El nacionalismo económico en Antonio Maura (III), por Fernando Maura


“La revolución desde arriba” en el plano económico

 Aunque Maura no descuidaba la “cosa” económica, no sólo se alejaba de la obsesiva visión niveladora de Villaverde, sino que esbozaba una apuesta -la famosa revolución desde arriba- en que lo económico era un factor más que se incardinaba en un ambicioso conjunto legislativo. Por ello eligió a Osma para ocupar el Ministerio de Hacienda. Era éste un canovista puro, persona culta y refinada que se había educado en la Sorbona y Oxford y gustaba de la literatura, de las antigüedades y la ciencia. Amigo personal de Maura y hombre de gran posición económica, tenía una independencia absoluta por estar desligado de cuantos intereses se agitaban en torno de la estructura del arancel[1].

Buena parte de las medidas que ideó Osma, las desarrolló en el Gobierno Largo. La política monetaria fue tímida y escasamente innovadora, por la imposibilidad de llegar a un consenso en tan espinos materia. Su política tributaria fue más audaz. Por una parte, pretendía reforzar la autoridad del gobierno y mantener una actitud de inflexibilidad frente al fraude; por otra, mantenía una actitud proteccionista que se refleja en la rebaja de ciertos impuestos para fomentar la industria y la exportación y en tercer lugar, pretendía una política económica de alcance social[2].

Parece ser que -en lo que a la cuestión monetaria se refiere- , Maura convocó a su despacho a los más importantes financieros del país. Se trataba de resolver la crisis monetaria que se arrastraba desde las guerras coloniales. Y que fue tal el galimatías que salió de tales consultas que decidió no tocar el asunto. El saneamiento de la moneda -como se le llamaba- era producto de que para el mantenimiento de las colonias se había producido un gasto excesivo que se combatió acuñando plata -moneda depreciada- y emitiendo billetes cuyo volumen era excesivo en función de lo que representaban. El Estado se había endeudado en los años ’90. Una crisis que se agravó, por el “bimetalismo cojo” -plata y no oro- , la debilidad de la producción española en el marco internacional y por el peculiar papel que representaba el Banco de España, todo ello ayudaría a la especulación, la inflación y el debilitamiento de la moneda[3].

Antes de su gobierno largo proclamaría Maura: “Para nosotros – diría en el Parlamento, en noviembre de 1904- mientras no se logre la posibilidad de retener en la circulación la moneda de oro, el esfuerzo que se hiciera para sustituir el oro a la plata y los billetes seria un esfuerzo que se frustraría. Mi argumento es este: ¿desmonetizar la plata?, pero como al mismo tiempo queréis retirar los billetes… yo no os entiendo; porque ¿qué va a circular en España? ¿Fichas?[4]

Tanto Osma como Maura estaban convencidos de la raíz económica -productivista- del problema monetario. No había forma de restaurar el patrón oro más que por el camino largo: el fomento de la riqueza[5]. Sólo el desarrollo económico de España podía resolver sus problemas monetarios, y los demás.

El Consejo Permanente de la Producción y el Comercio Nacional

Se celebraría en Madrid, los días 18 a 23 de mayo de 1907 una Asamblea nacional para constituir el llamado Consejo Permanente de la Producción y el Comercio Nacional. Al llamamiento respondieron las Cámaras de Comercio, Cámaras Agrícolas, Sindicatos y Comunidades de Labradores, Asociacion General de Ganaderos…[6]

Las gentes contemplarían la creación de este inicial Consejo como la constitución de una Junta de Productores para discutir los problemas industriales, mercantiles y agrícolas que así quedaban sustraídos al albedrío de los políticos. Que el designio del gobierno era de tipo corporativista, poco cuidadoso de mantener mitos como el del mercado como supremo ordenador de la vida material, resultó pronto evidente[7].

Algunas medidas concretas: el combate a la sobreproducción de azúcar y la eliminación del impuesto sobre el pan (cerealistas contra industriales)

A comienzos de 1907, Maura decide abordar el problema azucarero, en el que, al provocarse una transformación de suministros con motivo de la pérdida de las Antillas y abandonar en buena parte España las compras de azúcar de caña del Caribe, se había originado una sobreproducción de azúcar, en la península, en su mayor parte procedente de la remolacha[8].

No sería tampoco en esta ocasión llamado el mercado a resolver el problema. Maura decidió que la compensación por una elevación del impuesto en 10 pta por 10 kilos de azúcar, fuese el garantizar que durante 3 años el gobierno impediría la creación de cualquier otra fabrica de azúcar.

