Rajoy: ¿excel o democracia?, por Ricardo Calleja

¿Cree Rajoy en la democracia? Sí… y no.

El Presidente del Gobierno cree sin duda en la democracia como sistema formal y razonable de atribución pacífica del poder, porque “las formas hacen Estado”. Y lo respeta (no como otros que, cuando pueden, se saltan las reglas para alcanzar sus fines).

Pero no cree en la democracia como fenómeno de participación ciudadana en las deliberaciones públicas. Por eso no tiene interés en dar la cara, ni en fomentar el debate interno o externo. Para el Presidente nada bueno puede salir de ahí: solo inestabilidad. Una inestabilidad que retrasaría la recuperación económica.

Cuando el pasado lunes el Presidente del Partido Popular compareció para aceptar que a la vista de los resultados del 24M “había que hacer más comunicación”, se excusó ante los periodistas señalando que había estado ocupado “evitando el rescate financiero”. habla_pueblo_habla-sonolan1976Es decir, para él gobernar no es una actividad que se realice en comunicación con otros, sino una tarea titánica, que cae sobre sus hombros y los de un reducido grupo de personas de su confianza. En este sentido (no en otros), Rajoy es un tecnócrata en la más pura tradición del “Estado de obras” de Fernández de la Mora. Un déspota ilustrado: todo para el pueblo… pero sin el pueblo.

El presidente del gobierno español no es el primero que -como Hobbes- considera que la deliberación pública es fuente de facciones y conflictos que llevan a la “guerra de todos contra todos”. Es fácil pensar que así lo vea, sobre todo cuando se refiere a su propio partido, donde ha sentido en sus carnes que “el hombre es un lobo para el hombre”. En este modelo de democracia, el pueblo tiene por única función política la aclamación de la gestión, como explicaría un Carl Schmitt. Permanecer reunido por más tiempo para discutir sería perturbador. Rajoy parece seguir a la letra el libro XII de la Metafísica de Aristóteles que sentencia misteriosamente: “Los seres no quieren estar mal gobernados. No es bueno que manden muchos; que haya un solo señor”.  Es decir: él. Mariano. Que sabe lo que nos conviene.

Para Rajoy, la única manera de conservar la estabilidad es que se obedezca lo que diga el soberano, sin especial discusión (sus 186 diputados a la orden). Sigue la lógica hobbesiana del “protego, ergo obligo”. Cuando dice que “sobre esto vamos a reflexionar cuidadosamente” (como dijo el lunes que haría a propósito de los resultados, y ya declaró tras las elecciones europeas) es seguro que de ahí no saldrá ningún cambio a la dirección ya establecida. Rajoy va puntualmente a las reuniones de su partido como los señores serios de toda la vida a su cita con el peluquero: a que le corten el pelo –las puntas- “como siempre, y en silencio”.

Pero, ¿no es esto lo que buscamos cuando pedimos un nuevo liderazgo político ante las decisiones más difíciles? ¿No nos llenamos la boca diciendo que hacen falta líderes que sean capaces de hacer lo que no concita aplauso, pero es lo que se debe hacer? ¿No es Rajoy acaso el paradigma de “me importa un pito la popularidad, voy a hacer lo que creo que hay que hacer”? ¿No es -o podría ser- su 2,3 de aceptación a la postre una buena señal?

Rajoy quizá se ve como el Juez Priest en el clásico de John Ford El sol siempre brilla en Kentuky. En aquella deliciosa película del oeste, el venerable juez Priest se enfrenta a las bandas que quieren linchar a un chico que parece culpable. Al final, después de la reelección del Juez, los opositores se unen a la universal alabanza a su salvador, empuñando la pancarta “He saved us from ourselves” (nos salvó de nosotros mismos), porque no hizo lo que le pedimos, sino todo lo contrario.

