¿Nos llevarán las máquinas al paro?, por Ignacio Ibáñez

Cadena de montaje de una fábrica de Tesla (Imagen: Giphy.com)

Empezaré este artículo como nunca habría de empezarlo, refiriéndome a un estudio de 2013 de la Universidad de Oxford. Y no porque el estudio carezca de interés, sino porque la referencia, por tópica y pedante, puede fácilmente llevar a inferir que este artículo es el que no lo tiene. Trataré de probar lo contrario. El estudio, decía, señala que en tan solo dos décadas el 47% de los empleos existentes en el mundo podría automatizarse. Un análisis de 2016 añadía que en los países en desarrollo esta cifra podría llegar al 85%. Entrados en el 2017, el pánico ante el avance de las máquinas en todo tipo de contextos laborales se está convirtiendo en trending topic gracias al eco encontrado en medios de comunicación y publicaciones varios, desde The Economist hasta Política Exterior, pasando por La Sexta.

Pero el miedo a las máquinas no es nuevo. Muy al contrario, se remonta a las revoluciones industriales que comienzan a mediados del siglo XVIII, con los luditas ingleses como punta de lanza. El economista liberal francés Frédéric Bastiat ya ilustra este problema al narrar cómo, en 1845, los fabricantes de velas solicitan a la Cámara de Diputados francesa que proteja su comercio de un peligroso competidor. “Este rival, que no es otro que el sol, nos hace una guerra tan encarnizada que sospechamos que nos ha sido suscitado por la pérfida Albión”. Y es que el sol, como hoy los robots, amenazaba a los fabricantes de velas con dejarles sin trabajo.

El miedo a la automatización dio para largo en el siglo XIX e hizo extraños compañeros de cama. Si el economista clásico David Ricardo señaló que la oposición al reemplazo tecnológico “no está basada en prejuicio y error, sino que es consecuente con los correctos principios de la economía política”, Karl Marx no se anduvo por las ramas y sentenció que las máquinas “son competidoras para el trabajador”.

Mientras los economistas protestaban, las sociedades europeas se beneficiaban, gracias al trabajo mecanizado, de un progreso nunca antes visto en la historia de la humanidad.  La general prosperidad no fue óbice para que los miedos anidaran también en la literatura, la pintura y el cine, en la cultura popular. Desde el “Metrópolis” de Fritz Lang, pasando por “2001: Una odisea del espacio” de Kubrick, hasta “Terminator” de James Cameron, probablemente ha sido la gran pantalla la que más vivamente ha captado la angustia del ser humano frente a la rebelión de las máquinas.

El recelo puede que esté justificado. Al fin y al cabo, la tecnología ha hecho que millones y millones de trabajos hayan desaparecido a lo largo de la historia. Por ejemplo, la revolución agrícola de los Estados Unidos en el siglo XX hizo que la mitad de la fuerza de trabajo total del país fuera reemplazada por máquinas. ¿Hemos, entonces, de echarnos a temblar con lo que el siglo XXI nos depara? Según el prestigioso economista de Harvard, Joseph Schumpeter, sí pero no. En su análisis, Schumpeter mostró que las disrupciones en el mercado laboral causadas por innovaciones tecnológicas son tan solo una primera fase del proceso que lleva a un nuevo y mejor paradigma económico, pues liberan recursos que son empleados en otras labores generando más productividad. Y es que, si analizamos cómo la revolución agrícola estadounidense contribuyó a la evolución económica y social de EE.UU. en el siglo XX, parece claro que, en lugar de temblar, deberíamos sentirnos esperanzados ante el auge de las nuevas tecnologías.

Drone de reparto (Foto: Sam Churchill / flickr)

Bien es cierto que este tipo de cambios son muy complicados de gestionar en el corto plazo, pues las máquinas dejan en el paro a mucha gente. Eso sí, en el medio plazo mejoran sustancialmente la calidad de vida de las personas—muchas más que los trabajadores afectados—pues tienen un efecto multiplicador en el campo de la innovación y afectan a sectores clave como el de la alimentación, las comunicaciones o la salud; abaratan notablemente productos y servicios, beneficiando a millones de consumidores de todo el mundo; y generan nuevos puestos de trabajo y oportunidades en muchas nuevas áreas (pensemos en que el hoy multimillonario sector de las aplicaciones para ordenadores y móviles no existía hace 10 años).

Inventiva, nuevas áreas, nuevos trabajos. ¿Pero quiere esto decir que en un futuro no tan lejano solo serán empleados o empresarios aquellas personas que tengan un nivel de conocimiento altamente sofisticado, provocando profundas desigualdades? El asunto no está claro, fundamentalmente porque, en el mundo en el que vivimos, los mercados —incluido el laboral— no son libres, con lo que es imposible predecir cómo reaccionaremos ante las intervenciones estatales que este revolucionario escenario traerá consigo. Por ejemplo, no sabemos cómo evolucionará el sector de la educación, por mucho que todo parezca apuntar a que la revolución educativa va a permitir que mucha más gente obtenga altas cualificaciones a precios bajos. Tampoco sabemos cómo adaptará el Estado sus cuentas y el sistema tributario al nuevo contexto económico — ¿menos impuestos a las rentas del trabajo y más al consumo?—. Esto influirá tanto en la producción como en el ahorro, así como en la recaudación y en la provisión de bienes y servicios públicos. Para contrarrestar esta incertidumbre y paliar los riesgos, nada mejor que el libre mercado y la promoción de la movilidad económica.

Ahora bien, incluso en la peor de las distopías, aquella en la que una pequeña elite controla legiones de robots y acumula la mayor parte de la riqueza, los productos y servicios baratos (cada vez más por costar menos su producción) abundarían, con lo que la pobreza en términos absolutos tendería a desaparecer. Más allá de la pura lógica económica, asunto diferente es el de cómo influiría un escenario de este tipo en la arquitectura política de nuestras sociedades, y en nuestras relaciones personales.

Como es bien sabido, es difícil hacer predicciones, sobre todo acerca del futuro. Por eso, en lugar de caer en el miedo al que nos están arrastrando tanto nuestras carencias morales y espirituales como el desapego a la razón y a la verdad—que, irónicamente, exacerbamos a través de máquinas, pantallas y redes sociales—, quizás la clave para afrontar con tranquilidad nuestro porvenir resida en buscar en nosotros mismos las respuestas a nuestras inquietudes. Quién soy, quién quiero ser, en qué creo, por qué principios y valores me rijo, qué es lo que mejor sé hacer, qué puedo crear, qué tengo que aprender y con quién tengo que hablar para materializar mis ideas. Puesto que las máquinas están para quedarse, convirtamos la situación en una sana competencia o beneficiosa cooperación con ellas. Que sean un estímulo para nuestro intelecto, para nuestra capacidad de asociación, para la creatividad sin límites del ser humano. En lugar de temer, aceptemos el reto sabiendo que tanto los precedentes históricos como la lógica indican que acabaremos viviendo mejor. Y ante todo, confiemos en nosotros mismos.

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