En el caso de la eliminación del impuesto sobre el pan, bien acogido por el pueblo -el hambre de pan- debía venir acompañada por la abolición -siquiera temporal- de los derechos de entrada del trigo y harinas rusos, principal proveedor entonces de España[9].

Además, la medida no gustó a los cerealistas castellanos, como ocurrió con las críticas de Santiago Alba, que dijo que convendría a los acaparadores. Tiempo después, seria defendida la medida de rebaja del arancel -en 1911- por los canalejistas e incluso por su enemigo declarado Pablo Iglesias[10].

Finalmente, el arancel que se aprobó -marcadamente proteccionista- fue del agrado tanto de los “cerealistas” como de los “industrialistas”; aunque es evidente que la labor de Maura fue siempre más en favor de los segundos. Bien entendido que en Maura, había siempre el intento de que confluyeran tradición y modernidad[11].

Así pues, Maura hacía una llamada a la modernidad, al contrario de la tradición conservadora, que primaba los intereses rurales[12].

Pero le aburrían las eternas disputas entre los diferentes contendientes en sus respectivos intereses económicos. Así, en el pleito hojalatero conservero -escribía Maura a Bergé-, ocurre como en las demás cosas: todos mienten y sacan las cosas de quicio[13].

Maura y la escuadra

Elemento central que uniría su programa de reformas con su visión de la economía -además de su visión internacional- sería la dotación para España de una escuadra moderna.

Conviene remontarse a la singular importancia del capitán americano, Alfred Mahan (1840-1914), que escribió que el dominio de los mares significaba el control del mundo. Su influencia modificó la visión anti-belicista y de concentración en sus propios intereses de los EEUU y provocó -entre otras cosas- la guerra de Cuba[14].

Pero habría que señalar que, con antelación a la obra de Mahan, había llamado la atención Maura en el Congreso sobre los temas navales en las primeras veces que, como diputado, tomó la palabra en los años 1880, planteando lúcidamente la profunda conexión del poder naval con la política internacional. No se trata -decía Maura- de lanzar como sea una flota a los mares, sino de determinar previamente la política exterior a la que la flota ha de servir, lo que, a su vez, determinará los servicios de la Administración que debían mantenerla[15].

Maura aparece como un especialista en Marina, una Marina que él quiere que sea eficaz y capaz de proteger no sólo a la Península y las islas vecinas sino también y sobre todo a los archipiélagos de las Antillas y las Filipinas y sus líneas de comunicación con la metrópoli[16].

Una armada que era entonces más deficiente: “Ese buque sólo puede pelear arbolando por insignia el Evangelio (risas), esto es, pidiendo al enemigo que cuando de él reciba daño en un costado, presente el otro, como el buen cristiano la segunda mejilla, porque si no es manso y contesta la agresión, se acabó el Reina Regente[17].”

Y la mencionada deficiencia se debía, también, a una más que lamentable gestión presupuestaria: “Si la aritmética que me enseñaron de niño no ha sido derogada, con solo el dinero que fatalmente, conocidamente, hemos arrojado nosotros, no se dónde (al mar no es, porque si al mar fuera, quizá tuviera por acaso figura de flota (Risas)”[18].

Así, el presupuesto naval continuó siendo, según la expresión de Maura, una asignación para empleados públicos, el despilfarro ostentoso de un hombre que conserva así cochero pero sin el aditivo del coche[19].

Y era que la armada resultaba esencial para la defensa de España. “Nosotros no hemos de tener agresiones sino por el mar, y si las padeciésemos por tierra sólo con el auxilio de las fuerzas navales podríamos defendernos. Estar sin fuerza naval es haber dimitido de la soberanía”[20].

No había en este punto diferencias entre las facciones y los partidos con presencia en el Parlamento. Esta coincidencia ínterpartidista se repetiría felizmente en noviembre del mismo año 1907, cuando el jefe conservador llevase a las Cortes su proyecto de Ley de Operaciones Marítimas y Armamentos Navales, a fin de que su discusión alternase con la de Administración local. El proyecto tenía por finalidad la organización de los institutos y servicios de la Armada, a base de un Estado Mayor Central, la habilitación completa de las bases navales y la construcción, graduada en el tiempo y en el coste, de una Escuadra que viniese a llenar el vacío creado por el Desastre. Contra lo que se pudiera presumir, no hubo apenas discusión, y en la sesión memorable del día 27 todos y cada uno de los jefes de minorías se dejaron arrebatar por el fuego que puso Maura en un gran discurso[21].

