Pensiones: propuestas frente a demagogia, por J. S. Íscar

EFE

Recientemente se celebró en el Congreso un debate monográfico sobre las pensiones, su situación actual y su perspectiva futura. De nuevo, asistimos a una sesión donde no se abordó el problema en el ámbito político, ya que las propuestas de todos los grupos se emitieron buscando el rédito electoral cortoplacista en lugar de anteponer a dichos intereses el sentido de Estado que debería imperar en todos ellos. No fue así.

Todas las propuestas competían en demagogia y populismo. Es cierto que el Gobierno fue quien más mantuvo los pies en el suelo, al repetir, una y otra vez, que si la economía no mejora más no se puede subir más el montante de las pensiones al no haber todavía suficientes cotizantes; pero con ello, que es sensato, tampoco ataca el verdadero problema de las pensiones en España, que es el sistema de reparto y su sostenibilidad estructural, donde difícilmente, por muy bien que vaya la economía, habrá suficientes trabajadores para sostener a cada pensionista. El resto de grupos, todos en línea con lo políticamente correcto y con las promesas fáciles de hacer y fáciles de romper: desde afirmaciones que claman por pensiones dignas, pero que no abordan el problema de cómo sufragarlas, hasta las propuestas de volver a revalorizar las pensiones con la inflación.

Mientras tanto, la comisión del Pacto de Toledo continúa con sus trabajos, pero se suceden las mismas afirmaciones y propuestas que las planteadas en el Pleno: una propuesta de mejores pensiones, más altas y que satisfagan a todos, lo cual puede estar muy bien como objetivo de un mundo idílico, pero antes debería abordarse cómo sostenerlas y cómo garantizarlas.

El sistema público de pensiones en España es un sistema de reparto, que se ideó en España después de la Guerra Civil, siguiendo los pasos del SOE y del SOVI (primer sistema tras la contienda). Conforme a dicho sistema de reparto, lo que cada cotizante aporta a la Seguridad Social no es para su pensión del día de mañana, sino para pagar la pensión de los actuales jubilados. Es cierto que devenga unos derechos, pero no lo es que dicha aportación vaya a nutrir una cuenta futura para el pago de su pensión.

Cuando dicho sistema comienza a idearse en los años cincuenta, y cuando se pone en marcha en los años sesenta, la población española era una población joven, con un gran número de nacimientos y una esperanza de vida no muy elevada. Entonces, entre los 15 y los 29 años es donde más amplia era la pirámide poblacional española, siendo también muy robusta en los tramos inferiores y en los superiores hasta los 49 años, con un escaso porcentaje de personas que sobrepasasen los setenta años. Así, la esperanza de vida era de 62,10 años en 1950 y de 69,85 años en 1960, creciendo poco a poco en las décadas siguientes (por ejemplo, en 1991 era de 73,5 años en el caso de los hombres y de 80,7 años en el caso de las mujeres). Por otra parte, la tasa bruta de natalidad creció, de media estable, un 21% entre 1957 y 1966. Dichos crecimientos importantes de la natalidad se mantuvieron, aunque algo desacelerados, hasta 1976, donde la tasa de fertilidad cae de manera drástica.

Pues bien, el sistema público de pensiones en España se idea bajo esas premisas: una población joven y, por tanto, un gran número de activos en el mercado laboral –que tenían cabida en el mismo gracias al desarrollismo español de los años sesenta, además de a la emigración-, un gran número de nacimientos que garantizaban la sostenibilidad del sistema durante décadas, y un número reducido de personas mayores, que disminuía mucho el número de pensionistas, al tiempo que la esperanza de vida no sobrepasaba, o lo hacía por poco, los setenta años en el caso masculino, con lo que el pago de pensiones estaba, de media, en cinco años.

Sin embargo, la natalidad cayó a plomo, como decía, impidiendo el relevo generacional en el mercado laboral con la misma intensidad que cuando se ideó el sistema, de manera que el número de activos para cada pensionista disminuye por este motivo.

De la misma manera, la esperanza de vida, gracias a Dios, se ha incrementado mucho, hasta los 80,4 años en el caso de los hombres y los 85,9 años en el caso de las mujeres, con lo que el número de años en los que un pensionista cobra su pensión es mucho mayor.

También, desde hace un par de décadas, asistimos a muchas jubilaciones anticipadas, que incorporan a nuevos pensionistas entre tres y cinco años antes de la anterior edad legal de jubilación (65 años).

Todo ello unido hace que el número de activos por pensionista se reduzca mucho. Además, la tasa de sustitución o reemplazo de las pensiones es ahora mucho más alta, es decir, la pensión es mucho más parecida al salario que lo era en aquellos años iniciales del sistema.

Con todo el conjunto, el sistema se torna en insostenible, las matemáticas no fallan. Y más insostenible será en los años venideros, cuando toda la generación del baby boom se jubile. Recordemos que fue más de una década de un crecimiento sostenido y estable de nacimientos al 21% sobre cada año; por tanto, todas esas personas van a ir jubilándose en la próxima década de manera paulatina pero inexorable, que hará aumentar mucho el número de pensionistas.

Por eso, el sistema está matemáticamente quebrado. Puede haber manifestaciones, quejas, protestas y debates, pero las cuentas no engañan e indican su quiebra. No sirven ya más brindis al sol, más promesas vacías, más juego político. Este tema es serio y debe abordarse, por tanto, con seriedad y respeto, alargar más la edad de jubilación e iniciar ya los estudios que conduzcan a su sustitución por un sistema de capitalización, donde cada cual aporte obligatoriamente a su propia pensión, donde las pensiones no contributivas vayan con cargo a los Presupuestos Generales del Estado y donde un conjunto de personas, los actuales jubilados y las que tengan una edad que les hace imposible capitalizar ya la pensión, vean respetados sus derechos con el pago de sus pensiones también vía Presupuestos Generales del Estado. De esta forma, salvaremos el sistema; de lo contrario, la quiebra está garantizada.

 

J. S. Íscar
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