Foto © AP

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Dentro de las limitaciones de la democracia como sistema político, esta eventualidad –el ejercicio de la autoridad contra la opinión pública- es necesaria para que pueda haber buenas decisiones en contextos complejos, donde la opinión pública pierde la visión del largo plazo. Eso sí, estas decisiones deben estar siempre dentro de la ley y no pueden eludir el juicio del voto popular en las siguientes elecciones. En democracia el gobernante no representa a los electores de las anteriores elecciones (que es verdad, le dieron el poder), sino a los votantes de las próximas elecciones: los que habrían de aprobar su gestión a posteriori. Para esos, parece pensar Rajoy, es preciso gobernar.

Es perturbador pensar que quizá necesitábamos a alguien como Rajoy para curarnos del efecto desestabilizador de la “indignación”, sin que pusiera en riesgo la recuperación económica. Y eso a pesar de todos los defectos y limitaciones de nuestro presidente, así como de la no menos perturbadora constatación de que nuestro sistema político y económico vienen a ser los mismos que nos llevaron a la crisis, solo que con bótox y sin gripe.

Aun así, la pregunta es inevitable: ¿no ha llegado el momento de que Rajoy se quite de en medio de modo ordenado, para hacer posible la receptividad del sistema político -y del PP en particular- a las demandas de la sociedad y restablecer la representatividad del gobierno y la confianza en las instituciones?

Es impensable que Rajoy se mueva un ápice de sus planes motu proprio. Así lo avisó el lunes, a pesar de que muchos españoles se lo han pedido por favor en las municipales y autonómicas.

Entonces, aquí y ahora, ¿qué debemos hacer, pensando en lo mejor para todos? ¿Obedecer al soberano de los 186 diputados y contribuir a la estabilidad aguantando en nuestros puestos, como hiciera Benito Cereno en la novela de Melville? ¿O proclamar el naufragio y abandonar el barco cuando todavía estamos a tiempo de salvar los trastos? No son opciones intelectuales. Tomar partido por una u otra las hace más probables. Nos hace, por tanto, responsables del incierto desenlace. No cabe encogerse de hombros y volver al excel. Esto ya sería una decisión. Precisamente la que ofrece Rajoy, que se ha propuesto salvarnos de nosotros mismos.

Ricardo Calleja
  • Rosablanca

    Si hay que tomar una decisión, yo ya sé cuál es la mía. Empujar todo lo posible para lograr un congreso extraordinario del Partido Popular que elija un nuevo presidente y candidato, con un nuevo equipo. Creo que hay caras de sobra (aunque muchas tendrán que mantenerse en segundo plano por su relación con corruptos), gente joven con ideas y empuje -Floridablanca es una prueba- y madurez y estado de alerta más que suficiente para saber pasar de la confrontación de ideas y proyectos a la unidad razonable en torno al nuevo liderazgo. Cada día que pasa es un día perdido, mientras la gente comenta, calcula, murmura, y no se lanza.

  • J.Eduardo

    Para algunos el derecho natural consiste en que el señor Rajoy culmine “su obra” dándole la posibilidad de permanecer otros cuatro años en el poder. Sucede sin embargo que las circunstancias no son las óptimas para que esto ocurra y que nuestro país es más importante que cualquier persona y cualquier partido. Una renuncia por su parte e impulsar la renovación y transformación de su partido en una opción liberal de verdad, en el sentido español del término, sería la mayor contribución que ningún político hubiera hecho en décadas. Esta alternativa sí que nos aproximaría al auténtico derecho natural, que se circunscribe al derecho a la vida, a la libertad de desarrollo individual y de propiedad. Poner las velas del navío a favor de esos vientos, dejar hacer a los ciudadanos, destejiendo poco a poco la inmensa maraña legislativa y burocrática que constriñe a la sociedad y le impide desarrollarse frente al conglomerado de intereses en el que se convirtió ya hace mucho tiempo el Estado, que crece a expensas de quien le mantiene. No es idealismo confiar en un sencillo gesto de humildad y responsabilidad, dejar que otros, los que realmente pueden, pongan en marcha ese cambio. Si en unos meses aquellos enemigos de estos principios han organizado partidos, han movilizado personas y encontrado “líderes” de la nada, ¿no se podría hacer lo mismo sin tener que partir de cero y con un espíritu de creación frente a la destrucción?

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