Margaret Thatcher (I)

Abril 11, 2016
Margaret Thatcher en 1983 (Foto: Rob Bogaerts / Wikimedia Commons)

Margaret Thatcher en 1983 (Foto: Rob Bogaerts / Wikimedia Commons)

Hay siempre algo eterno en los genios. Su paso por el mundo y su recuerdo permanecen en la memoria generación tras generación, y su huella en la historia queda sellada para siempre como impresa en una losa de mármol.

Existen hombres que se limitan a dejarse llevar por la corriente de los tiempos, por la inercia de unos hechos y unas circunstancias que se imponen a ellos haciendo verdad la máxima de ese genio español que fue Ortega. También los hay que son genios porque saben valerse de esas circunstancias para llegar a lo más alto, para explotar su valía y elevarse por encima de todos los demás, como disparados por la propia brillantez de su talento. Son hombres que hacen valer sus habilidades excepcionales, y en la corriente destacan sobre el resto porque aportan algo diferente y desarrollan una innovación o una evolución sobre lo anterior, porque cogen lo que otros han hecho y lo llevan a un nuevo estadio o, si son líderes, por su extraordinaria capacidad de guiar a la gente y cambiar el destino de las naciones.

Los hay también que se enfrentan además a circunstancias excepcionales, a situaciones muy adversas que afrontan con un talento fuera de lo común, llevando sus obras y a los suyos más allá. Bien por su valor, o por sus cualidades superiores, esos hombres cogen las herramientas que tienen a su alcance y las utilizan de una manera excepcionalmente brillante para conseguir un objetivo determinado. Son genios que el mundo reconoce y no olvida.

Pero existe otra clase de genio: el que hace lo anterior, pero lo hace a contracorriente. Es el hombre que no sólo se eleva sobre el mundo que lo rodea y sobre sus circunstancias, sino que lo hace, además, contra la lógica o la dinámica general de las cosas hasta el momento en que aparecen. Son los hombres que se elevan contra la corriente dominante, a pesar de ella, y que incluso en algunos casos,  hacen que el curso de ésta cambie de dirección, y se mueva en la dirección que ellos quieren, y establecen ese nuevo curso durante generaciones.

Margaret Thatcher pertenecía a esta última clase y, además, era mujer. Mucha gente habla mal de ella, pero de ellos, son pocos los que realmente saben lo que hizo y cómo era de verdad.

Dicen que su buen amigo Ronald Reagan decía que ella era “el hombre que más admiraba en Europa”, y que el jefe de la oposición se dirigió a ella en los Comunes en una ocasión y le espetó que “ella era el único hombre de su Gabinete”. Maggie aguantó el comentario con la mirada profunda de sus ojos sagaces y le respondió: “Eso hace un hombre más de los que hay en el suyo”.

Son comentarios de un tiempo y de una época en los que valores como el carácter, la valentía, la obstinación o el coraje sólo se pensaban aún como propios de los hombres. Después de Margaret Thatcher ya nunca fue así. Fue una de las muchas barreras que rompió para siempre. Con su ejemplo. Su vida y su carrera están marcadas por la superación de barreras, por la destrucción de muros. Ser mujer era una, enorme, especialmente en un partido que era machista en una época en que todos los partidos lo eran. Y ser de origen humilde -la hija de un tendero- también lo era. Pero no fueron barreras suficientes para frenarla. Las destruyó.

Inevitablemente, se hizo con el liderazgo de su partido en 1975 ante la cara atónita de aquellos que no tuvieron la capacidad de verla venir o que, si lo hicieron, no tuvieron las agallas ni el talento para interponerse en su camino. Lo hizo con el apoyo de mucha gente de talento que supo ver el que ella poseía. Y lo hizo a base de esfuerzo, de sacrificio, astucia, honestidad y afán de superación, habilidades individuales y valores morales en los que siempre creyó y que determinaron su pensamiento político. En los años 70.

Foto: University of Salford Press Office 1982

Foto: University of Salford Press Office 1982

A Maggie nadie le regaló nunca nada sino que lo tomó ella con su trabajo. Quizá fue por ello que desconfiaba tanto de las bondades del Estado benefactor que tenía a Inglaterra ahogada. Thatcher creía en el esfuerzo, el mérito, la superación personal y la responsabilidad individual como factores determinantes del progreso personal y de las naciones. No en la subvención y el dinero fácil que viene regalado por el Estado. Al contrario, compartía con su amigo Reagan -y lo puso en práctica antes que él- la firme convicción de que, muchas veces, “el Estado no es la solución al problema; el Estado es el problema”.

