Raymond Aron: ¿Qué actitud debemos adoptar con respecto a la Nueva Izquierda?

¿Qué actitud debemos adoptar con respecto a la Nueva Izquierda? Me saldría del marco de este breve estudio si pretendiese dar una respuesta general a esta pregunta, puesto que, según los países y los sectores, las circunstancias varían; me atendré por tanto a las conclusiones que se desprenden del propio análisis. La Nueva Izquierda no deja de recordar la función positiva que los conflictos desempeñan en los cambios sociales. Entendamos ese lenguaje y, nosotros, los liberales, entablemos batalla. Puesto que quieren ser nuestros enemigos, no ignoremos su hostilidad. La resistencia liberal no implica en absoluto el rechazo a las reformas. Nada impide comprender, nada obliga a odiar a quienes se combate. Como reafirmación de los valores impugnados, de las instituciones atacadas, la resistencia liberal aspira a derrotar a la Nueva Izquierda en el sentido que he dado a la derrota, esto es, la derrota que representará históricamente la única victoria posible, la recuperación liberal de las reivindicaciones libertarias, parcialmente realizables.

La parálisis de la resistencia liberal obedece a dos causas. El orden liberal exige que la autoridad goce de cierto respeto: si los padres, los maestros, los superiores en la jerarquía, los hombres doctos ya no inspiran respeto, no subsiste más que la fuerza desnuda o la anarquía. La segunda causa de la parálisis liberal reside menos en la mala conciencia de los defensores que en la edad de los agresores. Los adultos no quieren luchar contra los jóvenes, los padres vacilan en enfrentarse a sus hijos. ¿Acaso no tienen estos razón, pues representan el porvenir y dirán la última palabra?

En cada país, la vieja izquierda o la burguesía liberal tienen motivos para la mala conciencia: la guerra de Vietnam, la decadencia nacional, el hitlerismo ya lejano pero aún no superado espiritualmente. La jerarquía, laica o religiosa, universal o católica, siempre ha traicionado su misión en cierta medida (los hombres son imperfectos), pero la traiciona más todavía en el momento en que permite el escarnio de los principios en los que se basa y que tiene a su cargo. La edad de los contestatarios no significa nada; cuando los estudiantes desprecian a sus mayores, los docentes, hayan o no hayan merecido su suerte, estos no recuperarán la confianza o la amistad perdidas si capitulan ante la violencia, verbal o física, incompatible con ética universitaria.

Se olvida demasiado a menudo que el orden liberal reposa en el respeto a la ley y a las autoridades respetables. Cuando los estudiantes injurian a los hombres de mayor edad como tales (<< sois viejos>>), o a los docentes como tales, el psicoanalista puede y debe comprenderlos como comprende a quienes padecen un trastorno, pero el profesor puede y debe oponerse a sus excesos: si no lo hace, no los trata como iguales. Tengamos cuidado: el adulto que predica la indulgencia para con los peores excesos, que teme perder a los jóvenes si afirma su propia experiencia o su saber, comete en realidad el pecado del paternalismo. El culto a la juventud cae en la puerilidad; los adultos que practican ese culto no ayudan a la juventud a madurar y, por ello mismo, la hunden en su desgracia. << El que no tiene el espíritu de edad, de su edad tiene toda la desdicha>>. No dejemos a esos jóvenes que quieren ser hombres de honor el derecho a ser tomados en serio -y no de forma trágica.

Aron, R (2018). La libertad, ¿liberal o libertaria?, Barcelona: Página Indómita.

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