Ideas para una reforma liberal de la sanidad, por Julián Illana

Artículo originalmente publicado el 07 de enero en Actualidad Económica


En la antigua Roma, como muchas otras prácticas heredadas de etruscos y griegos, existían sacerdotes que ejercían la práctica de la adivinación. Los augures eran los más importantes, ya que podían conocer la voluntad de los dioses observando el vuelo de las aves o el comportamiento de las gallinas sagradas. Los arúspices, que gozaban de menos dignidad y respeto que los augures, analizaban las entrañas de animales muertos. Además, interpretaban el significado de terremotos, tormentas y otros fenómenos naturales.

En la época de augures y arúspices vivió Marco Tulio Cicerón, un pensador mucho más racional que desconfiaba de estas actuaciones. Una de sus famosas intervenciones políticas afirmó: “El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.

Ya en la Roma del siglo I a.C. se detectaban problemas con la función pública y continuamos con ellos en la actualidad. La sanidad española está herida por nichos de ineficiencia que hacen peligrar su existencia, y esta afirmación no está basada en auspicios ni en interpretaciones mágicas de la realidad sino en datos e informes recientemente publicados.

The Lancet, revista de referencia del sector sanitario, publicó recientemente su último ranking anual de calidad y acceso. España baja 10 puestos y se coloca en el 19º lugar. En el último informe Euro Health Consumer Index, España queda situada en el puesto 18 de los 35 países analizados. Por otro lado, según una publicación de la Comisión Europea, la sanidad española es un 8% más cara que la media europea, y eso a pesar de que la remuneración de los profesionales médicos está en los últimos puestos de la comparativa de la OCDE sobre salarios medios. En el Barómetro Sanitario 2017 publicado por el Ministerio de Sanidad, los españoles solo puntúan con un 6,6 a la sanidad pública española. Destacan positivamente el trato de los profesionales sanitarios, si bien señalan varios puntos de mejora, especialmente los tiempos de espera para obtener cita con el especialista.

Sin duda, debemos tomar medidas para revertir el paulatino deterioro que reflejan los datos. El problema se complica al percibir los retos a los que se debe enfrentar la sanidad española en los próximos años. El envejecimiento poblacional, el aumento de las enfermedades crónicas y la necesaria renovación tecnológica son solo algunos de ellos.

España está un punto por debajo de la media europea en cuanto a gasto sanitario público. En concreto, destinó en 2015 un 6,2% de su PIB a sanidad, por debajo del 7,2% que alcanza la media de la Unión Europea de los 28, según los datos que publicó Eurostat en su último informe. Algunos simplifican el problema en el gasto pero no es tan sencillo. Si decidiéramos gastar un 1% de PIB comprando gasas estériles, lograríamos alcanzar de este modo el 7,2 % del PIB que marca la media europea, pero lo único que habría cambiado es que tendríamos muchas más gasas. No está claro que haya que gastar más, pero no hay duda de que se debe gastar mejor.

Es un hecho que si queremos un sistema sanitario más eficiente no podemos tener miedo a implantar aquellas reformas necesarias para su continuidad.

Uno de los trabajos pendiente es identificar claramente cuáles son necesidades prioritarias en nuestra sanidad, dejando fuera prestaciones accesorias. Una cartera de servicios básicos, que permita a la población tener a su alcance unos determinados servicios sanitarios mínimos en condiciones de equidad.

Quienes deben cumplir con la cartera de servicios, los profesionales sanitarios, son en su mayoría vocacionales, pero la ilusión por ayudar a los demás y el compromiso con su profesión va mermando al sentir que el esfuerzo de algunos no supone una mejora comparativa respecto a aquellos menos implicados. Es de justicia premiar la excelencia y reconocer el mérito. De este modo conseguiremos que se muestren más implicados y más satisfechos. Para conseguir esto es más apropiada una relación laboral alejada del encorsetamiento actual.

La izquierda ha conseguido demonizar algunos modelos de gestión sanitaria. No es cierto que la gestión privada del servicio público disminuya la calidad asistencial y solo busque el beneficio económico. Hemos de guiarnos por principios de eficiencia y no por compendios ideológicos, porque lo importante no es qué modelo de gestión sostiene nuestra ideología, sino qué modelo ofrece mejores resultados a los contribuyentes, que siempre acaban siendo pacientes.

Cuando nos convertimos en pacientes, deseamos ser atendidos lo mejor posible. No podemos obligar a ningún paciente a tratarse por un profesional con el que no quiere relacionarse, ni tener prohibido acudir a aquel en quien confía. La libertad de elección de profesional y centro en todo el territorio nacional, acompañada de un modelo de transparencia y accesibilidad de la información sanitaria debería considerarse una prioridad. Medir y comparar resultados para que los usuarios conozcan las características de los centros y los profesionales a los que acuden supondría aportarles la libertad para decidir qué es lo que más les conviene, ya sea por calidad o por celeridad en la asistencia.

Los recursos económicos públicos no son capaces de absorber la demanda sanitaria de la población. Nuestro principal copago es la espera, lo que genera situaciones de frustración, incertidumbre y nerviosismo. Hay que explicar al ciudadano que el mal uso de determinados servicios causa problemas al entorno sanitario, especialmente a otros pacientes que necesitan ayuda encarecidamente. Por ello, debemos corresponsabilizar al paciente, explicando sus derechos y recordando sus deberes, cuyo incumplimiento podrían suponerle algún tipo de penalización.

La gestión sanitaria es suficientemente importante como para asumir que la deben realizar los mejores profesionales. No tiene sentido que cada cuatro años se sucedan una serie de ceses y nombramientos entre los cargos directivos que gestionan nuestra sanidad. Para obtener el mejor resultado en el sistema se necesitan procesos de selección y nombramientos de los gestores sanitarios mediante procedimientos normalizados y crear un sistema de evaluación continua y transparente.

Para dar desarrollo a todo lo anterior, y garantizar el buen uso y calidad de los recursos sanitarios, es imprescindible disponer de un sistema de comparación y evaluación entre los prestadores de servicios, formado por profesionales del máximo prestigio que garanticen su independencia respecto del color político del Gobierno. De este modo, aseguraríamos la incorporación de criterios basados en el coste-efectividad de los distintos tratamientos o técnicas.

Se auguran tiempos de cambio en la sanidad española. La reforma sanitaria puede derivar hacía más socialismo populista o promover medidas liberales que aporten a los usuarios mayor responsabilidad y libertad a la hora de tomar decisiones que afectan a su propia salud. Mientras tanto, esperemos que los dioses nos sean propicios.

 Julián Illana RodríguezApp-Twitter-icon

Médico de Familia y Gestor Sanitario, del equipo de Floridablanca

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