Por quien doblan las campanas de la nueva rebelión de las masas, por Luca Demontis

El fin de la segunda República ha puesto de nuevo en el centro de la escena política al gran protagonista del parlamentarismo italiano: la ingobernabilidad.

Sin embargo, esta nueva modalidad que asoma resulta inédita incluso en un país acostumbrado a los escenarios políticos creativos y extravagantes. La oleada populista anega el país, desbaratando las pantanosas expectativas depositadas en un gobierno de gran coalición, expectativas que permitían dormir plácidamente a los líderes internacionales y a los mercados. En la luz crepuscular de la grandiosa rebelión 2.0 de las masas occidentales, Italia recoge el testigo de la carrera hacia ignotos territorios ya iniciada por ingleses, estadounidenses y catalanes.

Es el digno resultado de una campaña electoral venenosa, tan escandalosa como monótona, llena de rencores personales y carente de lances para el recuerdo. Una clase política extremadamente impopular se ha dirigido a un país empobrecido, cansado y resignado, un país en el que la desconfianza por las instituciones democráticas ha alcanzado niveles inauditos: desde hace años, al menos 8 de cada diez ciudadanos aseguran no creer en la política.

Los grandes ausentes de la campaña electoral han sido dos, la población joven y la meridional, y ellos les han devuelto la cortesía votando en masa al MoVimento Cinque Stelle fundado por el cómico Beppe Grillo. Si acaso pudiera identificarse una clase social representativa del MoVimento, esta sería un vasto precariado, privado de poder de negociación y de representación, ignorado por partidos y sindicatos, que incuba un odio creciente por las elites políticas y económicas.

La “cuestión meridional” estaba fuera del radar de todos los spin doctor electorales, y el Mediodía ha aprovechado la ocasión para gritar la desesperación y la rabia sorda de la que se está impregnando el tejido social. Mientras diversas regiones del Norte registran rendimientos económicos análogos o incluso superiores a los alemanes, la mitad del país de Roma (incluida) hacia abajo parece dirigirse hacia el colapso económico y social, con un paro juvenil elevadísimo, una emigración inmensa y una clase dirigente depredadora –además de conchabada a diversos niveles con el crimen organizado. La práctica del federalismo ha mostrado en qué se convierte la administración pública cuando las competencias del Estado central son devueltas a entes locales gestionados de forma familiar y clientelar, o sencillamente de manera incompetente.

La presencia de un gran convidado de piedra se cierne sobre la fase post-electoral: se trata de la colosal deuda pública, superior al 130% del PIB, que reduce al mínimo los márgenes de maniobra expansiva. El macizo de la deuda pública convierte inmediatamente en irrealista cualquier promesa electoral, tanto en lo que se refiere a la reducción de entrada, como al aumento en la salida de dinero. Sabiendo que nada de popular podrá ser llevado a cabo, los partidos han dado carta blanca a la fantasía: la campaña electoral ha estado dominada por anuncios milagrosos de recortes de impuestos sin cobertura, por la surreal vuelta a la propuesta berlusconiana del Flat tax (descongelada hoy tras su debut en el 94), por la promesa de abolir la reforma de las pensiones del 2015 –una maniobra extremadamente impopular que, sin embargo, ha tenido el mérito de intentar reequilibrar el pacto entre generaciones.

El coste total de los anuncios formulados con total libertad ha sido estimado en varios cientos de miles de millones de euros por el Observatorio sobre los costes estatales de la Università Cattolica del Sacro Cuore. En pleno furor propagandístico, ha resultado significativo el éxito en redes sociales del hashtag irónico #abolisciqualcosa (abole lo que quieras). La carrera por anunciar medidas expansivas ha hecho que casi todos los contendientes hayan ostentado la más incesante aversión al “rigor de Bruselas”, y que Europa haya sido uno de los principales objetivos polémicos de los populistas, así como un motivo de vergüenza para las fuerzas con ambiciones de gobierno.

