¿Militan los obispos catalanes en la CUP?, por Javier Rupérez

Catedral de Tarragona (Foto: Yearofthedragon / Creative Commons)

Catedral de Tarragona (Foto: Yearofthedragon / Creative Commons)

Posiblemente se cuenten por millones los españoles católicos que con profundo estupor han contemplado cómo los obispos catalanes, en una manifestación colectiva de fecha reciente, piden que “sean escuchadas las legitimas aspiraciones del pueblo catalán”. A esa pía reconvención añaden su episcopal deseo de que “sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura”, redondeando el programa político/eclesial con la no menos beata aspiración de que “se promueva todo lo que lleva un crecimiento y un progreso al conjunto de la sociedad, sobre todo en el campo de la sanidad, la enseñanza, los servicios sociales y las infraestructuras”.

El españolito católico de a pie, que frente a las trancas y barrancas que impone el laicismo dominante mantiene su fe en Dios y su amor por la Santa Madre Iglesia, hace bien en preguntarse: ¿A qué legítimas aspiraciones se refieren los purpurados catalanes? ¿Quizás es esa la manera eclesiástica de referirse  al “procés” de Mas, Puigdemont y compañía? ¿Qué es eso de la singularidad nacional, la que reclaman los separatistas para justificar la secesión, quizás? ¿Acaso los catalanes no tienen hoy garantizado el respeto a su lengua y a su cultura? ¿Y qué es eso de convertir una pastoral en un memorial económico de agravios, cual si se tratara de un borrador de presupuestos para la Generalitat independiente? ¿Quién les ha dicho a los prelados de la tarraconense que los catalanes carecen de todas esas cosas cuya existencia reclaman?

Y el españolito católico de a pie, que al pagar religiosamente sus impuestos pone la ‘X’ correspondiente en la casilla de la Iglesia Católica, ¿acaso no tendrá la tentación de dejar de hacerlo, ante manifestación tan visible de desafecto a la Constitución y las leyes? Ese sufrido españolito histórico, que hace cuarenta años recuperó la libertad de voto para, entre otras cosas, tener una Iglesia libre en una Estado libre, no quiere que le quiten lo bailado en la penosa caminata hacia la libertad de todos con barrabasadas talares, por muy moradas que sean las hopalandas. Para eso no hacía falta prescindir de los gerifaltes de antaño.

Javier Rupérez

Embajador de España, del Consejo Asesor de Floridablanca

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