En realidad, el regeneracionismo invocado por unos y por otros coincidía en el reconocimiento de una necesidad ineludible. Maura había dicho, tajante: “Hemos llegado al caso de resolvernos: o disolver de una vez la Marina llevando su personal a cargos de la justicia o reconstruir la Armada“. La respuesta la dieron, unánimes, los jefes de minorías -Moret, Canalejas, Azcárate, Feliu y Lamamie de Clairac- en la famosa “sesión gloriosa” del mencionado día 27, adhiriéndose a las palabras del jefe conservador. Melquíades Alvarez, ausente aquel día, sumó su voto al de la mayoría el 30 de noviembre. Tan sólo el catalanista Ventosa expresó un tímido disentimiento. “Primero reconstrucción interior”[22].

En su defensa parlamentaria del proyecto de ley de la Escuadra, diría Maura: “Nadie habrá advertido en ninguna de las inflexiones de esta oración parlamentaria que en un solo instante haya pensado yo en cosa que se refiere al Partido Conservador ni al gobierno conservador, sino a ese ser que manda en todos y que es la patria española. ¿Por qué no hemos de deliberar de esa manera, olvidando que estamos unos frente a los otros, para que descansemos de la rutina?”[23]

Ese 27 de de noviembre de 1907 marca, posiblemente, la culminación política de Maura; su salida del salón de sesiones, entre un coro entusiasta de aplausos procedentes de todos los sectores de la Cámara, tuvo caracteres de apoteosis. Maura supo responder entusiásticamente en los pasillos del palacio. “¡Cuántas veces volvería Maura -señala Fernández Almagro- su recuerdo sobre aquella tarde, cima de su biografía, para contrastar desilusiones!”[24]

La ley de la Escuadra tenía por objeto dotar a España de lo que ahora hubiéramos llamado “fuerza disuasoria” y robustecerla como potencia fundamentalmente marítima, colmando el vacío creado por el Desastre de 1898. Los acuerdos de Cartagena -propiciados por los lazos que entre la dinastía británica y la española había anudado la boda de Alfonso XIII- dieron cobertura diplomática a la indefensión española en la peligrosa coyuntura histórica de la “paz armada” y la “balanza de poderes”. En tal iniciativa acompañó a Maura la actitud unánime de seguidores y antagonistas, y es que, de hecho, en Cartagena los designios internacionales del Partido Liberal hallaron ejecución práctica en una coyuntura política dominada por los conservadores; en todo caso, las garantías sobre la seguridad y la integridad de España eran punto de interés común para todos los partidos[25].

En 1908 se inicia la construcción de tres acorazados -muy potentes para aquellos tiempos-, seis cruceros de 1ª, y dos más, una flotilla de catorce destructores y otros grandes veinticuatro torpederos, más algunos submarinos. Todos los buques que se ponían en grada, poseían unos altos grados de homogeneización entre sí, cosa inusitada entonces en España[26].

Denuncia de prevaricación contra Maura

La adjudicación definitiva de la construcción de la escuadra a la Sociedad Española de Construcciones Navales, fundada por la casa Vickers, Armstrong y Brown, con participación de capital español, fue seguida de la denuncia presentada a las Cortes contra el gobierno, acusándole de prevaricación, por don Juan Macías del Real, Teniente Auditor de primera clase de la Armada. La réplica de Maura fue esta: “El Parlamento y el Gobierno tienen la obligación, no hablo del derecho, de no dejar este asunto de la mano sin haberlo dilucidado absolutamente, porque de esto no se puede salir más que de dos maneras: con la acusación o con la declaración de que no tiene fundamento alguno el escrito del señor Macías. Lo demás seria dejar una sombra sobre la autoridad que, sea quien sea el que la encarne, es el supremo interés de una nación y sería también dejar en una situación infamante a la Cámara, porque si la Cámara está en presencia de Ministros que han tenido la desgracia de prevaricar, la Cámara no es digna de celebrar sesión mientras no los acuse y los barra de aquí[27].

Palabras que marcan un estilo y una dignidad política que asombrarían si fueran pronunciadas en los días que corren.

También el diputado catalán, Sol y Ortega, realizó una campaña contra Maura, no desde el punto de vista de su pretendido oscurantismo, en este caso, sino por las supuestas inmoralidades cometidas por éste respecto de la política de adjudicaciones para el programa de Marina abordado por su Gobierno. “Nosotros somos nosotros“, afirmaría Maura entonces[28], en una de sus expresiones más conocidas.