Ha triunfado el MoVimiento 5 Stelle, por goleada el más creativo a la hora de formular promesas insostenibles, empezando por una renta básica universal de ciencia ficción. Ha quedado atrás, sin embargo, su vocación originaria más futurista, al no contar con el liderazgo visionario y utópico del cofundador Gianroberto Casaleggio, fallecido en 2016. Mientras el cómico Beppe Grillo muestra una extrañeza y desinterés crecientes por el destino de su criatura, la diarquía del hombre del pueblo Alessandro Di Battista y el hombre de palacio Luigi Di Maio se ha resuelto a favor de este último.

El candidato premier de treinta y dos años del primer partido italiano, videomaker y webmaster, tras haber dejado sus estudios de ingeniería y de derecho, tras haber madurado algunas experiencias como representante de los estudiantes, ha escalado en el MoVimento ganando las primarias por la premiership con poco más de treinta mil votos. Millones de jóvenes precarios que no encuentran su lugar en una sociedad gerontocrática, con el ascensor social bloqueado desde hace un par de generaciones, se han identificado con su disperso e inconcluso currículo. Es la historia del vencedor de una lotería o de un reality show que transmite a millones de descontentos el mensaje del “yes, you can”.

Por entre bastidores asoma su inquietante forma de selección interna, expresión de un asamblearismo de mentira dirigido con puño de hierro por personajes desconocidos al gran público, y muy diligentes a la hora de depurar todo disenso. Durante la campaña electoral, el MoVimento se ha visto involucrado en un escándalo de pagos que ha destrozado su reputación de “partido de los honestos”. Nada de excesivo, si no concerniese a una fuerza política que ha hecho de la pureza y del anti-garantismo su propia razón de ser. El hecho de que el consenso 5 Stelle no se haya visto dañado muestra hasta qué punto su electorado está dispuesto a tolerar más compromisos morales de los previstos, al menos cuando lo que está en juego es la revancha contra la vieja política. La “cuestión moral”, abanderada por el MoVimento, resulta fundamental en un país con una clara percepción de la corrupción masiva, y con un debate público dominado por el protagonismo mediático de los magistrados y de los casos judiciales de los políticos.

Habiendo llegado al poder en muchos entes locales, el MoVimento ha mostrado en varias ocasiones su incapacidad para ejercer el gobierno, como muestra la desastrosa experiencia de la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, cuyo diletantismo de sainete ronda siempre la tragedia. En estas condiciones, no parece claro qué cosa signifique para el MoVimento ser la primera fuerza política, al permanecer indisponible para formar alianzas. Tampoco es que los demás estén impacientes por coaligarse con un partido tan poco de fiar y con una base electoral tan irritable.

Los resultados confirman el verdadero leitmotiv de la campaña electoral, a saber, la quiebra del Partido Democratico, mayor todavía de lo esperado. El PD participa de la crisis de las fuerzas progresistas y socialdemócratas occidentales. Siendo un partido de gobierno que ha sabido dar cinco años de estabilidad política al país, así como favorecer el débil crecimiento, ha llevado a cabo una campaña electoral floja y confusa en la que ha sido prioritario para sus dirigentes, seguros del pésimo resultado por venir, no exponerse demasiado.

El joven secretario y ex-premier Matteo Renzi ha catalizado sobre sí mismo la imagen del desastre. Renzi no ha metabolizado la derrota del referéndum constitucional de diciembre de 2016, antes de la cual había prometido que, si perdiera, se retiraría de la política. Bien al contrario, tras algunas semanas de contrición, el ex-premier ha vuelto al centro de la escena, haciéndose cada vez más impopular por el hecho de rodearse de un círculo de fidelísimos, dando la impresión de estar cultivando sus resentimientos personales en lugar de un programa de gobierno.

