Albert Camus

Septiembre 17, 2015

mediaPocos escritores han sido tan íntegros y fieles a sus ideas, principios y convicciones como Albert Camus. Su obra es el espejo de su alma libre; sus acciones, de su valentía y fuerza de voluntad; su vida, un ejemplo irremplazable.

Condenado largo tiempo al ostracismo y duramente criticado por un amplio sector de la intelectualidad de izquierdas, resucitado y reivindicado hoy por los amantes de la libertad, el autor de El Mito de Sísifo y El Hombre Rebelde, de La Peste y El Extranjero, se levanta en el presente como un gigante que estaba dormido y se erige en un referente difícilmente igualable en el mundo literario contemporáneo. En los últimos años su obra ha cobrado nuevo vigor y hoy se relee no sólo en Francia y en Europa, sino en lugares como Egipto, Irán, Venezuela o Ucrania, allí donde los individuos intentan avanzar en el camino de la libertad derrotando a la opresión y a la corrupción de aparatos estatales que subyugan sus libertades individuales. El Hombre Rebelde es ahora un libro de referencia en muchos de esos lugares. La Peste se convirtió en un bestseller en Japón tras el accidente nuclear en Fukushima.

Hijo de un pied noir, nació en Argelia en el seno de una familia pobre y sin recursos. Su origen humilde hizo que siempre defendiera la causa de aquellos que más necesitan ser defendidos, si bien como él mismo afirmó con su habitual honestidad intelectual: “Si tuviera que elegir entre mi madre y la justicia elegiría a mi madre”. Militante comunista en su juventud, renegó de dicha ideología más adelante, y la criticó con dureza. Se enfrentó con valentía a la intelligentsia marxista, y desnudó la hipocresía de la gauche divine, de aquella que defendía y justificaba aún después de la Segunda Guerra Mundial el totalitarismo comunista. Hacerlo le costó someterse a una crítica despiadada de una parte de la elite de la cultura francesa. Frente a la justificación que esta hacía de las atrocidades cometidas tras el telón de acero, Camus defendía que “una vida vale mucho más que una idea”, y se opuso con dureza al estalinismo, al terrorismo y a cualquier forma de violencia como instrumento para la acción política. Su obra es un canto a la individualidad, a la libertad, a la rebeldía del hombre “frente a una realidad que le supera”, siempre intentando encontrar el camino del bien, agotando la vida hasta las últimas consecuencias. En sus propias palabras: “La libertad no es sino una oportunidad de ser mejores”, o “Nos damos cuenta de que, junto con la libertad, la justicia es también profanada. ¿Cómo podemos romper este ciclo infernal? Obviamente, sólo puede hacerse reviviendo de una vez, tanto en nosotros mismos como en los demás, el valor de la libertad, y mediante nunca jamás acordar su sacrificio, ni siquiera temporalmente, ni separarla de nuestra demanda de justicia”.

Su vida es el más sólido testimonio de su integridad y de su compromiso cívico con aquello que consideraba justo. Se enfrentó al nihilismo, a la ausencia de moral, al cinismo, y al relativismo. Militó en la Resistencia durante la ocupación alemana, donde destacó por su participación en la edición de la revista clandestina Combat. Fue leal a sí mismo y a su pensamiento y pagó a veces un alto precio por ello. Su célebre enfrentamiento con Jean Paul Sartre y sus acólitos constituye un ejemplo de la lucha del intelectual libre y leal a la causa de la libertad contra aquellos que justifican el totalitarismo y sacrifican al hombre y su libertad en aras de materializar una idea, de alcanzar un supuesto paraíso sobre la tierra. Fue un hombre de firmes convicciones, lo suficientemente sabio y honesto como para no pretender tener respuestas para todas la preguntas. No produjo –ni pretendió hacerlo- ningún gran sistema filosófico, pero sus textos y lúcidas reflexiones ayudan a encontrar respuestas a muchas de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. El Mito de Sísifo y El Hombre Rebelde son sin duda dos de los más grandes ensayos escritos en el siglo XX. Sencillamente imprescindibles. Sus reflexiones sobre el sentido de la vida, la libertad del hombre, la búsqueda de su lugar en el mundo, sobre la justicia, el deber moral, su defensa del bien frente al mal, del tomar partido en defensa de la causa justa, nos ilustran y sirven de guía para analizar y enfrentarnos a cuestiones que siguen necesitando respuesta o, cuando menos, un posicionamiento. Entre ellas, las cuestiones políticas: “El hombre moderno está obligado a ocuparse de la política. Yo me ocupo de ella porque tanto más entre mis defectos que entre mis cualidades está el de no haber sabido nunca rehusar las obligaciones que encontraba.” Para Camus, la defensa de la libertad y de la causa más justa eran, pues, irrechazables, una auténtica obligación moral para cualquier hombre, pero en especial para el escritor o el pensador. Así lo expresó en el discurso que pronunció en Estocolmo el 10 de diciembre de 1957, en la Ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura con el que fue galardonado, y que es el fragmento que hemos querido rescatar para nuestra sección:

“(…) El papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo y privado de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía con sus millones de hombres no podrán arrojarle de su soledad, incluso y sobre todo si él consintiera en acomodarse a su paso. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en otro lugar del mundo, bastará para sacar al escritor del exilio, cada vez, al menos, que logre, mediante los privilegios de la libertad, no olvidar ese silencio y lo haga resonar mediante todos los medios del arte.

 

 Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, arrojado a los hierros de la tiranía o libre por un tiempo para expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva que le justificará, con la sola condición de que acepte mientras pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el de la libertad. Y dado que su vocación es la de reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, allí donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

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Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin refugio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones de nuestro tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento oscuro de que escribir era hoy un honor, porque ese acto obligaba, y obligaba a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como estaba y con arreglo a mis fuerzas, a llevar, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza que compartimos. Estos hombres, nacidos al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que tenían veinte años en el tiempo en el que se instauraron a la vez el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que se enfrentaron justo después, para completar su educación, con la guerra de España, con la Segunda Guerra Mundial, con el universo de los campos de concentración, y con la Europa de la tortura y las prisiones, deben hoy elevar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Nadie, supongo, les puede pedir que sean optimistas. Y llego también a pensar que debemos comprender, sin dejar de luchar contra ellos, contra el error de aquellos que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho al deshonor y se han arrojado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la búsqueda de una legitimidad. Les ha hecho falta forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, para nacer una segunda vez y luchar después, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que reina en nuestra historia.

 

Cada generación se cree sin duda destinada a rehacer el mundo. La mía sabe por tanto que no lo rehará. Pero su tarea es quizá más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, donde poderes mediocres pueden destruirlo todo pero no saben ya más convencer; en el que la inteligencia se humilla hasta hacerse servidora del odio y de la opresión, esa generación ha debido, ella misma y a su alrededor, restaurar, a partir de sus propias negaciones, un poco de aquello que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, donde nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre los reinos de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo trabajo y cultura, y rehacer con todos los hombres una nueva arca de la alianza. No es seguro que esta generación pueda jamás llevar a cabo esa tarea inmensa, pero lo cierto es que por todo el mundo tiene ya hecha su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad, y, llegado al momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada donde quiera que se encuentre y, sobre todo, allí donde ella se sacrifica. Es a ella, estando seguro de vuestra profunda aprobación, a quien quisiera yo dedicar el honor que acaban ustedes de hacerme.”

Merece la pena volver a Camus.

Fígaro | pseudónimo
FLORIDABLANCA CAFÉ

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