Margaret Thatcher (II)

Abril 18, 2016
Margaret Thatcher

Foto: Chris Collins / Margaret Thatcher Foundation

Si hay algo que define el pensamiento de Margaret Thatcher y que explica en qué convicciones se basan las políticas que puso en práctica, fue su discurso en la Convención conservadora de 1980. Un discurso memorable, que sintetiza su política de reformas, y que merece que nos detengamos en él para poder entender a la persona y a la líder.

Para empezar, en el discurso deja claro que su objetivo va mucho más allá de implementar una agenda de reformas; se propone cambiar la mentalidad de toda una nación, cambiar la actitud y la forma de pensar de los británicos para volver a ser lo que fueron y salir de la crisis económica que hundía el país.

Al llegar al poder en 1979 se encontró una herencia del gobierno laborista de más de millón y medio de parados y una inercia de destrucción de empleo que hizo que en el momento de pronunciar el discurso, esta cifra fuera ya de 2 millones. “Hay mucho que hacer para conducir esta nación por el camino de la recuperación, y no me refiero sólo a la recuperación económica, sino a un nuevo espíritu independiente y a un nuevo ímpetu hacia el éxito.”

Para que las reformas tuvieran éxito, tenía que haber primero un cambio de mentalidad en la gente, que recuperara el espíritu del trabajo y el esfuerzo y no de la dependencia de las subvenciones estatales. Y también un nuevo espíritu que aportara más optimismo. Había que acabar con el desempleo, y hacerlo desde el fomento de la iniciativa privada, no desde el Estado. La política keynesiana de enorme gasto público y subvenciones, mantenida durante años mediante el consenso entre laboristas y conservadores había desembocado en la pésima situación del país en ese momento.  “Estoy profundamente preocupada por el desempleo. La dignidad humana y el respeto por uno mismo se ven menoscabados cuando se condena a los hombres y a las mujeres al paro.  El deber más ineludible de un gobierno es evitar que se desperdicie el mayor activo de un país, que es el talento y la energía de su gente”. Y anunció que el camino de la recuperación económica no iba a ser fácil, pero que tendría la determinación de hacer lo que había que hacer. “Este Gobierno sigue la única política que aporta alguna esperanza de devolver a nuestro pueblo un empleo real y perdurable” (…)”Podemos alcanzar nuestro objetivo con sabiduría y determinación. Creo que mostraremos sabiduría y pueden estar seguros de que mostraremos determinación.”

Sede del Parlamento Británico

Sede del Parlamento Británico (Foto: Javier Vidueira)

En el momento de pronunciar ese discurso, Margaret Thatcher llevaba ya un año y medio en el poder y había comenzado a poner en marcha su ambiciosa agenda de reformas, que incluyó amplios recortes del gasto público, freno al despilfarro, privatizaciones de las empresas públicas que generaban unas enormes pérdidas sufragadas por el bolsillo de los contribuyentes (teléfono, electricidad, transportes, servicios postales), y que sin embargo impedían que los consumidores pudieran acceder a más oferta y mejores precios, en definitiva, a gozar de los beneficios que proporciona la libre competencia.

También había empezado en paralelo su política de reducción de impuestos. Menos gastos permiten bajar los impuestos: “Mis colegas y yo decimos que aumentar los gastos públicos priva a la industria del dinero y los recursos que necesita para seguir trabajando y, no digamos, para expandirse. El aumento del gasto público, lejos de remediar el desempleo, puede ser el mismo vehículo que conduce a la pérdida de empleo y provoca la bancarrota de la industria y del comercio.” (…)

“No es el Estado el que crea una sociedad sana. Cuando el Estado se hace demasiado poderoso la gente cree que cuenta cada vez menos y menos. El Estado drena a la sociedad no sólo de su riqueza, sino de su iniciativa, de su energía, de la voluntad para mejorar e innovar, a la vez que de conservar lo mejor. Nuestro objetivo es dejar que la gente sienta que cuenta cada vez más y más. Si no podemos confiar en los instintos más arraigados de nuestro pueblo, no debemos estar de ningún modo en la vida política. Algunos aspectos de nuestra sociedad hoy ofenden realmente a esos instintos.”

Margaret Thatcher revisando las tropas en Bermuda en 1990

Margaret Thatcher revisando las tropas en Bermuda en 1990 (Foto: White House Photo Office / Creative Commons)

Merece la pena reproducir aquí los párrafos anteriores pues sintetizan la esencia del pensamiento político de Margaret Thatcher, así como la firme determinación de defender sus creencias.

