desconfiada, esperan de su selección: la garantía de la unidad nacional, el retorno a los valores e inspiraciones que agruparon en el PP a todos los ciudadanos que por ideología o actitud se sitúan a la derecha de la izquierda, una política económica que explique y haga viables las posibilidades y límites del Estado del Bienestar, una contundencia sin miramientos contra los codiciosos y los corruptos, y una política exterior que sin dejar de ser realista mantenga sin vacilaciones la pertenencia de España al mundo europeo, democrático y occidental. El conjunto de esas políticas necesita de un nuevo vigor, incompatible con la desidia habitual del “ir tirando” que ha solido caracterizar las políticas gubernamentales en estos últimos tiempos. Y en particular no se compadece con las cesiones políticas y económicas que pudieran otorgarse a los separatistas vascos y catalanes para obtener votos en la investidura a la presidencia del gobierno. No es exagerado constatar que el principal problema de España y de los españoles en el momento actual es el del mantenimiento de su unidad constitucional. Caídas las caretas de los otrora y erróneamente considerados “nacionalistas moderados” para mostrar su cruda faz de irredentos secesionistas, las componendas que en otros momentos pudieran haberse producido en pro de la composición de fuerzas hoy no tiene justificación alguna. Si el precio de la investidura incluye esa alianza, mejor dirigirse a la tercera. Que bien pudiera ser la vencida. El límite psicológico de lo que los ciudadanos entienden es la habitual falta de coherencia de los políticos entre lo que dicen y lo que hacen, está a punto de alcanzarse. Los votos con las narices tapadas, que indudablemente han beneficiado el PP el 26J, tienen un límite: el de la supervivencia del sistema. Los italianos de los tiempos de la democracia cristiana y el socialismo saben algo al respecto.
  1. Lleva el PSOE sumido desde 2004 en una deriva que sin exageraciones puede y debe ser calificada de suicida. La permanente obsesión por ocupar sin miramientos ni reparos los espacios que en otros momentos fueron los de la izquierda radical, su evidente fractura interna, su incapacidad para proyectar desde la socialdemocracia un proyecto nacional, sus incomprensibles y permanentes coqueteos con separatistas de diferente laya, no solo lo han conducido a la peores resultados desde 1977 sino que lo han colocado en la peligrosa tesitura de abandonar su papel de alternativa gubernamental. Y en el fondo de verse abocado a la irrelevancia. Solo a los socialistas corresponde poner coto y remedio a sus males pero es evidente que incluso los españoles que no les votan esperan de sus dirigentes y cuadros la responsabilidad y el acierto de los que en definitiva dependen que la democracia española, como tantas veces ha ocurrido en las últimos cuatro décadas, tenga en la recámara alternativas democráticas y turnos de fiabilidad para las exigencias de la ciudadanía. Que en España no sea posible, como lo es en Alemania, una gran coalición entre la derecha y la izquierda democráticas y que la imposibilidad sea debida a la teología imperante en el socialismo español, es tema que suscita alerta y preocupación.
  1. Podemos es el resultado del encuentro entre la dirigencia neo leninista/anticapitalista/anarquizante/antisistema procedente de los obscuros recovecos de la universidad española, los beneficios de las financiaciones iraní-bolivarianas, los brutales resultados de la crisis económica, los directamente afectados por ella y la incapacidad de las fuerzas políticas establecidas para comprender el alcance del fenómeno. Pasará a la antología de los despropósitos aquel que calificó los primeros y sorprendentes resultados de la formación morada como los debidos a insustanciales y pasajeros “frikis”.

    Hoy, tras el 26J, y a pesar del significativo varapalo que ha supuesto la pérdida significativa de votos –resultado fallido de la unión con Izquierda Unida y los indudables miedos que los de la coleta y compañía han comenzado a suscitar- cuentan con 71 escaños en un Congreso de los Diputados de 350. Nunca una tercera fuerza se había encaramado tan alto en la reciente historia parlamentaria española. Pero interpretar que esa abundante capacidad electoral está únicamente nutrida por la mugre marginal del anticapitalismo pro etarra constituye un grosero error de análisis. Ése es un voto al que une, más que ninguna otra cuestión, la consigna apenas murmurada del “que se j….” en la que coinciden ciudadanos en diversos grados de irritación, en lo fundamental menores de cuarenta años y procedentes de orillas diversas que para sorpresa de muchos incluyen gentes que en otros momentos votaron PP o PSOE. Ha sido siempre difícil pasar de 71 a 0, por más que los que querrían confundir la realidad con sus deseos se inclinen a pensar que Podemos tiene fecha de caducidad y pocas probabilidades de constituirse en el bastión opositor de izquierdas. Pero además de explicar con nitidez el alcance totalitario de los proyectos políticos que laten en las mentes de los dirigentes del conglomerado, el PP y subsidiariamente el PSOE, si creen en las virtudes constitucionales y en su propia supervivencia como partidos, bien harían en demostrar con sus hechos y con sus dichos que su intención no es j… al personal, que retienen la capacidad de desarrollar proyectos que garanticen la libertad y la igualdad de todos los españoles, que sus programas incluyen un futuro mejor para la juventud hoy desamparada y que en definitiva ellos pueden ser los mejores garantes de que la Constitución del 78 siga representando la mayor probabilidad de estabilidad y desarrollo para el país y sus habitantes.

  1. Ciudadanos supo encarnar en su momento y para los votantes desencantados del PP la noción de que ellos sabrían hacer bien lo que el PP hizo mal. Pero así como Podemos no ha podido pasar de tercera a segunda fuerza, tampoco C’s ha podido demostrar otra cosa que su eventual habilidad para complementar en el centro del espacio político las desfallecientes fuerzas del PP o del PSOE. Y aun así: los resultados del 26J han supuesto un severo correctivo para la formación anaranjada, reducida en su capacidad mediadora e interrogada desde sectores próximos sobre sus propósitos y alcances. El retorno de los votantes del PP al redil originario ha proyectado dudas acrecentadas sobre el partido que tan bien supo representar en Cataluña la integridad nacional española. Pero muchos de los que en algún momento pensaron que en C’s estaba la respuesta para la derecha democrática española, hoy lo ven como un estorbo para alcanzar las mayorías gubernamentales que la unión otorga en el sistema D´Hondt. Bien harían PP y C´s en dedicar tiempo y esfuerzo creativo en la recomposición mayoritaria y nacional del centro derecha, único espacio que de momento es capaz de mantener con solvencia un proyecto nacional español digno de tal nombre.

No fueron pocas las sorpresas que nos deparó el 26J. Fueron evidentes los alterados estados de ánimo con que las sorprendentes noticias, buenas o malas, alcanzaron a las diferentes formaciones políticas. Todas, en la peor de las prácticas posibles, hicieron de tripas corazón para explicar lo que no querían saber: que en menor o mayor medida la ciudadanía desconfía de ellas. ¿Serán esta vez capaces de mostrarse a la altura de las circunstancias, del país y de sus ciudadanos para ofrecer continuidad constitucional en el marco del bienestar, la libertad y la igualdad que el sistema dice ofrecer? Ni el tiempo ni la paciencia son infinitos.

Javier Rupérez | del consejo asesor de Floridablanca
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