Ha sido emblemática al respecto la gran polémica sobre la formación de las listas electorales, cuando Renzi ha ejercido un decidido hard power para garantizar las circunscripciones más seguras a sus secuaces, granjeándose así la simpatía de los coroneles, y debilitando en su base electoral el sentido de identidad y pertenencia a una historia compartida. Renzi ha querido pilotar el grande y pesado vuelo de línea del PD como si fuese un ágil caza de combate, y la estructura poco flexible del partido no ha resistido las espectaculares maniobras.

Renzi aparece hoy como víctima, bien sea de su temperamento prepotente y poco acomodaticio, bien del viejo vicio italiano de pisotear a los derrotados tras haberlos idolatrado en los momentos álgidos. Su liderazgo en el partido se ha evaporado, de forma que su dimisión como secretario ha resultado inevitable. Sin embargo, en el que ya es su enésimo pulso, el florentino ha precisado que la dimisión se haga efectiva tras el fin de las consultas por el nuevo gobierno, manteniendo así el control del PD en esta fase decisiva. Así pues, todavía no se le puede considerar políticamente acabado: en el Parlamento puede contar, como senador recién elegido, con un grupo de partidarios que le deben casi todo.

En cualquier caso, al PD no le ha ayudado una ley electoral extraordinariamente barroca, que él mismo ha promovido con inexplicable masoquismo. Dicha ley, que premia por un lado las coaliciones, y por otro la elección de candidatos populares en circunscripciones uninominales, ha sido sacada adelante por un partido que evita toda alianza con la izquierda y que elige a sus candidatos más conocidos para Roma y Florencia, la tierra renziana, y no para las regiones.

Por otro lado, Liberi e Uguali, la última reencarnación de la siempre litigante izquierda italiana, ha quedado confirmada como una fuerza política absolutamente irrelevante. Fundada por viejos cargos de la izquierda en el gobierno, movidos por el rencor contra Renzi y su nueva clase dirigente, la formación ha reunido entre otros a los eternos insatisfechos de la izquierda post-comunista, reacios siempre al compromiso y al realismo político necesario para una cultura de gobierno. Se ha confirmado que el liderazgo del ex-presidente del Senado, Pietro Grasso, un antiguo magistrado sin ninguna experiencia administrativa o de partido, ha sido débil y políticamente ingenuo, manipulado por el eterno Talleyrand de la izquierda italiana, el ex-premier Massimo D’Alema.

A pesar del insistente empeño de la izquierda por resucitar al inagotable Silvio Berlusconi –en una tradición que nos viene acompañando desde hace ya veinte años–, el resultado de este ha estado por debajo de lo esperado. No deben olvidarse las condiciones de su retorno: inelegible debido a una sentencia por fraude fiscal, abandonado por sus amigos y condenado al ostracismo por sus enemigos en el 2011, condenado a realizar servicios comunitarios, considerado un cadáver político, ha sido capaz de atraer a su rededor una coalición política y un cierto apoyo popular, con una campaña electoral dominada por discursos cada vez más largos e incoherentes, en los que se resienten los ya ochenta y dos años de edad. Con su enésimo giro camaleónico, el representante por excelencia del conflictivo bipolarismo de la segunda República ha intentado reciclarse en abuelo sosegado, reflexivo e indulgente, consiguiendo una improbable coalición entre la Lega de Matteo Salvini y los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni.

Al contrario de lo que se esperaba, Berlusconi ha sido ampliamente superado por el triunfante Salvini, líder de un partido nacido en los años noventa para promover la secesión de las regiones más ricas del Norte. Extremadamente activo y sin escrúpulos, Salvini ha seguido el rastro de la cantinela que se escucha en Occidente y, abandonando la vocación originaria, ha hecho de la Lega (ya no la Lega Nord) una caja de resonancia de todos los lugares comunes de la rebelión de las masas occidentales.

