Ser liberal-conservador · La solidaridad

Los liberal-conservadores somos solidarios. A nivel individual, como muestran las estadísticas, consideramos importante ayudar a nuestras familias y a nuestra comunidad, y realizar donaciones a organizaciones no gubernamentales, caritativas y religiosas. La solidaridad fortalece los lazos de toda comunidad a la vez que influye, de un modo muy especial, en algo tan vital para el desarrollo y convivencia de toda sociedad como es la confianza. Por eso, apoyamos y creemos en el asociacionismo y el voluntariado como formas de contribuir a la sociedad. A nivel colectivo, pensamos que debe existir una red de protección social que provea asistencia a los más desfavorecidos. Como señaló Friedrich Hayek, la existencia de esta red en sociedades desarrolladas (como la española), es lógica y no pone en peligro la libertad.

Para que esta red asistencial sea realmente efectiva y sostenible, debemos entender que el trabajo, al dignificarnos, contribuye en la búsqueda de la felicidad. Recibir un sueldo, por modesto que sea, nos reconforta y reafirma como miembros de un  proyecto social común. Trabajar y disponer de los frutos de nuestro trabajo, nos hace más libres y más responsables. Así, los sistemas o políticas económicas que entorpecen la posibilidad que tenemos de trabajar, como asalariado o empresario, resultan contrarias a los principios y valores liberal-conservadores.

Por ello, somos reformistas. Defendemos las reformas políticas que aumentan la libertad de los ciudadanos. Por ejemplo, la flexibilización del mercado de trabajo, la eliminación de distorsiones en los mercados producto de la injerencia pública, y la promoción y facilitación de la cultura empresarial. Defendemos estas reformas porque su aplicación favorece las oportunidades de trabajar, facilita hallar el sector laboral que mejor recompensa nuestros talentos y deseos, y hace que nos sintamos más realizados como personas. Como señalan numerosos estudios, es más fácil ser feliz cuando uno tiene un trabajo; un trabajo en el que se le valora; un trabajo en el que se tienen posibilidades de progresar; y un trabajo con el que uno siente que está contribuyendo. Las políticas liberales nos ayudan a alcanzar estos objetivos, personales y sociales, particularmente importantes para aquellos que viven más precariamente.

Por las mismas razones, apoyamos políticas de control del gasto público y de disciplina fiscal. Estas políticas evitan un endeudamiento colectivo excesivo que acaba obligando, para no quebrar, a adoptar medidas de austeridad que a quien más perjudican es a los más desfavorecidos. Como cualquier familia, el Estado debe vivir de acuerdo a sus posibilidades si no quiere verse ahogado por las deudas.

Una economía abierta, flexible y dinámica, en la que los individuos dispongan de más posibilidades de trabajo, combinada con la necesaria exigencia de que el Estado ni abuse de los impuestos ni derroche nuestros recursos, es la única receta posible si queremos mantener esa red de protección social que es justo facilitar a los más desfavorecidos. Como señaló el presidente Ronald Reagan, los liberal-conservadores “somos gente humana y generosa, y aceptamos sin reservas nuestra obligación de ayudar a los incapacitados, a los mayores, a los desafortunados que, sin culpa alguna, dependen de los demás para vivir”. La clave para poder hacer de este compromiso una realidad sostenible es la libertad.

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