Ramón Espinar y las escalas de la corrupción, por Vauvernagues

Resultan increíbles las defensas de Espinar y la desfachatez con la que éste respondió a los periodistas ayer. Denotan, en cualquier caso, que el espectador podemita medio puede envainarse la implacable lógica de la sospecha y empatizar con los que se justifican. Es un cambio psicológico importante en la forma de hacer atribuciones y de explicarse hechos, un cambio del que no nos libramos nadie con algún tipo de “partisanismo” político. Demuestra además que Podemos ya tiene una audiencia normalizada. Pero es un cambio especialmente doloroso y difícil: su discurso no está hecho para el repliegue.

Evidentemente, su forma más fácil de defenderse es apelar a la medida, “¡no se puede comparar!” Pero por supuesto que se puede comparar. Las corrupciones de Ramón Espinar con 21 años tienen la medida de un Ramón Espinar de 21 años. Las comparaciones con las corrupciones de altos responsables políticos con una carrera dilatada solo pueden hacerse en términos relativos. Algunos dirán que, incluso en términos relativos, las corrupciones de Ramón, como las de otros dirigentes podemitas antes, son mucho menores o inexistentes. El problema es, sin embargo, que la mera comparación ya les representa una grave deslegitimación, porque su fuerza depende de hacer creíble la inconmensurabilidad de dos estratos sociales y de sus correspondientes tipos de personas.

Podemos llega a la política española con un discurso absolutamente primario dedicado a hacer creer que cualquier ausencia proviene de una usurpación: lo que no tienes te lo han robado. Y Ramón Espinar, de hecho, le quitó el piso a otra persona que por principio le hubiera dado un uso más adecuado. Dice que las circunstancias le obligaron a venderlo, pero la realidad es que, independientemente de las intenciones, el destinatario final de ese piso de protección acabó pagando unas cuántas decenas de miles euros más solo un año después. El azote de los especuladores sacó por el camino una plusvalía de un 15% en solo un año sin apenas haber terminado la carrera. En su defensa repitió que lo vendió al precio estipulado por la Comunidad de Madrid y que no pudo hacerlo de otra forma, pero no es verdad. Lo vendió al precio máximo que le permitía la Comunidad de Madrid, cosa muy distinta, y esa plusvalía la acabó pagando un tercero.

Todo esto sería anecdótico si no se dieran las condiciones de sainete a las que nos empiezan a acostumbrar muy rápido los de Podemos. Ramón Espinar fue el encargado de las cuestiones de vivienda en el partido, perseguidor incansable de quienes supuestamente hacían lo que él ya había hecho a escala de aprendiz. Su adjudicación formó parte del 15% que la cooperativa otorgaba a discreción –a alguien, en este caso, sin medios para pagarla. Además, su padre, exconsejero de Caja Madrid, que según dice le prestó parte del dinero de la entrada, es uno de los imputados en el asunto de las tarjetas black –de los que más cera le dio a la prebenda. ¿Os imagináis lo que el pestilente discurso podemita podría hacer con semejantes mimbres? Resulta sorprendente, en este sentido, que los periodistas en la rueda de prensa no tuvieran más colmillo al hacerle las preguntas.

En cualquier caso, Podemos pierde poco a poco la única credibilidad de la que puede disponer: la que se otorga a una religión. Mostrar una intachable pulcritud hacia lo público es su oportunidad de mantener viva la representación bicolor del mundo. En ella, las atribuciones morales están incrustadas en los dos niveles de realidad humana y social, y la corrupción no es una pendiente por la que en algún momento puede dirigirse toda alma humana. Nosotros, mientras tanto, seguiremos cobrándoles sus faltas al cambio que ellos mismos han establecido. Y sus faltas serán siempre falsaciones.

Vauvenargues

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