Su propia experiencia vital le hizo reafirmarse en esos valores. Y desde ella, acometió la reforma de un país que se venía a pique. Margaret Thatcher creía que la economía del Reino Unido debía reactivarse con reformas drásticas, una economía que cuando ella llegó al poder estaba esclerotizada por el enorme volumen del Estado y el inmovilismo de unos sindicatos que se negaban a admitir ninguna reforma, aún con paro e inflación en cifras récord, especialmente récord para un país que menos de un siglo antes era el más rico del mundo.

Thatcher creía que el dinero que el Estado regala mediante subvenciones lo obtiene quitándoselo a empresas e individuos, que son quienes generan la riqueza, y que cuando esa cantidad es excesiva se impide la creación de bienestar y empleo. Creía que un Estado grande necesita muchos recursos, lo que supone mucho dinero extraído a quienes generan la riqueza, muchas trabas para que puedan prosperar. Quizá esto lo aprendió en la tienda de su padre. Quizá le ayudó en la contabilidad y sabía cuánto pueden llegar a afectar los impuestos altos y las trabas burocráticas a la marcha de un pequeño y humilde negocio.

Ella creía en la iniciativa privada, en dar facilidades a los individuos, en eliminar barreras para que las personas desarrollen su talento y sus cualidades, generando en el camino empresas, y con ellas puestos de trabajo, riqueza, empleo, prosperidad. Creía que la prosperidad y el bienestar de las familias depende y se basa en este principio básico, no en quitarles recursos para mantener la enorme y anquilosada maquinaria de un Estado incapaz de proporcionarles lo que necesitan.

Thatcher

Margaret Thatcher, como líder de la oposición en 1975 (Foto: Library of Congress / Wikimedia Commons)

Creía en la austeridad, porque es la manera que tiene quien es humilde de salir de las dificultades del día a día. Sabía valorar el valor de las cosas porque siempre las obtuvo con su esfuerzo y su trabajo. Por ello odiaba el despilfarro, y por ello aplicó políticas austeras en el gasto del Estado durante sus mandatos. Hoy es irónico pensar que dejó dicho que no quería que le hiciesen en su muerte funerales de Estado porque era un despilfarro de dinero sin sentido. Reconforta mirar atrás y ver que hubo una líder que pensaba que cada dinero que gasta un político en una obra inútil, en una subvención a un amigo, o en un programa innecesario, se lo quita a las familias y a las personas. Que tuvo conciencia de que el dinero público no es “de nadie” –como dijo una exministra española- sino que es de todos. Quizá por ello Thatcher decía que “No existe tal cosa como la sociedad; hay hombres, y mujeres y hay familias”. Que sufren y padecen.

Es una manera de ver las cosas. Quizá aprendida desde muy niña, con la clase de aprendizaje que ofrece la observación y el padecer la adversidad, los obstáculos y los problemas del día a día. A veces cuando miramos las cosas desde la perspectiva de abstracciones como “La sociedad” nos olvidamos de los verdaderos problemas de los individuos. Así lo veía ella.

A ella nadie le regaló nunca nada. Dicen que ya con 9 años un profesor le entregó un premio en el colegio por un trabajo que había hecho y le dio la enhorabuena y felicitó por su suerte en obtenerlo. La pequeña contestó: “No he tenido suerte. Me lo he ganado”. Y desde ahí, y con su esfuerzo fue sacando los estudios ayudando a su padre. Años más tarde consiguió entrar en Oxford, una institución educativa reservada generalmente a los más pudientes o a quienes pertenecían a un estrato social y económico alto. Sólo unos pocos conseguían entrar mediante una beca fruto de su talento. Ella lo fue. Y supo brillar entre ellos y mucho más que ellos.

A los pocos años inició su carrera política después de acabar Químicas y Derecho, y desde el principio destacó siempre sobre sus compañeros por su firmeza y por la fuerza de sus convicciones. De valores conservadores, a ella ningún político de izquierdas le iba a enseñar lo que valen las cosas, lo que es no tener todos los recursos al alcance de la mano.  Por ello no tenía los complejos de muchos de sus compañeros de filas. Tenía las ideas muy claras y la fuerza y la convicción para ponerlas en marcha. Con esa actitud hizo historia convirtiéndose en la primera Primera Ministra de la historia de una de las naciones más poderosas del mundo. En realidad, fue la primera Primera Ministra de una potencia occidental.

Y una vez en el Gobierno puso en marcha las ideas y los valores que definen su pensamiento político. Se le achacó ser inflexible, terca y expeditiva. Ella misma avisó: “No soy una política de consenso. Soy una política de convicciones.”

(continuará)

Fígaro | pseudónimo
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