Dilucidado el caso, sin que procediera responsabilidad alguna por parte de Maura, el diputado republicano, Luis Morote, dijo públicamente en el Congreso, que él no veía indicios de prevaricación en las concesiones del gobierno Maura respecto de la ley de Escuadra, sorprendiendo a propios y contrarios, y dimitiendo después de su escaño y de la dirección del periódico que ostentaba[29]. Como se ve, en aquellos tiempos, el acusador debía responder de la veracidad de sus imputaciones. Nueva lección que de los viejos tiempos podríamos recibir ahora.

Un nacionalismo económico que perviviría en España durante mucho tiempo

Maura, en 1907 que, al intervenir el Estado en la vida económica, considera que, para que sea fructífera tal intervención, es preciso organizar todas las instituciones que pueden constituir así el gran esqueleto corporativo. Esta política fue seguida, desde entonces, por Primo de Rivera, la II República, el régimen de Franco y, con alguna alteración y nunca con recortes sustanciales, durante la Transición[30].

El declinar del papel del mercado en España tiene así una fecha inicial, 1907, y un político impulsor, Maura. Desde entonces este reflujo no cesó hasta 1959 y, por ello, la significación de quien inició el proceso y comprendió que ya no tenía sentido mantener ciertas lealtades a las por él denostadas “armonías económicas”, adquiere toda su grandeza[31].

Planteada la estrategia proteccionista como una defensa de la debilidad económica española, la creciente apertura exterior vendría definida ante el progresivo desarme arancelario que los demás países mantenían con España, facilitando así las ventajas comparativas de aquéllos y de ésta, mejorando el comercio y el progreso económico.

Las falsas promesas del populismo: no se puede dar marcha atrás al reloj de la historia

Las nuevas tesis populistas que establecen el paradigma del cierre de los mercados a la competencia exterior supondría una respuesta similar en el exterior, como ha afirmado Douglas A. Irwin[32], que cita el precedente de la Smoot-Hayley Tariff Act de 1930. Culpar al comercio -prosigue el profesor Irwin- de todos nuestros males es un error. No por levantar murallas en contra del comercio conseguiremos proporcionar nueva vida a nuestras industrias obsoletas. Un informe de la International Trade Commission de 1982, analizando las políticas emprendidas por el presidente Reagan, demostraría que el proteccionismo no resolvía los problemas que afectaban a esas empresas, bien porque sus dificultades nada tenían que ver con el comercio, bien porque las medidas arancelarias les proporcionaban muy poca mejora.

Por otra parte, y sin dejar de seguir el hilo argumental de Douglas A. Irwin, muchas empresas americanas dependen de bienes intermedios para su proceso de producción que son importados de otros países o venden sus productos a otros países. Los puestos de trabajo de esas empresas se verían en peligro en una dinámica proteccionista[33]. Si pensamos, por ejemplo, en la industria americana del acero, en 1980 se necesitaban 10 horas-hombre para producir una tonelada de producto, hoy sólo 2. Tampoco el proteccionismo mejoraría la situación de los trabajadores menos cualificados, como aseguran algunos populistas. Además que no sólo padecen de las trabas al comercio las empresas, también los particulares que ven cómo sus cestas de la compra elevan su coste.

En resumen, las políticas proteccionistas tuvieron su tiempo. Hoy ya sólo producirían daño a las sociedades en las que se promuevan.

Fernando Maura 

 

[1] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[2] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[3] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[4] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[5] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[6] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[7] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[8] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[9] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[10] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[11] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[12] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[13] Maria Jesus González. El universo conservador de Antonio Maura.

[14] Barbara Tuchman. La torre del orgullo.

[15] Javier Rubio García-Mina. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[16] James Durnerin. Maura et Cuba.

[17] Don Antonio Maura. Congreso, 13 de mayo de 1890.

[18] Don Antonio Maura. Mismo discurso.

[19] Raymond Carr. España (1808-1998).

[20] Don Antonio Maura. Discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid, el 5 de junio de 1902.

[21] Gabriel Maura Gamazo. Dolor de España.

[22] Gabriel Maura Gamazo. Dolor de España.

[23] María Jesús Gonzalez. El universo conservador de Antonio Maura.

[24] Gabriel Maura Gamazo. Dolor de España.

[25] Gabriel Maura Gamazo. Dolor de España.

[26] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[27] Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro. Por qué cayó Alfonso XIII.

[28] Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro. Por qué cayó Alfonso XIII.

[29] María Jesús González. El universo conservador de Antonio Maura.

[30] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[31] Juan Velarde. Antonio Maura en el aniversario del gobierno largo. FAES 2009.

[32] Douglas A. Irwin. The false promise of protectionism. Foreign Affairs, May-June 2017.

[33] Douglas A. Irwin. The false promise of protectionism. Foreign Affairs. May-June 2017.

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