Otra parte de dicha esencia, sería su política de firmeza absoluta contra el terrorismo y frente a la amenaza totalitaria del comunismo. Thatcher creía que “la debilidad en la defensa de la democracia y sus instituciones es el mayor mal que puede padecer una democracia.” Creía que hay líneas y principios que no son negociables y que de ellos dependen y en ellos se sustentan las libertades y los derechos de los individuos y, por ello, que ceder al chantaje terrorista o al totalitarismo era traicionar los valores más esenciales de la democracia, los derechos más sagrados que un representante del pueblo debe defender hasta las últimas consecuencias.

The Iron Lady (por su firmeza inquebrantable), supo buscar la alianza con Estados Unidos y otros aliados -entre ellos destaca el Papa Juan Pablo II– para sentar las bases que hicieron posible la derrota del comunismo y el derribo del Muro de Berlín en 1990. “Una nación puede ser libre, pero no será libre durante mucho tiempo si no tiene amigos y alianzas”. Junto a ellos, apoyó a los trabajadores polacos del sindicato Solidaridad, a exiliados como Alexander Solzhenitzyn, apoyó la Guerra de las Galaxias de Reagan y su estrategia de misiles defensivos, apoyó a los insurgentes en las repúblicas soviéticas, y a todos los que peleaban por la libertad en países con regímenes comunistas. Y supo tender la mano a Gorbachev cuando se dio cuenta de que éste estaba decidido a acabar con el comunismo: “Puedo hacer negocios con este hombre”, dijo a los periodistas tras una reunión con él.

Al final de aquel discurso en la Convención Conservadora de 1980, dijo: “Esta tarde he tratado de presentarles algunas de mis convicciones y creencias más íntimas. Este partido y este Gobierno están comprometidos en la tarea enorme de restaurar la confianza y la estabilidad de nuestro pueblo”.  Y lo haría a pesar de las dificultades, y mandando un aviso a los tibios de su partido, que empezaban a asustarse ante la escalada de huelgas y conflictos con los sindicatos y a pedir un cambio de rumbo en la política de su Gobierno: “Cambien ustedes, si quieren. Esta señora se mantiene firme” (el famoso “The lady is not for turning”, por el que el discurso fue recordado).

Ese rumbo que Thatcher se negaba a cambiar fue el que mantuvo durante todos sus años en el Gobierno.

Cuando dimitió como Primer Ministro, Margaret Thatcher había reactivado completamente la economía, reducido drásticamente el desempleo, eliminado prácticamente la inflación (bajó del 26% cuando llegó al 2% cuando se fue), lanzado el potencial financiero de Inglaterra y la proyección mundial de la City, había contribuido a derrotar al comunismo y traer la democracia a los países del Este de Europa y, sobre todo, había devuelto el orgullo a una nación que lo había perdido, devolviéndola de nuevo a las primeras posiciones con una economía en alza.

Homenaje de Floridablanca a Margaret Thatcher

Homenaje del equipo de Floridablanca a Margaret Thatcher

Pero no sólo había logrado triunfos materiales en los años de su Gobierno. Había cambiado el país, la manera de la gente de percibir la función del Gobierno, la manera de entender cómo ha de funcionar un país, los valores en los que se basa y sobre los que se edifica el bienestar de una sociedad. No sólo cambió la política de su partido, sino que obligó al partido laborista a girar al centro y abrazar algunas de las ideas de las que ella hizo su bandera.

Hay quien dice que su mejor creación fue Tony Blair y su Tercera Vía. Es muy posible. Lo que está claro es que cambió el curso de la corriente. Es probable que ya nunca vuelva al que había cuando ella llegó. Su éxito inspiró a Gobiernos de centro-derecha de todo el mundo a seguir su ejemplo.

Cuando intentó implantar la Poll Tax no se lo perdonaron. Adversarios y compañeros. No hubo cuartel. Había hecho demasiado, había mandado demasiado, se había impuesto con una claridad aplastante a todos, propios y extraños. Había ganado tres elecciones seguidas hablando clara y honestamente a los británicos. Les había devuelto el orgullo perdido. Había dominado al establishment de su partido durante demasiado tiempo. La traicionaron. “Déjalo ahora, antes de que te hagan daño” le dijo Denis, su marido, su siempre fiel esposo, el hombre que siempre había estado a su lado en todos los duros momentos. Era suficiente: Ya había dejado su legado para la historia.

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