El personalismo de Jacques Maritain, por Jorge Cabrera

El Palazzo Farnese, sede de la Embajada de Francia en Italia, es uno de los edificios más bellos de Roma. En el diseño de su fachada intervino Miguel Ángel y en la galería del primer piso, o piano nobile, pueden contemplarse los famosos frescos que Annibale Carracci dedicó a recrear temas extraídos de “Las Metamorfosis” de Ovidio; frescos que el filósofo francés Jacques Maritain debió de tener ocasión de admirar durante su etapa como Embajador ante la Santa Sede. Sin embargo, imagino más frecuentes sus visitas a San Luis de los franceses, la iglesia nacional de la Francia laica y republicana en Roma, conocida sobre todo porque Caravaggio pintó “La vocación de Mateo” para una de sus capillas, la llamada Contarelli, donde todavía sigue hoy en día.

Es difícil encontrar un contraste mayor en los inicios del periodo barroco que el existente entre los frescos Farnese y el lienzo de Caravaggio. No ya solamente por su temática, mitológica una y religiosa la otra, o por su técnica y tratamiento de la luz, sino sobre todo por su diferente aproximación a la realidad. Si Carracci inaugura con la vitalidad sobrehumana de sus figuras y los trampantojos arquitectónicos el impulso típicamente barroco por superar la realidad, Caravaggio profundiza en ella para mostrarla de la manera más cruda y cercana posible, de modo que la historia se haga relevante para el espectador como acontecimiento real, no idealizado. Traigo aquí a colación este contraste porque, como decía, imagino a Maritain más fuertemente atraído por la segunda de estas dos obras, ambas tan estrechamente vinculadas a la presencia de su país en la capital de la cristiandad. Después de todo, no puede olvidarse que su pensamiento se funda en un realismo ontológico de herencia tomista; realismo según el cual la existencia que nos rodea y de la que formamos parte no es un constructo del entendimiento, sino que está dotada de un ser que la razón es capaz de aprehender, acercándose así a la verdad. Los escritos de Santo Tomás de Aquino, con los que el joven Maritain se encontró poco después de su conversión al catolicismo (ocurrida en 1906 cuando contaba con 24 años) fueron, en efecto, la influencia más importante en la corriente filosófica conocida como personalismo alumbrada por el propio Maritain. Libros como “Humanismo Integral”, “La persona y el bien común”, o el más tardío “El hombre y el Estado” pueden ser considerados como una creativa aplicación del tomismo a la realidad política de la primera mitad del siglo XX.

El primero de ellos (Humanismo Integral), publicado en 1936, fue escrito como respuesta al auge de los totalitarismos, pero también como alternativa a los excesos del individualismo. En él se concibe al ser humano como una totalidad dotada de una doble dimensión, material y espiritual, que debe ser tenida en cuenta y respetada siempre. Para Maritain el ser humano es, antes que nada, persona, y ello significa que no puede ser reducido ni a la suma de sus relaciones, acciones o preferencias, ni tampoco a su condición de miembro de las comunidades políticas, sociales o religiosas en las que está integrado. La persona tiene una vocación trascendente que supera todos esos elementos y posee una inviolable dignidad que no depende de ningún poder ni reconocimiento.

Un rasgo fundamental del pensamiento político de Maritain es la convicción de que tal noción de la persona es perfectamente compatible con la democracia liberal, lo que, gracias a la difusión y el prestigio alcanzado por sus obras, le convertiría en referencia indispensable para la formación de las democracias cristianas tras la Segunda Guerra Mundial. Por encima de sus matices personales, líderes de la talla de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gaspieri compartían con Maritain principios como la subsidiariedad, el rechazo de la violencia, el respeto debido a la naturaleza humana o la solidaridad y atención a los desfavorecidos. Principios que están en la médula del proyecto europeo. Todo ello acompañado de una visión positiva de la libertad como capacidad, no únicamente para rechazar la intromisión del Estado o de otros agentes, sino también para abrazar lo bueno y construir el bien común.

El bien común es, precisamente, otro de los conceptos centrales del personalismo. En “La persona y el bien común”, de 1947, Maritain atribuye a éste un amplio contenido que abarcaría, además del “conjunto de bienes o servicios de utilidad pública o de interés nacionaly delas leyes justas, las buenas costumbres y las sabias instituciones”, algo que él mismo califica como más profundo: “la integración sociológica de todo lo que supone conciencia cívica, de las virtudes políticas y del sentido del derecho y de la libertad, y de todo lo que hay de actividad, de prosperidad material, de tesoros espirituales, de sabiduría tradicional, de rectitud moral, de justicia, de amistad, de felicidad, de virtud y heroísmo en la vida de los miembros de la comunidad en cuanto todo esto es comunicable y se distribuye y es participado por cada uno de ellos, ayudándoles así a perfeccionar su vida y su libertad de persona”.

La relevancia del pensamiento de Maritain se mantiene absolutamente vigente hoy en día, cuando asistimos a la difusión en nuestras sociedades de una combinación de tendencias colectivistas e individualistas igualmente deshumanizadoras; cuando la tecnología permite un control sin precedentes de nuestras vidas y alimenta una reducción del ser humano a su huella digital facilitando que dejemos cada vez más en manos de los algoritmos nuestras decisiones. Ante los dilemas del presente y del futuro, necesitaremos más que nunca un concepto integral de persona aplicado a la práctica de las relaciones humanas y, entre ellas, a la política. No se trata, sin embargo, de que un partido se arrogue en exclusiva la defensa de las tesis del personalismo o el humanismo cristiano, lo que se presta a una instrumentalización de algo que supera por definición el ámbito de la política; pero sí que esos valores no queden relegados como una inconveniente molestia, sino que, por el contrario, sirvan de inspiración para la acción del más amplio espectro posible de personas, movimientos sociales y formaciones políticas.

Jorge Cabrera

 

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