Scruton, en la encrucijada liberal-conservadora, por Vicente de la Quintana

Roger Scruton es considerado, con mucha propiedad, el filósofo conservador contemporáneo de mayor densidad intelectual. Nacido en 1944 en un medio familiar modesto y de filiación política fabiana, tras su paso por una Grammar School logró cursar estudios de filosofía en Cambridge. En “Cómo ser conservador” Scruton sintetiza su credo político. Y lo hace como se espera que lo haga un conservador británico: explicando educadamente, con una mezcla de humor y paciencia, algo que debe ser descrito no como una ideología, sino como una “actitud política”.

Scruton es un autor serio, pero también tiene algo de ‘personaje’: toca el piano, monta a caballo, promueve campañas en favor de la caza del zorro o la arquitectura clásica, fuma puros esporádicamente, toca el órgano en su parroquia anglicana, y hace vida de “gentleman farmer” en la campiña. Viajó por la Europa comunista organizando seminarios clandestinos y asistió a los sucesos parisinos de mayo del 68, vacunándose para siempre de cualquier tentación izquierdista. Su conservadurismo nació, precisamente, en las barricadas del Barrio Latino. Recientemente, ha sido nombrado por la Reina Isabel Par del Reino: Sir Roger Scruton.

El conservadurismo de Scruton parte de una premisa burkeana: el contrato social vincula no sólo a los vivos, sino a los muertos y a los que están por nacer. Si todos somos herederos, el cuidado de todo lo bueno y estimable que recibimos para, a su vez, trasmitirlo acrecentado, será el primer deber social. La sociedad como fideicomiso entre generaciones. Esta premisa se asocia a una intuición: toda persona madura experimenta el sentimiento de que las cosas buenas son difíciles de crear y muy fáciles de destruir. Crear es duro y aburrido, mientras que destruir es rápido y regocijante.

Scruton coincide con Burke cuando piensa que la sociedad se basa en el afecto y la lealtad, lazos que sólo pueden ser creados “de abajo hacia arriba”. Las costumbres e instituciones heredadas (tradicionales) no son arbitrarias: las crea una ‘mano invisible’ y han sobrevivido al paso del tiempo. No siempre es fácil explicar su racionalidad intrínseca ni por qué funcionan, pero lo hacen. No son producto de una construcción deliberada ni de razonamientos a priori, pero forman un tejido civilizatorio que armoniza con nuestras necesidades e intereses.

Esta persuasión conservadora incorpora los pilares fundamentales del liberalismo: propiedad privada y Estado de Derecho (rule of law). De hecho, Scruton ha sostenido desde sus primeros textos políticos que las instituciones liberales necesitan un suelo fértil donde arraigar. El conservadurismo vendría a ser, en su visión, ese terreno sustentador.

En este planteamiento, cobra una importancia decisiva el ‘nosotros’ de la comunidad política. Esa primera persona del plural se conforma lentamente por medio de la herencia cultural a lo largo de la historia, pero puede ser destruida con rapidez por obra de internacionalistas y revolucionarios que, remitiéndose a lecturas radicales de la Ilustración, fundamentan su ideario en un individuo sin asiento espacio-temporal y, por tanto, sin pertenencia a comunidad alguna.

En el cuerpo principal del libro se redondea la definición del conservadurismo por contraste con otras ideologías y posiciones políticas: el nacionalismo, el socialismo, el capitalismo, el liberalismo, el multiculturalismo y el internacionalismo. El método es tan original como revelador: cada capítulo es titulado “la verdad del …” para, distinguiendo el núcleo de verdad incorporado a cada una de estas posiciones, diseccionar las exageraciones y desvíos que acaban por frustrarlo.

Así, la verdad del ‘nacionalismo’ sería la afirmación de la lealtad nacional como fundamento comunitario; el pegamento netamente político que cohesiona las sociedades modernas sin necesidad de apelar a la etnia, el clan o la identidad religiosa. El nacionalismo deviene peligroso en la medida que lo es cualquier ideología. Cuando se pasa de la lealtad nacional al nacionalismo, éste ocupa el lugar de la religión, y la religión es el peor fundamento de la obligación política.

La verdad del socialismo “es la verdad de nuestra mutua dependencia, y es la necesidad de hacer lo que podamos para compartir los beneficios de la pertenencia a una sociedad con aquellos para los que su propio esfuerzo no es suficiente para obtenerlos“. Pero la necesidad de organizar formas de distribución de los beneficios sociales debe articularse evitando los errores en los que suelen incurrir las buenas intenciones: la creación de una clase nueva de dependientes, acostumbrada a vivir de los subsidios (“trampa de la dependencia”) y la expansión ilimitada de un Estado de Bienestar desorbitado presupuestariamente, masivamente endeudado y en déficit crónico.

Según Scruton, ni las teorías pretendidamente científicas de Marx sobre el origen del valor, ni las de Rawls sobre la justicia, justifican las propuestas de redistribución socialista. Insiste en desmentir la falacia de la creación de riqueza como un juego de “suma cero”: pretender que cada éxito es consecuencia del fracaso de alguien, que toda ganancia es pagada por los perdedores. Pero rechazar el concepto de justicia social asociado a esa teoría, no equivale a asumir como inevitable cualquier forma de desigualdad. Un exceso de desigualdad genera resentimiento, móvil principal de todos los conflictos sociales.

La verdad del capitalismo consiste en que, estando en juego la supervivencia y prosperidad de cada uno, es necesario el intercambio con otros, y la propiedad privada y el libre mercado son las únicas formas eficaces de conseguirlo a gran escala. Sin estos mecanismos, la coordinación en sociedades extensas es imposible, ni en el establecimiento de los precios, ni en las cantidades a producir. Estas verdades, en opinión de Scruton, fueron sentadas con validez permanente por la escuela económica austríaca de Mises y Hayek durante el debate sobre la posibilidad del cálculo económico en una sociedad socialista. El fracaso del ‘socialismo real’ en el siglo XX es su más elocuente ratificación histórica.

Pero Scruton no cree en el mercado como único “orden espontáneo” de la sociedad. En el libre juego del mercado no participan los muertos y los no nacidos; éstos sólo logran hacerse presentes gracias al mantenimiento conservador de las tradiciones morales, las instituciones y las leyes, únicas formas legítimas de condicionar el mercado. Hayek no diría nada muy distinto.

Scruton cree que los socialistas no están solos en señalar la erosión que produce el mercado sobre las formas de relacionarse los seres humanos y en distinguir (machadianamente) entre cosas con valor y cosas con precio. De hecho, muchas de las tradiciones que los conservadores más aprecian pueden entenderse como dispositivos para rescatar al ser humano del mercado en esos “reinos de valor”: en el territorio del amor, en el territorio del sexo, por ejemplo.

La verdad del liberalismo será su gran aportación a la civilización occidental: “crear las condiciones que permiten ofrecer protección al disidente, y sustituir la unidad religiosa por la discusión racional entre oponentes.” Los liberales siempre han defendido la libertad negativa, entendida como ausencia de coacción por un tercero. En su confrontación con las opciones igualitarias, el liberalismo ha visto cómo se han ido imponiendo al catálogo liberal de derechos negativos (libertades frente al Estado) nuevos derechos positivos (prestaciones generadoras de gasto estatal). Los derechos negativos generan un deber correlativo (mi derecho a la vida es tu deber de respetarla), pero, además, se concilian con la moral y generan legislación protectora. Sin embargo, los derechos positivos generan conflictos, porque cualquier minoría puede exigirlos aludiendo a una discriminación sufrida que pide reparación. Precisamente el liberalismo se propone, al invocar los derechos-libertades, proteger al individuo del poder arbitrario. Los derechos liberales tratan de limitar el poder del Estado, mientras que los derechos positivos lo aumentan sin límite comprometiendo el consenso social.

Scruton considera que la verdad del multiculturalismo reside en la gran aportación de la Ilustración al liberar a las sociedades de la afiliación religiosa y de los lazos exclusivos de raza, etnia o parentesco. La Ilustración tuvo una visión de una humanidad común con una misma moralidad y pasiones, lo que facilitaba la generosidad con el otro. Y eso tiene consecuencias: no puede admitirse, por ejemplo, que la recepción de emigrantes en Europa tenga que suponer la represión de la cultura receptora, que no debe admitir reproches de etnocentrismo.

La verdad del ecologismo remite directamente a la noción burkeana del contrato social vinculador de muertos, vivos y no nacidos. De hecho, el concepto de sostenibilidad es, de algún modo, ese contrato. La verdad del ecologismo coincide con la idea de orden político y ha estado presente históricamente en la ley inglesa. La degradación del medio ambiente se acelera por la generalización de la irresponsabilidad corporativa e individual. Los conservadores aportan su apego por lo local como fundamento de acciones conservacionistas. En opinión de Scruton, es en la escala local donde caben acciones más eficaces para la conservación de la naturaleza.

La verdad del internacionalismo se asocia a la pacificación de conflictos internacionales. Desde la Alta Edad Media se registran formas de tratados internacionales y Kant, en su opúsculo La Paz Perpetua, proponía una Liga de Naciones para resolver los conflictos y para regular las relaciones responsables entre estados. Pero para tal fin, el propio Kant consideraba que las unidades que se conciertan debían ser estados soberanos y representativos (“gobiernos republicanos”). Scruton distingue con claridad lo internacional y lo supranacional.

En este libro Scruton no se recata de cargar contra tópico de corrección política alguno. La lectura de un autor para el que no existen tabús posmodernos es suficientemente refrescante como para recomendarse sola.  Aun así, quede claro: hay que leer a Scruton.

Vicente de la Quintana 

 

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