Osados y resistentes frente a la comodidad, por Ignatius

En torno a la misma hora en que los españoles conocían el permiso “extraordinario” al etarra y asesino “Txapote” por decisión judicial -con el silencio de la Fiscalía y contra el criterio de la junta de tratamiento del centro penitenciario-, Floridablanca anunciaba que no quedaban entradas para el cinefórum con Iñaki Arteta, organizado en colaboración con la Fundación Villacisneros. Por si esto fuera poco, a lo largo de la jornada se hacía pública la condena de la Audiencia Nacional a cierta tuitera conocida por ofender a las víctimas del terrorismo y desear la muerte a quien no coincide con su “pensamiento”.

En esta “normalidad” democrática se celebró en Madrid el cinefórum de Floridablanca y Villacisneros. Éxito de convocatoria. Más de cien personas, entre las que llamaba la atención la presencia de muchos jóvenes comprometidos con la realidad de su país. Todos reunidos, en una tarde primaveral, para ver el resumen de cuatro películas documentales del cineasta Iñaki Arteta y participar en el coloquio posterior.

El acto comenzó con una breve presentación a cargo de Isabel Benjumea, directora de Red Floridablanca; Iñigo Gómez-Pineda, presidente de la Fundación Villacisneros; y el propio director de los documentales, Iñaki Arteta. Durante estas primeras intervenciones, coincidieron en la necesidad de denunciar “el estado de impunidad del que la prensa no habla, pero que Iñaki Arteta recoge en su cine” (Gómez-Pineda), en la convicción de que “la libertad y la vida son las cosas por las que verdaderamente merece la pena luchar” (Arteta) y, cómo no, en “la obligación de todos los españoles de exigir memoria, dignidad, verdad y justicia para las víctimas de ETA” (Benjumea). Cosas tan evidentes como olvidadas por gran parte de la sociedad y sus representantes -¡que nada enturbie la comodidad!-, aunque ello suponga un elevado coste que no se podrá resolver por decreto.

Antes de comenzar la proyección, Arteta habló de la soledad del disidente al que se arrincona, si bien en ese rincón ha encontrado gente maravillosa que, antes que él, había estado denunciando y plantando cara al terrorismo y a sus cómplices. Una de estas personas estaba en la sala: una mujer siempre discreta, dulce y alegre. Pero que ninguno de estos adjetivos llame a engaño. Porque ella es la mejor prueba de que la discreción, la dulzura y la alegría no son incompatibles con la determinación y la valentía. Se trata de María San Gil. Especie en extinción que parece nutrirse inagotablemente de esos principios inquebrantables que, no hace mucho, un político del que sigue siendo su partido calificó de inútiles [según el portavoz del PP en el Congreso, te convierten en “una opción inútil”.]

Parece que, para algunos, la brújula moral y la política no pueden ir de la mano, pero San Gil y el resto del público demostraron ser de otra opinión. Y es probable que salieran reforzados en sus convicciones al ver, en versión resumida, los cuatro documentales del gran Arteta: Trece entre mil, El infierno vasco, 1980 y Contra la impunidad. Este último, es fruto del Proyecto Dignidad de la Fundación Villacisneros que busca, entre otros objetivos, aclarar los más de 300 asesinatos de ETA aún sin resolver, y reivindicar al verdadero relato sobre el que debe sustentarse el fin de ETA.

Una vez terminada la proyección, y con la sangre helada por la fuerza de las imágenes y los testimonios, se dio paso al coloquio. Éste se centró en temas como la difusión de los documentales; la dificultad para encontrar apoyo financiero para reflejar en el cine las vivencias de las víctimas -“la búsqueda de financiación para estas películas es descorazonadora: las élites miran para otro lado”, en palabras de Gómez-Pineda-; la dejación de funciones del Estado a la hora de enseñar a los jóvenes la historia del terrorismo en España, como denunció Iñaki Arteta; la subordinación de los intereses de España a los intereses de los partidos (Hermann Tertsch realizó una intervención que bien valía una conferencia); o el aviso de Isabel Benjumea sobre el olvido -“la peor condena que podemos infligir a las víctimas del terrorismo”-.

Pero no todo llevaba al pesimismo. Ni mucho menos. Porque el acto de ayer, en tiempos como los que vivimos, es un acto de osadía. De osadía frente a quienes quieren que el final de ETA lo escriba la propia ETA. Frente a quienes confunden la Razón de Estado con el Estado de Derecho. Frente a quienes se escudan en la libertad de expresión para blanquear a los terroristas y legitimar sus objetivos criminales.
Este cinefórum fue un reconocimiento a las víctimas del terrorismo. Y la reivindicación de una historia que es nuestra historia: la Historia de España, de nuestros derechos y libertades. El dolor, la pérdida y la injusticia no pueden caer en el olvido. Porque un país que no hace justicia a sus muertos, los mata doblemente.

Y fue también un aviso a navegantes. Las víctimas no estorban en el final de ETA, las víctimas dan sentido a su final. ¿O acaso sus muertes no han tenido sentido? ¿No nos han enseñado nada? ¿No hemos aprendido del coraje y la entereza de sus familiares? ¿No debemos recordar que por nuestras libertades murió un marido, un padre, un hermano, una hija, una abuela?

La respuesta la tienen ustedes en el acto del pasado miércoles 29 de marzo. Este cronista lo tiene claro y espera que de la colaboración fraguada entre Floridablanca y Villacisneros, salgan muchas iniciativas más. Porque, como se encargó de recordarnos Isabel Benjumea citando a Churchill, “no es momento para la comodidad y el confort, es el momento de la osadía y la resistencia”. Y los osados y resistentes saben que, al menos, con estas dos organizaciones pueden contar.

Ignatius

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