Reivindicación del 15 de junio de 1977, por Eugenio Nasarre

¿Tiene sentido conmemorar las elecciones del 15 de junio de 1977 precisamente cuando España se enfrenta, acaso sin suficiente conciencia de ello, a un proceso revolucionario en marcha que pretende su desmembración y la ruptura de la unidad nacional? La respuesta es rotundamente sí, aun cuando no podamos apartar de esta conmemoración las dramáticas circunstancias que ahora vivimos.

La verdad es que aquellas elecciones de hace cuarenta años salieron muy bien para España. Fueron el gozne del cambio político y el momento verdaderamente fundante de la nueva Monarquía parlamentaria, que se plasmó en la Constitución de 1978. Fue el punto álgido de la Transición, tal como fue finalmente diseñada y conducida a partir de la designación de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno el 3 de  julio de 1976.

Los seis primeros meses del reinado de Juan Carlos I, bajo el gobierno de Carlos Arias Navarro, habían sido un auténtico desastre. El desbordamiento de la legalidad era permanente y creciente. La conflictividad laboral estaba alcanzando niveles insospechados. La movilización de las corrientes democráticas era de enorme intensidad. El gobierno, dividido y sin rumbo, estaba a remolque de los acontecimientos. La situación podía desembocar en un escenario que nos acercara a páginas sombrías de nuestra historia.

El nuevo gobierno de Suárez cambió el panorama en cuestión de días. La experiencia del semestre transcurrido había demostrado que no eran posibles las medias tintas en una España en la que una amplia mayoría anhelaba un régimen político comparable con el de las democracias europeas. España tenía que dejar de ser una anomalía en Europa. El objetivo que se marcó el Gobierno fue nítido desde su inicio: devolver la palabra al pueblo español mediante unas elecciones limpias y competitivas, por medio de las cuales se expresara la voluntad de la sociedad española. La tarea central del Gobierno consistía, por tanto, en preparar esas elecciones con las que se inauguraría la nueva democracia.

La tarea, desde luego, no era nada fácil si se quería aplicar el principio “de la ley a la ley” que inspiró todo el proceso de cambio. Había que desmantelar las estructuras del viejo régimen, establecer el marco en el que pudieran actuar los nuevos sujetos políticos, determinar el modelo del Parlamento llamado a realizar la labor constituyente y fijar las reglas de juego de esas elecciones mediante la correspondiente ley electoral. A la distancia de cuarenta años el  quehacer de aquel gobierno de Suárez sólo puede merecer los máximos elogios. Fue una conducción impecable, hecha con valentía, determinación, inteligencia y visión de futuro. El régimen de Franco aceptó hacerse el haraquiri. La sobria y técnicamente impecable Ley para la Reforma Política estableció el marco jurídico de la nueva etapa fundacional, con el carácter de ley de transición. Las libertades públicas básicas propias de un sistema democrático fueron restablecidas y se empezaron a ejercer con normalidad. Nadie, tampoco el Partido Comunista, quedaría excluido del juego democrático.

Carteles electorales en 1977

Carteles electorales en 1977

Pero con la distancia de cuarenta años resulta justo subrayar en esta conmemoración que los conductores del proceso no sólo lograron con éxito aplicar el principio “de la ley a la ley”, que siempre se observó y que tantos beneficios proporcionó, sino que tuvieron muy claro que lo que convenía a España era sencillamente el establecimiento de una democracia parlamentaria sin más, una democracia como la de cualquier otro país europeo, sin ningún tipo de veleidad hacia fórmulas que no se correspondieran con este modelo sabido y consagrado. Y este sabio planteamiento debe, hoy más que nunca, ser reconocido y apreciado. Porque todo el marco con el que se celebraron las elecciones del 15 de junio era el propio de una democracia liberal.

La oferta política de aquellas elecciones fue desbordante. Nada menos que ochenta y dos candidaturas compitieron. Fue la famosa “sopa de letras”. Pero los electores sólo dieron escaño a 13 de ellas, que sumaban la representación del 93 por 100 del electorado.

Los españoles votaron en aquellas elecciones con unas pautas que permanecieron estables a lo largo de estos cuarenta años. Salió de ellas una España con un gran equilibrio entre el centro-derecha y el centro-izquierda: 8,1 millones de votos para el centro-derecha y 7,9 millones para la izquierda (sumando los votos del partido comunista). Las fuerzas nacionalistas merecen un recuento aparte.

No creo que estos resultados produjeran una gran sorpresa. Lo relevante de ellos es que establecían un mapa político que no se distanciaba nada de los de cualquier democracia europea consolidada. España había dejado de ser una anomalía y aquel Parlamento podía afrontar la labor constituyente en las mejores condiciones de éxito. El equilibrio derecha-izquierda no conducía a la reproducción de “las dos Españas” enfrentadas. Porque en los actores políticos y en el electorado que los respaldaba una nueva “cultura política”, basada el compromiso, la transacción y la primacía de los principios de la democracia pluralista con unos valores comunes compartidos, se había abierto paso con fuerza. Y en esa “cultura política”, que impregnó toda la tarea de la Transición, tenía un peso fundamental la voluntad de reconciliación mediante la superación por la vía de acuerdos razonables de los viejos litigios históricos que enfrentaron dramáticamente a los españoles.

Este es el gran legado de aquellas elecciones, que se vivieron en un clima de  libertad y entusiasmo. Fueron el arranque del régimen de democracia liberal en el que ha transcurrido este fecundo período de nuestra vida nacional. Preservarlo, corregir los vicios y defectos que en él se han instalado, como en toda obra humana, es lo que ahora nos corresponde.

España va a vivir en las próximas semanas el mayor desafío desde el comienzo de nuestra democracia. Los valores que alimentaron el hecho que conmemoramos deben fortalecerse en esta hora.  Una lección de entonces es que hubo un gobierno que tomó la iniciativa política y ésta fue clave del éxito del proceso. Es lo que también reclama la gravedad del momento presente.

Eugenio Nasarre

Consejo Asesor de Floridablanca

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