Ser liberal-conservador · La igualdad

Ser liberal9Todos somos seres humanos y todos somos diferentes. Nuestra herencia genética, nuestra mente y nuestro entorno social, que incluye lo aprendido y experimentado, así como la manera y proporción en la que estos factores interactúan entre sí, nos convierten en seres únicos.

Entre los seres humanos la desigualdad puede ser material (por ejemplo, rico o pobre) o inmaterial (yo soy negro y tú blanco). Si desde un punto de vista moral o ético consideramos que estas desigualdades son injustas o contraproducentes, habremos de preguntarnos cómo debemos actuar para reducirlas o eliminarlas. Existen dos opciones principales.

Podemos actuar a través de nuestra propia iniciativa. Por ejemplo, para reducir o eliminar desigualdades materiales puedo, entre otras opciones, repartir mi dinero entre otros que tienen menos que yo, crear una ONG para ayudar a los más desfavorecidos o fundar un instituto que promueva el libre mercado si pienso que ello repercutiría en la mejora de las oportunidades y calidad de vida de los que menos tienen.

En segundo lugar, podemos actuar a través de la fuerza del Estado y la ley. Como hemos señalado en anteriores entregas de esta sección, el Estado de Derecho, el gobierno de las leyes y no el de los hombres, es la mejor garantía para el respeto de nuestra libertad y nuestro desarrollo vital. Esto debe llevar a preguntarnos si el tratar de reducir desigualdades con la fuerza del Estado y la ley genera soluciones o afecta las garantías que el Estado de Derecho proporciona, creando mayores problemas. La respuesta pasa de nuevo por dos opciones.

Si tratamos de reducir o eliminar las desigualdades a través de la ley, deberemos crear leyes que se ajusten a las circunstancias particulares de las personas o de grupos de personas. Lo paradójico es que así estaremos creando leyes desiguales, otorgando un enorme poder al legislador (es decir, a los políticos) para arbitrariamente decidir qué es mejor y qué peor, y a quienes beneficiará o perjudicará la ley. El campo quedaría así abonado para todo tipo de conflictos y luchas entre diferentes individuos y grupos y podría llevar rápidamente a que los intereses particulares de unos pocos prevalecieran, resultando en graves desigualdades tanto de origen como de resultado. Esta “discriminación positiva”—o “libertad positiva” según Isaiah Berlin—contradice el principio fundacional de nuestra vida en sociedad: que han de gobernarnos leyes que eviten el arbitrio —y riesgo de abuso— de aquellos que están en el poder. Así, habría que restringir a unas pocas excepciones este recurso (por ejemplo, aquellos individuos que no puedan valerse por sí mismos) y hacer que otros poderes públicos lo controlen rigurosamente.

La segunda opción que tenemos es la de asegurar que prevalezca la igualdad ante la ley o “libertad negativa”, la cual tiene por objetivo eliminar discriminaciones; por ejemplo que los negros, blancos y asiáticos tengan diferentes derechos simplemente por el color de su piel. La igualdad ante la ley nos asegura no sólo vernos libres de los perjuicios que la discriminación causa, sino que además abre la puerta a la igualdad de derechos y oportunidades —que no de resultado, pues todos somos únicos y tenemos diferentes virtudes y defectos—. La igualdad ante la ley solidifica el Estado de Derecho y los principios fundamentales sobre los cuales nuestras sociedades democráticas modernas se asientan, asegurando el máximo grado de libertad posible que, sin perjudicar a otro, nos permite desarrollarnos plenamente como seres humanos.

Como resumió Friedrich Hayek, “mientras que una igualdad de derechos en el marco de un gobierno limitado es posible y una condición esencial de la libertad individual, la reivindicación de una igualdad material sólo puede ser impuesta por un gobierno totalitario”. Y podríamos añadir que incluso en ese caso resulta una quimera como atestigua la historia de los regímenes comunistas, donde la dramática pauperización de la gran mayoría de la sociedad y el enriquecimiento de una minoría dirigente son la regla. Sin excepción.

  • Juan Ramón Tercero

    Esa es la clave: abrir la puerta a la igualdad de derechos y oportunidades, no de resultados. Es lo que algunos no quieren entender cuando se habla, por ejemplo, de la educación diferenciada.

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías