Mujeres y trabajo, por Vauvenargues

Un amigo me decía el otro día algo parecido a esto: “a muchos, la sociedad les parece un videojuego en el que uno coloca los parámetros morales de inicio, y lo demás se ajusta después sin fricciones ni costes”. Este tipo de pensamiento es típico en los momentos de la historia de más abundancia, momentos en los que confundimos la situación actual con la estructura de la realidad, y en los que conviene siempre recordar de dónde venimos.

La humanidad no ha vivido un maná en el que los hombres han estado de banquete mientras las mujeres penaban. La historia de la humanidad ha sido la historia de una horrible lucha por la emancipación de las condiciones naturales. Y es absolutamente falso que, en esta lucha, la mujer haya sido desfavorecida en la repartición sexual del trabajo. Su vida ha sido dura, pero no menos que la de los que salían fuera a hacer las peores labores o a combatir las guerras (¡y no vengan con aquello de que con mujeres no habría guerra…!). La proporción, todavía hoy, de 10 hombres a 1 en los fallecidos en accidentes laborales nos sigue recordando hasta qué punto las feministas solo dan una visión ideológica, interesada y completamente sesgada del cuadro general en el que debe enmarcarse la relación entre hombres y mujeres.

Recordarnos de dónde venimos no significa decir adónde tenemos que ir, eso sería caer en la falacia naturalista. Pero recordarnos de dónde venimos es reconocer que la repartición inicial no ha sido arbitraria, que ha sido fruto de una necesaria coincidencia entre fisiología y trabajo. Si no hay un enorme excedente, no hay bajas por maternidad, y las labores más físicamente demandantes, las que se desarrollan fuera del hogar, tienen que ser hechas por aquellos mejor equipados fisiológicamente para ellas.

En este sentido, las feministas radicales deberían preguntarse seriamente por qué la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral ha sido prácticamente simultánea al cambio de percepción del papel que ocupa el trabajo en la vida de las personas. Las mujeres se han ido incorporando al mundo laboral precisamente cuando el trabajo fuera de casa ha devenido una forma de satisfacción personal, de expresión individual, de florecimiento, y no una horrible y despersonalizada carga expuesta a la peor cara de la lucha por la vida.

La cuestión importante es, entonces, hasta qué punto la humanidad ha progresado moralmente a la misma velocidad a la que iba ganando flexibilidad sobre la naturaleza. Solo se nos podrá acusar de eso: de no haber transformado, a la velocidad debida, las cotas de terreno ganadas a la estructura de la realidad en un progreso moral aceptado como indispensable. Pero tendremos que partir siempre de un reconocimiento fundamental: el punto de partida no ha sido arbitrario, ni el famoso patriarcado ha sido fruto de ninguna estúpida conspiración.

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