Con una comunicación política inspirada en Trump y una ostentada admiración por Putin, Salvini cabalga la ecuación inmigración-crimen, hace gala de un parecido con la gente común y de una distancia sideral con los tecnócratas de Bruselas, rechaza la globalización, jura en la plaza pública sobre el Evangelio, corteja y es cortejado por los nostálgicos del fascismo… Con su fantasía escenográfica ha resultado el protagonista mediático de una campaña electoral dominada por el terror a los inmigrantes, y en la que el nuevo gobernador leguista de la región de Lombardía ha manifestado la urgencia de defender a la “raza blanca” de los invasores.

La Lega ha canibalizado a la derecha nacionalista y autárquica representada por Giorgia Meloni, quien difícilmente podrá imponer vetos a sus aliados. Esta ha visto reducido su espacio en la extrema derecha por los jóvenes de Casa Pound, un movimiento que ha perdido el miedo a declarar su vocación fascista, aunque con más éxito en las plazas que en las urnas.

En general, la victoria pírrica de dicha coalición populista y tambaleante evidencia la perenne incapacidad italiana por cultivar una derecha competente y conservadora, que sepa franquear las perennes tentaciones rebeldes de la pequeña burguesía, de la revuelta plebeya contra el Estado y, sobre todo, contra los impuestos. Ningún partido de inspiración liberal-conservadora llega al Parlamento –a menos que se considere liberal la renovada fascinación de Berlusconi por las bons mots de Ronald Reagan.

Las próximas semanas gravitarán en torno a la búsqueda de un nombre compartido para formar ejecutivo, habiendo de descartarse la posibilidad de que repita el premier saliente, Paolo Gentiloni. Este ha sido un exponente amable y delicado del PD, mostrándose capaz de inspirar confianza a los ciudadanos y a la diplomacia internacional, de manejar la deuda pública y de flotar sobre una economía letárgica que, incluso cuando crece, lo hace a menor ritmo que las del resto de Europa.

Ninguna fuerza política está en posición de formar gobierno. Toda hipótesis de coalición posible parece hoy surreal y necesitará tiempo para ser metabolizada: se sucederán las consultas infructuosas con el Presidente de la República Sergio Mattarella, las negociaciones entre bastidores, los tratos en el Transatlántico [el pasillo del Parlamento] y en las mesas de los restaurantes romanos, que reforzarán ulteriormente el desencanto italiano por las reglas constitucionales del juego democrático. Se priorizarán las tentativas de domesticar la carga subversiva del 5 Stelle, haciendo uso de su ya manifiesta sensibilidad hacia las lisonjas palaciegas.

Con el advenimiento de la segunda República, nacida de las cenizas de Tangentopoli en 1994, los observadores habían incubado la ilusión de que la pendenciera alternancia entre berlusconismo y anti-berlusconismo, las distorsiones personalistas, la reducción de la constitución “material” en una “formal”, habrían conducido, casi por eterogenesi dei fini, a una democracia más estable y madura aunque bipolar, albergando así una fe ingenua y whig en una especie de evolución teleológica del sistema político. Nada más lejano a los resultados de estas elecciones.

Hasta puede ocurrir que al final no resulte tan dramático, que la oleada rabiosa sea amortiguada por la eterna comedia del “teatrillo de la política” italiana. Much Ado for Nothing: tras el alboroto y los excesos de la era berlusconiana y las espadas en alto contra el presunto golpe autoritario de Renzi, la perspectiva a corto plazo es hoy más parecida a los “balnearios” de la primera República, estables como A Midsummer Night’s Dream.

Lo que es seguro es que, si acaso algo trágico puede observarse, es que mientras los partidos de la primera República podían disimilar la lucha por el poder detrás de ideologías opuestas, la escena política italiana parece “a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”.

Luca Demontis

PhD CANDIDATE AT THE SCUOLA INTERNAZIONALE DI ALTI STUDI OF THE FONDAZIONE COLLEGIO SAN CARLO IN MODENA, ITALIA

TRADUCCIÓN DE GUILLERMO GRAÍÑO FERRER

VERSIÓN ORIGINAL

 

 

 

 

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